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08 noviembre 2016

El comisario Soto

Buena cosecha de novelas negras por estas tierras del Sureste… un momento, ya me dijo el autor que ésta no era exactamente una novela negra, sino que él la llamaría más bien costumbrista, y que el editor (ediciones Raspabook), por el título le había puesto esa portada tan sugerente, pero que en realidad no se correspondía de un modo total con el argumento.
O sea, que no hablamos de la clásica novela negra, incluso diría que es una novela negra al revés. Yo la llamaría novela social con tintes melancólicos, y aunque al principio no tiene de negra más que el hecho de ser el protagonista un comisario, y ya no en activo, poco a poco se va poniendo negra hasta terminar negrísima. Y no digo más que no quiero anticipar finales de tramas y argumentos.
He disfrutado leyendo El comisario Soto porque me ha llevado a ambientes y espacios muy bien retratados y porque tiene una lectura muy agradable, fluida y sin altibajos. También por las razones que voy a explicar.
En primer lugar, porque el personaje central es una buena persona rodeada de personas banales, egoístas y hasta con puntas de maldad. Se puede adivinar el cansancio, el hastío, la contención ante lo estúpido y casi inhumano, cómo ese hombre resiste en un mundo de vidas vacías.  El comisario Soto es un hombre atormentado en su interior e impertérrito aparentemente.  Tras su recia presencia silenciosa, hay todo un mundo de turbiedades y de claridades -como cualquier ser humano inteligente-, un hombre dedicado a sus negocios con un pasado de policía que le permite conocer la miseria de los bajos fondos de la ciudad y que por su matrimonio y situación conoce la vacuidad de la alta burguesía. En medio de su vacío, encuentra el único refugio en el resultado de una noble acción antigua. Este asunto, con el que arranca la novela, nos habla de la esperanza, de la redención, de la importancia de una decisión a tiempo para salvar a alguien de un destino en que la miseria no hace sino cavar cada vez más hondo el pozo de la miseria. Pero lo cierto es que, junto a una melancolía muy acentuada, siempre estamos percibiendo algo oscuro, una masa de presagios que no podemos identificar. Esperamos y no nada bueno.
Mariano Sanz Navarro
Me ha gustado también mucho recorrer con él las calles de Barcelona, de esa Barcelona de posguerra que es también el espacio de un escritor muy de mi gusto, Juan Marsé. La fidelidad con que la ciudad se convierte en el receptáculo de vidas y pasiones es realmente asombrosa tanto en nuestro paisano, Mariano Sanz, como en el escritor catalán. Y esto de lo local y el espacio preciso es algo que yo siempre agradezco mucho. Barcelona está incluso en su historia como ciudad. Un gran acierto y una extraordinaria habilidad para dar vida a esa ciudad en un tiempo determinado.
Por último, aunque en la biblioteca de mi padre había bastantes obras de Mariano Sanz, yo sólo había leído de él algunos artículos de su blog y cuentos publicados en internet. Ha sido un placer leer una obra extensa y disfrutarla tanto.



27 octubre 2016

Novela negra, así en general


 Esta enjundiosa fotografía llamada "equipo de novela negra" está tomada en préstamo de la página http://www.libreriale.es/especial/imprescindibles-de-la-novela-negra/27/, donde se pueden ver y comprar imprescindibles del género

No me apura confesar que soy lectora ávida de novela negra, policiaca, de intriga, o como queramos llamarla. Desde niña, además, pues mis principios fueron una pila veraniega de novelas de la señora Christie que se presentó ante mí sobre el comienzo de la adolescencia. Harry Stephen Keeler fue el siguiente, los curiosos e inteligentes casos del padre Brown, Sherlock Holmes y lo que Poe ofreció en este sentido, que fue importante y sustancioso. Como se ve, un buen batiburrillo, pero así leen las adolescentes.
Se suele considerar un género menor, o sencillamente un género, algo especial, un poco degradado, de consumo popular y ligero. Yo diría que son novelas de hamaca, es decir, de verano y despreocupación. Entretenidas y absorbentes. ¿Quién ha matado a quién? ¿Por qué? Ni el lector ni el inevitable investigador, sea Poirot, Maigret o Holmes, sabe contestar a estas preguntas al principio. Hay un ser superior que lo sabe, naturalmente el autor, porque a veces ni siquiera lo sabe el narrador, si la novela es en primera persona. Y muy hábilmente, a través de las pesquisas, deducciones e intuiciones del investigador, nos va llegando información. Hasta el desvelamiento final. Oh, qué descanso, éste mató a éste de este modo (el modo ya se sabe y la ciencia forense termina de explicarlo) y por estas razones, y ahora tendrá su justo castigo, una vez acabada la novela. Lo que me hace pensar que todo escritor de novela negra es un amante de la justicia. Al menos en las novelas todos los casos se resuelven, cuando la realidad policiaca es muy otra, y quizás la mayoría de los crímenes quedan impunes, sumidos en la oscuridad de un sumario, nunca aclarados o incluso nunca descubiertos. Por eso, cuando dicen que en este mundo no hay justicia, o sólo de vez en cuando, una se consuela pensando que en las novelas negras sí, siempre.
Pero quiero aventurar que el escritor o escritora de novela policíaca, que siempre estará de parte de la victima y de los justicieros sin asomo de duda, no deja de ser alguien que reconoce en lo más profundo al asesino que lleva dentro. Si es capaz de planificar un crimen en la ficción, y además su particular crimen, es que sabe hacerlo, se lo ha imaginado, aunque sea de un modo poco consciente. Busca investigar su propio crimen y espera ser descubierto y castigado. Sólo que el que lo va a descubrir va a ser él mismo. Los lectores, que también llevan su pequeño asesino dentro, también en lo más profundo, son simples testigos de su indagación, y a su vez desean justicia y verdad.

La novela negra moderna, sobre todo gracias a Vázquez Montalbán, tiene una particularidad muy suya: un fuerte anclaje en lo local. Los americanos ya lo hacían, pero creo que en España el primer escritor en cantar su ciudad, su tierra, sus gentes y sus asesinos, fue Vázquez Montalbán. Si me equivoco, que los sabios me corrijan.
Ese anclaje en lo local a mí me gusta mucho. Es realismo del bueno. Si una calle está en tal sitio y se llama así, en la novela aparece tal cual. Si hay un bar en esa esquina, va directo tal como es a la novela.
El crimen es universal, desde luego, pues asesinato, robo, violación, estafa, no es algo privativo de un pais o de un paisanaje. La diferencia es que cada grupo humano lo hace y lo interpreta a su manera, movido por las mismas pasiones que cualquier otro grupo humano, pero a su modo. De la misma manera que los investigadores siguen diferentes caminos y pautas según de dónde sean. No es lo mismo Hércules Poirot, con su cosmopolitismo de alta burguesía, que el comisario Montalvano, un siciliano de a pie, loco por la pasta (italiana, no la otra), las mujeres y el buen pescado. Podríamos seguir las comparaciones, pero cada cual que se las componga, que si no esto se hace largo. Para resumir, no es lo mismo matar en España que en Francia, ni es lo mismo matar en una gran urbe que en una pequeña ciudad de provincias. Ni tampoco los asesinos son los mismos, ni los comisarios e investigadores. La señorita Marple sólo puede ser una señora madura inglesa, Brunetti sólo puede ser un plácido veneciano, y sus métodos son diferentes, siendo universal su deseo de justicia y el delito que investigan.
Entonces, y para concretar, una buena novela policíaca, hoy llamada negra, tiene que tener unos cuantos elementos para servir a sus fines de hamaca y entretenimiento: una buena trama sustentada en la ignorancia de un personaje central, el que investiga, ignorancia compartida con el lector, que irá compartiendo también el progresivo conocimiento, elementos que deben estar sabiamente dosificados; unos personajes creíbles y concretos en diferentes planos de presentación; un lugar real en el que todos se mueven, fielmente descrito; una prosa limpia y poco decorativa, yo diría que casi seca, con diálogos dinámicos y significativos, pegados al habla cotidiana. O sea, casi todo lo que debería tener una novela cualquiera. Si además hay fondo, sabiduría y humanidad, no habría diferencia alguna con las novelas de otros colores o con las incoloras, excepto que habría un muerto para empezar y justicia para terminar. Ese principio y ese final es lo que constituye el género. Y para mí, son, como la novela picaresca en su momento, un reflejo de la situación social y de los asuntos que preocupan a la gente. No es poco.

19 noviembre 2012

Raúl Guerra Garrido, un autor descubierto

 Realmente no sé cómo llegué a este autor, a Raúl Guerra Garrido. Nadie me lo recomendó, no leí ninguna reseña, no lo vi en televisión ni lo escuché promocionarse en la radio. Mirando libros, no en las mesas de novedades, sino en los estantes giratorios que presentan colecciones o libros de autores, encontré este nombre. Los títulos me atrajeron: son realmente títulos muy sugerentes. Compré primero "La costumbre de morir", porque prometía ser una especie de novela negra o de intriga al menos. Dicho esto, se agradecería a los editores que no dieran tantos datos al respecto en la contraportada. Quien se anima a leer un libro es siempre un ser inteligente que sabe colegir un argumento de unas pocas palabras. Si alguien se decide a leer este libro, que no lea la parte de atrás antes de haberlo terminado. Demasiada información. Es un libro interesante y atractivo, con mucha intriga. No puedo decir que esté maravillosamente escrito; es limpio y transparente, ágil y sin florituras, como corresponde a un libro de suspense. No me explico cómo a nadie se le ha ocurrido convertirlo en un guión de cine. Quizás no sea políticamente correcto o agrave ciertos asuntos pendientes, quizás no convenga. Para mí fue un descubrimiento. Con lo cual, cuando terminé de leerlo, quise seguir con el mismo autor y me hice con este otro libro delicioso.



Para los provincianos que visitamos Madrid de vez en cuando, y que tenemos especial predilección por la Gran Vía y calles aledañas, es una verdadera delicia. Para los madrileños, supongo que lo será en otro sentido, más de reconocimiento de lo propio. Es un libro misceláneo, donde se combina la historia de la emblemática calle madrileña con relatos que bien pueden transcurrir en ella, si es que son pura ficción, que a veces no lo parece, conversaciones escuchadas al vuelo, anuncios de comercios, personajes, miradas retrospectivas, historia, esplendor y decadencia de nobles edificios. Como éste sí tiene un estilo bien marcado, y está muy bien escrito, aunque no renuncie el autor al sentido del humor y a la agilidad narrativa, no se lee con la premura de una novela de intriga, sino con el recreo del paseante observador.

En la mesa tengo un par más de Raúl Guerra Garrido, pero el comentario vendrá cuando los haya leído y disfrutado como estos dos.