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19 noviembre 2010

Nosotros huesos que aquí estamos

"Nosotros, huesos que aquí estamos, 
por los vuestros esperamos"

Entrada a la Capilla de los Huesos 
en el Convento de San Francisco 
en Évora


Si me descuido, con el trajín que llevo, se me pasa el mes de noviembre, donde estas imágenes van que ni pintadas, pero que en otro mes cualquiera serían un desvarío.

 Arco ciego formado 
por calaveras y cabezas de fémur


Y ya que nos ponemos a pensar, ¿en el mes de noviembre no lo son también?


 Columna formada 
con huesos largos y calaveras

Porque, después del pasmo, de la reflexión barroca, que ya cansa un poco, viene lo siguiente: ¿a qué mente malsana se le puede ocurrir hacer algo semejante? 

 Nave lateral de la capilla
con esqueleto de hombre 

Hablamos de la Capilla de los Huesos, en portugués Capela dos Ossos, de la que yo tengo noticias desde muy joven, pero que vi por primera vez en el año 2000, trescientos años después de que se erigiera el engendro. Entonces, en mis notas de viaje, escribí:

"Me resulta casi imposible ponerme dramática,  macabra, profunda y meditativa, con esto de la montonera de esqueletos arquitectónicos. La clave está en el exceso, en la disparatada exageración que sólo en la mente enloquecida de un fraile pudo nacer. Según una somera explicación que hay a la entrada de  la Capilla, aquello lo hicieron para que sirviera dos fines: para la meditación sobre la muerte y la vanidad de lo humano, o en caso de trivialidad mundana, para asombro y satisfacción de la curiosidad. Para lo primero, resulta algo tan excesivo que toda meditación puede quedar suspendida. El ala medio desplumada y mostrando los delicados huesecillos de un pájaro muerto; un resto de ropa en una playa invernal; unas flores muriendo al atardecer... la minucia, el objeto perdido, esa mirada recogida. Quizás las formas pétreas de un durmiente de Pompeya, o ese pan fosilizado en el plato por las cenizas del Vesubio. Son cosas pequeñas que evocan de un modo más profundo, dramático y melancólico, la transitoriedad, lo precario de lo humano. Este amontonamiento de huesos y calaveras suplentes de ladrillos y piedras desborda toda posibilidad de reflexión sobre el tema, el único tema. Simple disparate. Y a efectos de la segunda finalidad, bien, satisface la curiosidad trivial que el mismo hecho crea, pero en ese sentido lo mismo daba que lo hubieran hecho con huesos de albaricoque, tan asombroso como la Torre Eiffel de mondadientes. Si vemos con cierta frialdad el hecho de que sean huesos humanos, y de ese modo, obviamos la reverencia ancestral al cadáver, no es más que un alarde de ingenio".

Y a día de hoy no me desdigo de una sola palabra de las que hace diez años escribí. 



05 noviembre 2010

Paseando por lo ajeno



 Plaza de Giraldo en Évora

A menudo me pregunto por qué soy tan aficionada a los viajes. No a los grandes viajes de aventura, como hace mi amiga Wilma, que se ha ido un año entero a recorrer el mundo; no tengo espíritu aventurero ni tanta curiosidad como ella y otras personas que cada año se marcan un destino nuevo, lejano y, quizás, dificultoso. Siempre me acuerdo con esos grandes viajeros de Margarita Yourcenar, que puso como título a su libro de viajes:“Le tour de la prison”, lo que quería decir: ya que estamos presos en este mundo, al menos nos esforzaremos por conocer sus cuatro paredes. Como mi concepto del mundo no es tan barroco ni pesimista, y no considero este mundo una prisión, aunque sea algo melancólica yo por mi carácter, no quiero conocer todas las paredes, sino sólo pasearme un poco. 


 Templo de Diana en Évora

Igual que me paseo por mi ciudad y cada rincón me sugiere lo entrañable o lo fantástico, o me trae un recuerdo tierno, o un pensamiento noble, del mismo modo viajo por otros lugares ajenos, buscando el recuerdo, el pensamiento, lo entrañable, lo fantasioso. Como no tengo grandes curiosidades en este sentido, ni me placen las grandes sorpresas, me gusta hacer de lo ajeno algo propio, y el modo de hacerlo es siempre volver a los lugares. Así he vuelto a Portugal.

 Callejón evorense

Me gusta utilizar un recurso narrativo en mis cuentos que se basa en esa vuelta a los lugares ajenos, de modo que se hagan ya propios. Consiste en llevar a un personaje a un lugar querido para mí; hacerle sentir lo que yo siento, a saber, el distanciamiento de lo cotidiano en un lugar ajeno; hacerle mirar las cosas desde esa lejanía, y entonces que solvente un problema personal, que dirima una cuestión planteada en lo cotidiano propio, o bien que se deje llevar por ensoñaciones y recuerdos entrañables, por libres asociaciones de pensamientos y recuerdos, que vienen al hilo de las sugerencias del lugar en que se encuentra. No es ni más ni menos que lo que yo misma hago en mis viajes, en esos paseos más allá de mi propio ámbito. Al final, nuestros personajes creados hacen lo que nosotros mismos haríamos en esa situación.

 Un rincón de Évora

Aparte otros preciosos motivos, a eso he ido a Évora. A convertir definitivamente esa ciudad en un espacio interior. Creo que lo conseguí. Desde los siete años era una ciudad soñada, y entonces el templo de Diana era un pisapeles pequeño de estaño, y Portugal una muñeca rubia en pantalones; la viví fugazmente al final de mi juventud, y entonces  se convirtió en un lugar hermoso, sólo de paso; la recupero como  ciudad muy mía, para mí, para siempre, cuando rozo ya los umbrales de la vejez.

03 noviembre 2010

Otoño barroco

 Anónimo barroco otoñal 
captado en el museo regional de Béja.

El otoño es barroco, siempre lo ha sido. El invierno, directamente, es el fin. Hay que dormir y no pensar demasiado. Quedarse en gran quietud, en la pura tranquilidad y calma, a ver si de ese modo la primavera nos sorprende. Pero en el otoño... podemos ir dando rienda suelta a todas las melancolías, y quizás lo mejor para hacerlo, con cierta afectación y estilo, es ponerse frente a un cuadro como este, con una plácida calavera que se mira en un espejo, no se sabe muy bien para qué fin. Lo suyo hubiera sido que una guapa joven se mirara en el espejo y viera su calavera, para que se le bajaran los humos, por ejemplo, o al contrario, que un esqueleto se mirara en el espejo y viera una hermosa joven. Ya se ve que no es indiferente quién mire y quién sea mirado, que eso tienen los espejos. Y luego, mucho leer y mucha redoma, mucho saber y mucho aprender, para nada. Para terminar hecho una calavera que se mira en un espejo.


O para terminar como estas hojas caídas, mojadas y arrastradas por la empedrada calzada de una ciudad portuguesa, que también hay que decirlo, si se quiere melancolía otoñal, lo mejor es irse a una ciudad portuguesa, y sin fados, que no hacen falta para ponerse amarillo, soñador, ensimismado y tristón.

15 octubre 2008

Jardines románticos de Brihuega






La Real Fábrica de Paños de Brihuega -que es un bello y abandonado edificio circular- tiene unos jardines a los cuales merece la pena entrar. El otoño melancólico se muestra allí en toda su delicadeza. Está cuidado con la dejadez de lo romántico y es custodiado por un hombre que vive allí desde el primer año de su vida; posiblemente su padre también cuidó estos hermosos jardines. En prevención de que la gente pase y luego no quiera poner la pequeña contribución que se pide por el privilegio de pasearlos, ha puesto un cartel en la entrada. Una placa conmemorativa anuncia que allí se rodó "La tía Tula", la película de Miguel Picazo sobre la novela de Unamuno del mismo nombre.
Para leer los carteles, pinchad en la foto y ampliar.