Cromlech de Xarez, cerca de Monsaraz
Nunca había visto yo ninguno de estos monumentos prehistóricos y lo cierto era que tenía una gran curiosidad. Hicimos un curioso recorrido en torno al pueblo de Monsaraz, que se alza sobre una colina, dominando todo el hermoso paisaje de su entorno. Verdaderamente, el que más veneración me produjo, y hablo de veneración porque vestigios de tiempos tan remotos, cuando una tribu era capaz de levantar semejante pedrusco para adorar dios sepa qué, que sí que lo sabemos y no hay más que ver la forma que eligieron y luego tallaron cuidadosamente, pues eso, quieras que no, produce algo parecido al respeto, a la veneración.
Detalle de uno de los menhires
del cromlech de Xarez
Pensamos que ese hueco en la piedra lo había hecho la lluvia, con su continuo golpeteo sobre la piedra, pero ese trozo de granito también se delata como otra cosa. Entre tanto monolito fálico, con ese enorme pedrusco central, ¿no sería esto un resto de la fecundidad femenina, también venerada?
Menhir de Bulhoa
Solos, en medio de un círculo mágico, al final de un camino, pueden ser aún más impresionantes. Este menhir, derribado y vuelto a erguir por los portugueses, para asombro de propios y extraños, tiene en su extremo superior, o sea, ya se me entiende, extraños signos sin interpretar. ¿Qué querrían decir aquellos seres humanos, tan orgullosos de sus atributos viriles? Si cada ser humano reproduce en su desarrollo y maduración el mismo o semejante proceso que el que sigue la humanidad entera, estos hombres que levantaron semejantes falos en medio de los campos, estaban en plena infancia.
Menhir de Outeiro
Y, sin ninguna duda, el más descarado, impresionante, solitario, realista, insolente y orgulloso, es el menhir de Outeiro, que se levanta sin más adorno ni acompañamiento, en esta planicie ocre, y presenta hasta su forma anatómica, resaltada por una incisión en la parte superior. Bueno, bueno, hombre, si querías asustarnos, pues no lo conseguiste. Al fin y al cabo eres sólo una piedra en medio del campo.
Rocha dos namorados
Junto a una encina, cuyos frutos, no del todo en sazón, comimos, este megalito, dicen que de afloramiento natural, sin tallar ni reformar, aprovechando lo que la madre naturaleza da. Su forma, bien diferente, la de un útero. Protectora, seguramente sería punto de refugio de cultos femeninos a la fecundidad. La prueba de ello, el intento de cristianización que luce a sus espaldas; le tallaron una cruz por detrás y unos ruedas de la eternidad bajo los brazos de la cruz terminan de aproximarse a lo imposible, el convertir tal sitio para otro culto. A las chicas del pueblo les enseñaron a tirar piedras sobre la madre para adivinar cuándo se casarían. También esto es lucha inútil. Ahí está, con sus brazos abiertos, y su seno protegido por una piedra que se mira a sí misma. Al final, la madre.