
Este verano, paseando por Toulouse, a las orillas del Garona, descubrimos en la espesura del bosque ribereño un hogar humano. Por techo tenía las espesas copas de los árboles, por paredes, los troncos revestidos de hiedra, y por suelo la blanda capa de humus. Dicho así parece algo idílico, pero no lo era en absoluto. En una ciudad rica y amable, unos seres humanos no tenían un techo digno. El bosque les había dado amparo. Siempre la naturaleza, con toda su crueldad, es refugio para los desterrados de la urbe. Allí los expone a las alimañas, a la humedad y al frío, a la vida azarosa de los pequeños carroñeros, buscando entre las basuras de los grandes depredadores; vuelven al origen empujados por la injusticia.
La pobreza es más lacerante cuando está rodeada de riqueza. El refugio entre los árboles se vuelve más duro cuando los edificios ciudadanos conservan su maravillosa simetría, su confortable aspecto. El bosque es más salvaje cuando cerca de él hay jardines hermosos para pasear o hacer una merienda sobre la hierba.
A este refugio habían llevado sus habitantes restos que la ciudad había desechado con la última intención de hacerlo humano, del mismo modo que los recluidos en campos de concentración limpiaban sus botas diariamente, entre el barro, la suciedad y el hambre, para mantener su dignidad.
Si la pobreza de lejanos y exóticos países nos lacera el alma, porque sabemos de qué injusticia nace, la que tenemos cerca, en toda su crudeza, en nuestros conciudadanos -¿lo son realmente?- nos habla de una injusticia muy cercana. De esa miseria que se podría solucionar con voluntad política. Mirad este informe, el de Foessa sobre la pobreza en España, por regiones y por clases de penurias, o este otro de la Caixa. Más claramente no se puede decir.
Esta entrada viene motivada por la acción blogger de este día, que propone como tema La Pobreza.