20 julio 2007

El enlace sobre Bécquer en chino

Este es el enlace que lleva a la entrada de Las golondrinas de Bécquer en chino mandarín. Alguien me lo pidió porque no lo encontraba. Como ya he vuelto y tengo un poco de tiempo, ahí va.

Ir al vídeo de Las golondrinas en chino mandarín.


10 julio 2007

El tablero de la Oca para Marta


Aquí va la mejor foto que pude hacer del tablero que utilizo para jugar a la Oca con Marcelo. Prometo una mejor para mi vuelta de Florencia.

FLORENCIA AL FIN

Y ahora, pocos o muchos, los que lean este blog, viene la gran noticia: Florencia al fin. O sea, mañana salgo para Florencia. De aquí a Barcelona, y en un barco de la compañía Grimaldi a Livorno, y de Livorno a la ciudad de los Médicis. Creeréis que voy a ver si encuentro el tablero de la Oca de los Médicis, pero la verdad es que no, que mi viaje tiene un origen mucho más sentimental y melancólico. Algún día lo contaré. En diez días de nuevo aquí. Ahora sólo digo ¡arrivederci!

El enterrador de Lorca

Hace unos años, con motivo de la festividad de Todos los Santos, un periódico local publicaba una entrevista nada menos que con el enterrador de Lorca. Fue preguntado el hombre por varios e interesantes aspectos de su tranquilo y melancólico trabajo, entre otros asuntos, lo que se llama la carga laboral. Se quejaba el hombre de que no había tanto trabajo como antes. Y añadió esta feliz frase: "Ahora la gente se muere mucho menos".
A lo mejor es verdad.

La Oca. Un poco de magia


El tablero de la Oca contiene en sus entrañas dos números mágicos –¿hay algún número que no lo sea?- y esos números son el 7 y el 9. Siete es la mitad exacta de las catorce ocas que aparecen, si exceptuamos la final, la gloria del conocimiento, una vez superada la Muerte. Catorce eran los jóvenes y muchachas que se ofrecían al Minotauro: siete chicas y siete chicos, todos lanzados a las fauces del Monstruo, que representaba la bestialidad. Estos jóvenes eran elegidos por sorteo y el único audaz que se ofreció voluntario fue su vencedor. Si multiplicamos siete por nueve, nos sale el número sesenta y tres, el número de casillas que tiene que recorrer el vencedor a tiradas exactas. En la fecha elegida por Alonso de Barros para publicar su entretenido y curioso manual no aparece el nueve, ¡pero sí el siete! Como decía la vieja oca Yourcenar, sabia Casandra, avisadora de todo peligro, lo que llamamos azar son las leyes de la naturaleza que desconocemos.

El Juego de la Oca. Un poco de historia


¿Cómo se juega a la Oca? Pues es bien fácil, como la vida misma. Y no lo digo irónicamente, sino con el sentimiento más sincero. Aparentemente sencillo, cada cual le busca la complicación que quiere o puede. La prueba es que los niños lo juegan, pero luego lo usan los escritores para sus novelas; o se investigan sus orígenes misteriosos y esotéricos, llevándolos a la misma Creta con su laberinto, a los ritos de iniciación templarios, o a relacionarla con el Camino de Santiago en sus aspectos más mágicos y secretos.

Para jugar a la Oca hace falta un tablero decorado con una espiral dividida en casillas numeradas. Cada casilla contiene un dibujo significativo. Cada jugador está representado por una ficha o peón de un color (a veces son pequeñas ocas de madera, como las que se ven en la foto de la entrada) y su propósito es ir avanzando por la espiral, salvando todos los obstáculos posibles, hasta el final, donde le espera el triunfo; las fichas, hay que decirlo, se mueven guiadas por el azar de unos dados. Un juego de recorrido y azar en el que hay que vencer obstáculos o aprovechar la suerte para avanzar hacia una meta. O sea, la vida misma o una buena parte de ella. A lo largo del recorrido encontraremos catorce casillas que representan una oca. Esa oca nos lleva a otra, a la voz de “De oca a oca y tiro porque me toca”. Al menos en España se hace así. En otros países seguramente se dirá otra cosa o nada, pues este juego se extendió, al parecer desde Italia, desde la mismísima corte de los Médicis en Florencia, hacia toda Europa, donde conoció una gran fortuna y éxito, tomando diversos nombres (“juego de los Monos” le llaman los alemanes, por ejemplo), y aprovechándose para diversas enseñanzas de carácter moral, político, religioso, y otras cosas que dicen que la gente tiene que aprender, y que mejor jugando que a palos. Los ingleses, por poner un ejemplo ilustrativo, dado su gusto por escaparse de aquellas islas tan húmedas y mohosas, yéndose de viaje por esos mundos de Dios, mucho más secos y cálidos, redujeron el juego de la Oca a un recorrido geográfico, más que nada porque la infancia no perdiera la esperanza de salir de allí, mostrándoles que al otro lado del Canal de la Mancha había algo más. Con razón en la corte medicea le llamaron “el noble juego renovado de los Griegos”, porque tenían el convencimiento de que los griegos habían sido los grandes pedagogos de la historia. De hecho, hay quien piensa que el famoso disco de Festos, encontrado en las ruinas de Creta, es en realidad el tablero más antiguo del juego de la Oca que se conoce, y hasta quien se atreve a decir que el jueguecito se inventó en la guerra de Troya. Se supone que se lo inventaron los troyanos, aburridos del asedio, ya que los griegos estaban muy entretenidos asediando y construyendo caballos de madera.

Sin embargo, corresponde a España –y olé– la primera huella segura del juego. Un tal Alonso de Barros, que estaría aún más desocupado que los troyanos, escribió un pequeño manual para jugar a la Oca, nada menos que en 1587. Podría haberse esmerado y sacar el manual en algo que acabara en nueve. Lo malo es que el tablero se lo comieron los ratones y no queda ni rastro, así que nos quedamos sin saber si era un tablero en espiral o haciendo ondas o en cualquier otra forma caprichosa. Sí es seguro que tenía 63 casillas. Para nuestro desdoro son nuestros vecinos por el Norte –o sea, los franceses– los más cuidadosos en conservar un tablero de Oca: corresponde tal honor a los herederos de un impresor, Benito Rigaud, en 1599 –¡vaya!- o 1600 –¡vaya otra vez! Como ya se ve que los franceses lo guardan todo bien guardado, tienen un interesante museo del Juego de la Oca en Rambouillet.

El Juego de la Oca. Marta Zafrilla y otros escritores.


Marta Zafrilla no es la primera escritora que ha encontrado su inspiración en el juego de la Oca. Tiene en Julio Verne un noble antecedente, que escribió en 1899 y publicó en 1900 una novela de intriga política, casi una parábola, llamada “El testamento de un excéntrico”. El tema y la trama difieren bastante de la novela “Mensaje cifrado”, de Marta Zafrilla; sólo coinciden en buscar su punto de partida en un antiguo y misterioso juego infantil. El argumento de Verne consiste en un excéntrico millonario que inventa un extraño modo de hacer herederos de su inmensa fortuna a seis habitantes de la ciudad de Chicago. Después de su muerte se realiza un sorteo que designa a esos seis afortunados, pero no bastará con que la fortuna les sonría en ese primer momento, pues para pasar a la posesión de la herencia tendrán que jugar un enorme juego de la Oca, nada menos que a escala de los mismísimos EEUU, con todos sus lagos, sus montañas y sus bosques. Las casillas son cada uno de los Estados y el Estado de Illinois hace el papel de la Oca que se repite para facilitar el avance de los “jugadores”. Es decir, el tablero es aquel vasto país. Divertido, atrevido y sorprendente. Como todo lo que salía de la fertilísima imaginación de Verne.

De Laurent Kloetzer, sin embargo, sabemos poco. No me parece que sea un escritor muy conocido en nuestro país. Es joven, es feo y es francés. Tres buenas cualidades para un novelista. Excepto en la juventud –creo que Marta le gana por muchos puntos, sin embargo–, en todo lo demás no tiene nada en común con ella. Y aún hay algo más que exceptuar: ambos han partido, como el viejo y querido Verne, del juego de la Oca para escribir una novela. Marta Zafrilla escribe una novela juvenil y realista, mientras que Kloetzer escribe una de carácter fantástico, a la cual llama no sin justificación esotérica, “La Vía del Cisne”, que hace referencia a otro de los nombres que recibe la Vía Láctea, también llamada el Camino de Santiago, y alguna vez la Vía de la Oca. Sorprendente. Esta novela de Kloetzer se pulbicó en 1999, número que tampoco está falto de su simbología y misterio. Como ese 1899 y 1900 de Verne. El argumento de la novela de Kloetzer parte de una investigación llevada a cabo por un científico excéntrico (de nuevo la excentricidad) para librar a su hija de la cárcel a la que la han reducido por haber sido acusada falsamente de haber asesinado a un príncipe. Sería interesante ver si se tradujo en su momento esta novela al español o quizás, para los que puedan hacerlo, buscarla en su idioma original.