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10 noviembre 2012

El mejor regalo

A cambio de esa edición artesanal de "Valentín", y de mi trabajo y compañía durante tantos años, mis compañeros querían darme algo. Buscaron lo que mejor les pareció que me convenía. Supongo que pensaron en libros, pues conocen mi pasión desmesurada -y a veces enfermiza- por los libros, pero finalmente me regalaron el libro de los libros. No la Biblia ni el Quijote, sino uno que puede contener esos y muchísimos más. Un libro electrónico. Una maravilla técnica y el mejor regalo para mí. Aunque, realmente, el mejor regalo eran ellos, su jovialidad, su alegría y buena amistad.


No contentos con sorprenderme con semejante don tecnológico, al abrirlo por primera vez me encontré con el siguiente obsequio, sentimental, amoroso, único. No sé si lo pensaron o les salió así, pero ninguna acción es casual, desde luego. Tres libros llevaba. Uno ni lo nombro de momento, aunque me atreveré a leerlo por gusto de saber qué suele contener un best-seller. Otro era "El gato negro" de Poe, que formó parte de los terrores nocturnos de mi primera juventud, cuando leer aquellas historias era prepararme para ser valiente. El primero que apareció ante mi vista, sin embargo, era "David Copperfield" de Dickens, casi diría que el primer libro largo -eso llamaba yo entonces a las novelas de verdad- que leí. Y tanto me gustó a mis doce años, que al terminarlo, sospechando que algo se me había escapado, ya que no sabía dónde estaba la fascinación que había sentido, volví a comenzar por el principio y, página a página, me lo leí entero de nuevo.
Ante esto, ante esta invitación del destino, no me ha quedado más remedio que volver a leerlo, ahora ya en este maravilloso lector que mis compañeros, tan generosamente, me han regalado. Vuelve a ser para mí una maravilla, en sí mismo, y porque me regresa a mis doce años.

31 octubre 2012

"Valentín"


sobre el orden, la intuición del mal
 
Todo llega, y todo tiene su momento. No lo tomé con impaciencia. Hice mis últimos trabajos. Leí en voz alta en la Biblioteca para despedirme, pero aún me quedaba una semana más. El último día esperé a una hora de cambio de clase, para oír por última vez el bullicio de estudiantes en los pasillos, sus risas, casi gorjeos o cantos de pájaros felices. Y me fui. Tan contenta, tan melancólica.


Rara vez he escrito un relato o un cuento sobre mi profesión. Sí hay uno en mi primer libro de cuentos publicado -"Mixtura"- que es el jocoso comentario de texto, totalmente en serio, del trabajo de un alumno con muchas, muchísimas faltas de ortografía y de otras leyes del idioma. Se llamaba "Oveja mía, oveja mía", de claras resonancias evangélicas.



En el nuevo libro de relatos y cuentos, "El dueño se va", aún sin publicar -y no se sabe cuándo ni dónde todavía, ni si alguna vez-, hay otro de esta misma temática: "Valentín", sobre las preguntas de un adolescente especial. He querido hacer este presente a mis compañeros y compañeras del Departamento que me acompañarán el viernes en una comida de adiós y hasta siempre. Fernando ha hecho una magnífica maquetación; mi hija, un dibujo sutil y misterioso de portada, que hemos modificado en colorido, de modo que no hay dos ejemplares iguales; yo, la parte artesanal. Veintidós ejemplares de una edición privada y exclusiva. Terminado de imprimir el día 31 de octubre del año 2012, festividad de San Wolfgang de Ratisbona, que fue maestro de escuela, monje y obispo. Pues más o menos como yo, ¿no? Yo creo que se hizo monje cuando ya no pudo más con los chiquillos, y luego ya lo de obispo vino por sus pasos.
Salud, amigos.

17 octubre 2010

El pabellón dorado, que está bien lejos

Kinkakuji. Vista nocturna
Foto de Akisura Shibata

Una buena amiga, muy querida para mí,  me ha regalado una carpetilla con estas preciosas fotos del Pabellón de Oro, en Japón. Sabe que me gusta muchísimo esta cultura oriental.
Mira qu'etá lejo Japón.

Vista panorámica de Kinkajuki-in
Foto de Akisura Shibata


Mi amiga es  una incansable viajera. Se lo puede permitir. Incluso ir a Japón, que mira qu'etá lejos.


Segundo piso. Estatuas de los cuatro reyes celestiales.
Foto de Akisura Shibata

A mí me gustaría mucho ir a Japón, desde luego, pero a lo mejor no me lo puedo permitir. ¿O sí? Es cuestión de hacer un esfuerzo. Puede que un año de estos lo haga.


Takigi Noh
Foto de Akisura Shibata

Esto, quizás, es lo que más me gustaría ver en el Japón, un espectáculo nocturno de teatro Noh, en el Pabellón de Oro. Después de leer las Seis piezas Noh de Yukío Mishima y de enterarme muy bien de qué va esta forma tradicional de teatro japonés, es algo fascinante para mí.


Tercer piso. Vista interior.
Foto de Akisura Shibata



Si me atreviera a subirme en un avión para un viaje tan largo, podría ver este maravilloso reflejo en el suelo del tercer piso del Pabellón de Oro. Y al escribir "Pabellón de Oro", me acuerdo otra vez de mi querido y terrible Mishima. Hubo un tiempo en que me dejó atónita con la novela que lleva precisamente ese título: "El pabellón de oro", y después con otras muchas más.




Primer piso. estatuas de Buda Amitaba 
y del Shogun Ashikaga Yoshimita.
Foto de Akisura Shibata


También podría leer haikus después de ver a este precioso Buda Amitaba y el muy digno Shogun Ashikaga Yoshimita, inspirada por la impermanencia del ser, que decía Genji, en la novela de Murasaki Shikibu, "Genji Monogatari".


Segundo piso. Tapiz mural
Foto de Akisura Shibata



Una delicadeza de tapiz mural. Que en Japón no van a poner cualquier cosa en las paredes. Faltaba más, con lo finos que ellos son y lo lejos qu'etá Japón.
(¡Subir en un avión, qué miedo!)


Tercer piso. Vista interior
Foto de Akisura Shibata




A través de las ventanas del tercer piso se ven  esos delicados árboles del jardín, en rojos, marrones, verdes. Es la misma imagen que se puede tener leyendo un haiku de Basho. 
(¿Me subo al avión o no me subo? ¿Me gasto los pelos en un viaje al haiku, al teatro Noh, a Murasaki Shikibu y a Mishima, o me quedo en mi casa, mirando el jardín de Floridablanca, con los libros correspondientes en las manos?)


Aquí el consejo de "No me pises que llevo chanclas"
No es Ceuta lo más lejos que he ido, pero es que Japón... Mira qu'etá lejos Japón.





05 marzo 2010

Las pintoras

Bueno, tengo que tomarme un tiempo. O sea, que descanso un poco -al menos del blog, que de lo demás creo que no será posible- y vuelvo en un mes más o menos. Pediría a mis amigos y seguidores que me esperen ese tiempo, pero no lo pediré, por una parte, porque estoy segura de que muchos lo harán; por otra, porque sé que otros no lo harán. Para qué entonces. 
Ah, bueno, lo primero, y antes de irme un rato, dejar claro lo de las pintoras.
El primer cuadro era, como dijeron los más avisados, de Sofonisba Anguissola, (1532-1625), una pintora de la corte de Felipe II, aristócrata italiana que llegó a ser discípula de Miguel Ángel y amiga de Vasari. El precioso bodegón de frutas era de Louise Moillon, (1610-1696), y si se pincha en el enlace de su nombre, se encontrará un precioso blog sobre mujeres pintoras, donde se puede encontrar abundante información sobre ella y su pintura. Sí, el tercer cuadro, que en efecto era parte de la portada de "Mixtura", mi libro de relatos, es de Mary Cassatt, (1844-1926), pintora norteamericana, que vivió en París hasta su muerte, muy cercana a los impresionistas, pero no siempre bien recibida entre ellos. Lo de siempre, vamos. El cuarto cuadro, el más difícil de todos, es obra de Norah Gray, (1882-1931), una pintora modernista escocesa, bastante desconocida, de la cual no he podido encontrar datos biográficos, ni en la red ni en libros de pintura. También lo mismo de siempre. Y por último, la autora del precioso quinto óleo era una murciana de nacimiento: Françoise Duparc, (1705-1778). Su padre vino a Murcia a trabajar como escultor y dejó nuestras iglesias la mar de adornadas. Era muy bueno, es cierto, pero tuvo una hija más artista aún que él, conocida en todo el mundo, con museo propio en Marsella. La chica nació en Murcia, cuando su padre tenía taller propio y supongo que le dirían con buen acento murciano: Antonio Dupa(r), y nada más.


Y ahora el momento de la verdad. Abrí este blog cuando era raro abrir uno, en febrero de 2006 y lo tuve un tanto abandonado durante un par de años. Había pocas relaciones blogueras por entonces y el medio resultaba un poco extraño para todos. Un buen día decidí ponerlo en marcha de verdad y comencé a hacer amigos y lectores. De aquellos años no puedo decir cuántas visitas tenía ni ninguna petulancia semejante. Hace un año más o menos, me abrí una cuenta en Google Analytics, por curiosidad, y desde entonces he recibido en mi casa virtual unas veinte mil visitas. No es mucho, para los entendidos en la red, pero no es poco. Veinte mil personas me han honrado con su atención en un año, pero si fueran sólo cinco, o diez, cincuenta o cien, si sólo fueran los que me aprecian y dejan sus comentarios, yo estaría igualmente contenta. He escrito 457 entradas, y comentarios, muchisimos, no encuentro el dato, pero sé que son muchos. Ha llegado el momento de reflexionar, de descansar un poco y pensar si arreglo la casa o me mudo a otra más grande. Lo más importante que me ha ocurrido en estos años de blog ha sido encontrar amigos que de otro modo no habría encontrado, tomarles un gran cariño, seguir sus andanzas a través de su blog, comentar, disentir, enjuiciar -siempre positivamente-, analizar, aprender, encontrar información que no esperaba. Para mí, una maravilla. 
Pues ahora, amigos y amigas, descanso un mes y medio más o menos, y regreso. Si no me borráis de vuestra lista, sabréis cuándo y cómo me decido a regresar. Mientras tanto, mi correo está en mi perfil, y podéis escribirme cuanto queráis. Seguramente no podré dejar de visitaros y dejaros mis comentarios. Entre tanto, mucha suerte, felicidad, paz y armonía. Besicos.

16 febrero 2010

Aprender español


Un amigo nuestro, extranjero y profesor de español, decía que nuestro idioma podrían aprenderlo hasta los gatos si no fuera por la conjugación. Quizás era razonable lo que decía, porque cuando un extranjero ya lo domina todo, le queda aún por manejarse más o menos bien con los subjuntuvos y los condicionales, que no son moco de pavo.
Como últimamente he estado de narradora y de persona seria, escribo hoy algunas gracias para descansar, y mañana pasaré a hablar del Castillo de Lorca, que también es cosa difícil de comprender para los foráneos, casi tanto como la conjugación.

Siempre me ha hecho gracia el proceso de aprendizaje del español para un extranjero, y guardo el recuerdo de las cosas en las que, atreviéndose por fin a completar una frase, se equivocaban y daban que reír.

Un amigo holandés, que dominaba bastante bien el español y se expresaba ya con gran fluidez, ante un hecho terrible, dijo una vez que se le ponía "la carne de conejo", o sea, no erizada como las de las gallinas, sino peluda y suave como estos prolíficos animales.

Para una amiga de origen húngaro, el vino rojo era "vino tonto" y un conocido plato marroquí se llamaba "pinchazos morunos".

La tía de una amiga mía, emigrante en Francia desde la niñez, contaba una película de acción bélica, hispanizando palabras francesas: "se tiraban todos los parachutistas con sus metrallosas".

Y lo más bonito, mi cuñada, en trance de aprender el español, algo que al fin logró, mirando el cielo veraniego desde la terraza de la casa, a la orilla del mar, declaró: "Mañana va a llorar, porque no hay estrechas en el cielo".

Un niño, amigo de mis hermanos, de origen alemán, le decía a uno de la pandilla, que se había caído a la piscina: "Haber no te puesto ahí". 

Seguro que todos tenéis el recuerdo de un error de un extranjero hablando nuestro idioma. Los errores de conjugación hacen menos gracia, pero los de léxico y sintaxis son siempre estupendos. Unas risas, por favor, que la semana va cargada.

24 enero 2010

Media maratón internacional de Santa Pola

Hoy he ido de madre de la Pantoja. A ver cómo mi niña, que ya no es tan niña, corría la media maratón. El cinéfilo también ha ido de padre de la niña y de abuelo de los nietos, y hasta de suegro del marido de la maratonista. Amaia decía que su madre había ganado, porque era verdad. Ha ganado un montón de todo, de cuerpo atlético, de simpatía, de confianza en sí misma, de alegría, de superación personal, y además, que ha ganado, que Amaia lo dice y ya está. Después todos hemos ganado un pedazo de arroz a banda que no se lo saltaba un maratonista avezado. Y aquí dejo las fotos para quien las quiera ver. Mi hija iba tan rápida que no he podido pillarla con la cámara hasta que no ha llegado a la puerta del restaurante.

Una media maratón es la mitad de una maratón completa, o sea, 21 kilómetros más o menos. Helena los ha corrido en algo menos de dos horas, que no está nada mal. Los tres primeros eran unos gamos, tres personas africanas, según me han dicho, que tenían unas piernas increíblemente largas y que daban zancadas de dos metros. Eran profesionales y han ganado en su categoría. Estos de la foto eran los populares.



También valía correr con silleta y niño dormido. No se detienen, a no ser que el niño se despierte, y llegan a la meta, que piano piano, se va lontano, pero no iban piano, que iban a toda marcha y parece ser que la silleta les sirve de liebre.

Y por supuesto, en silla de ruedas. Vivan los valientes. Habia atletas de medio mundo, de todos los tamaños y de todos los colores. Siete mil personas a la carrera. No sé cuántas mirando, que nos cansábamos sólo de verlos. Ambiente muy festivo.


Así iban los corredores. De los siete mil que eran, setecientos eran mujeres, que dicen que no es mal número para lo que suele ser. Apunta el cinéfilo que estos y estas serán los supervivientes si la salvación está en correr. A mí me va a pillar de pleno como sea eso.


Se permitía correr con todo tipo de caprichos indumentarios, jocosos y patrióticos, como este friki de paraguas en la mollera y bandera nacional al viento. He visto pelucas de todos los colores fosforitos y vestuario deportivo de lo más variado.


No sé cómo puede esta muchacha, que es mi hija, tener en brazos a la pequeña después de correr veintiún kilómetros a marcha rápida y encima ganar, según versión propia de "mi mami es la mejor", y no hay más que decir. Quiero decir que no están aquí todo lo guapas que ellas dos son, pero no hay otra foto mejor que poner.  Como vuelva a ganar otra maratón y se vaya a las cochimbambas a correr, me voy otra vez de madre de la Pantoja. Me ha gustado. Sobre todo el arroz a banda.

Apunte musical. En la meta los altavoces tenían una música de lo más variado. He podido escuchar, no en este orden, pero más o menos:

El coro de los gitanos de Il Trovatore.
Bienvenidos de Miguel Ríos
Dancing Queen
Aleluya de Haendel
Coro de soldados de Fausto
Canon de Pachelbel
Música disco variada

Para gustos eclécticos y bien formados. El caso es que en llegando corredores a la meta, todo parecía que acomodaba.

23 enero 2010

Canciones italianas

Para que todo el mundo sepa una verdad acerca de mi liosa persona, incluso caótica podría decirse, declaro en este sábado, un día antes de la media Maratón de Santa Pola, que yo sé por qué lo digo, y ya lo sabrán los demás; también a punto de salir para el Campo de Ulea con dos niños, una compra y un marido paciente... ¿por dónde iba yo? Ya, ya sé, una declaración. Que soy una gran aficionada a las canciones italianas. En Italia se compusieron innumerables canciones muy hermosas a lo largo del siglo XX. El pueblo italiano es cantarín, su idioma es propio para el canto, de hecho casi todas las óperas están en italiano, pues sólo a ellos se les pudo ocurrir contar historias dando gorgoritos. Lo del alemán me lo explico menos. Hasta Mozart lo comprendió y compuso sobre libretos en italiano. Cuando se pasaron a su idioma, les salió Wagner, que es otra cosa.
Pero yo no hablo hoy de música culta, sino de música popular. Esas canciones, y si son de raíz napolitana mejor que mejor, son las que me gustan. Y entre toda aquella gente melódica italiana, mi amor es para  uno solo, el más grande, el napolitano Modugno. Para que se sepa y se aprecie, dejo este vídeo de una canción que no todo el mundo conoce, pues a Modugno lo tenemos siempre volando por el blu dipinto di blu, como si fuera una cometa. Para mí hay cantantes que cantan con la cabeza, otros con el corazón y otros con toda su alma, que, como se sabe, sale de lo más profundo y orgánico del ser humano. Modugno es de estos; canta con todo su cuerpo, o sea, con toda su alma. Si se escucha con atención, se verá que la letra está en dialecto napolitano. Es esta una canción de amor, de amor a la vida. Señoras, señores, para todos y todas, Notte chiara.

12 enero 2010

Los sentimientos y las vidas de Pedro García Montalvo


Portada del libro sobre P.G. Montalvo 


Aunque se vea tan serio en esa foto, se ha de tener en cuenta que corresponde a un momento de su juventud, donde toda seriedad parece poca y uno se puede permitir dar imagen de severidad intelectual. No obstante, Pedro es serio, porque piensa, y por la misma razón tiene un gran sentido del humor, que llena siempre de ternura y piedad por todos los que, como él mismo, somos humanos, y, por tanto, precarios y necesitados. En fotos actuales, que se ven dentro de este libro homenaje, Pedro ha perdido ese aire de icono intelectual y ha entrado en una dimensión de humanidad amplia, profunda y comprensiva. En el barrio lo conocemos, sus amigos lo disfrutamos, y sus lectores, que son muchos, lo adoran. Porque en su literatura trasciende todo esa amplia y comprensiva humanidad por la cual, con todos nuestros conflictos y nuestras luchas, con todos nuestros pecados pequeños y grandes, siempre somos salvados. Si no recuerdo mal, Pedro tiene esa teoría generosa de la salvación universal, que es muy de agradecer cuando somos los juzgados, y que hace que se revuelva dentro el niño justiciero que desea que los malos queden fritos en una cazuela de aceite hirviendo, como las brujas de los cuentos. Pasó la infancia, y ahora ya sabemos que no hay cazuelas de freir malos, y Pedro nos lo recuerda. 
Este libro es un sencillo recorrido por su literatura donde se entreveran declaraciones personales de Pedro García Montalvo, pequeños fragmentos ilustrativos de sus palabras, tomados de sus obras, y opiniones de escritores y críticos, como Santiago Delgado, Andrés Trapiello, Pascual García, Eloy Sánchez Rosillo y otros. Las ilustraciones son fotos referidas al mundo literario y personal de Pedro. Son muy tiernas aquellas que nos traen a Pedro de niño, en el colegio, haciendo el papel de un sabio médico en una función escolar, o la preciosa fotografía de su pequeña familia, cuando era un escritor joven recién casado, donde la belleza juvenil de Encarna ilumina la escena, con sus dos niños, que hoy son unos hombres cabales y buenos. De sus amistades, encontramos fotos con el pintor Ramón Gaya, con su inseparable Eloy o con el escritor leonés Trapiello.
De textos y palabras, no puedo decir sino que son de Pedro García Montalvo, cuya prosa es un lujo de limpieza y poesía contenida. Algunas claves de su novelística se descubren en sus declaraciones; casi todas las conocíamos quienes hemos seguido paso a paso su trayectoria literaria, pero siempre da gusto recordarlo en sus palabras.
El libro va acompañado de un dvd que reproduce más o menos lo contenido en el libro, con bellas tomas de ciudades y parajes, con imágenes del propio Pedro contando sus vivencias como escritor y como persona.
Esta Navidad hemos disfrutado en nuestro campo de Ulea de este precioso regalo que nos hicieron y por ello quiero dar las gracias a los que lo hicieron posible y a la generosidad de Pedro y Encarna, con los que nos une una entrañable y ya larga amistad.

08 enero 2010

Un regalo de Cabopá



Esta preciosa foto me la envió ayer una buena amiga bloguera, Cabopá. Una visita a su blog siempre nos dejará la retina llena de imágenes bellas. Publica unas estupendas fotos y yo me quedo atónita mirándolas. Dice que su cámara es buena, pero yo creo que la buena es ella, en todos los sentidos. Aparte el valor expresivo de la foto, para mí tiene un gran valor sentimental, pues vivimos durante cinco años muy cerca de ese faro que se ve al fondo, que no es otro que el de Cabo de Palos. Esos cinco años cruciales en la infancia de mis hijos transcurrió cerca de allí, y para ellos fue como un paraíso; en esas aguas se bañaron muchas veces y en esa arena jugaron a levantar castillos y hacer hoyos con agua. Muchas gracias, Carmen, por este espléndido regalo.

06 enero 2010

Los Reyes Magos



Los Reyes Magos están enterrados en la Catedral de Colonia. Yo he visto las tumbas, pero lo que haya dentro no lo sé. En realidad, no se sabe nada de ellos, sólo lo que dice Mateo en su Evangelio:

Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los días del Rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?
Mateo 2,1-2

Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.
 Mateo 2,11


Lo demás lo pone la leyenda y la Catedral de Colonia: que eran tres, que se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar, nombres sospechosamente medievales, que cada uno era de una raza, como representación de la gente del mundo... Y que son seres mágicos, que lo decía mi madre, para explicarnos cómo podía ser que les diera tiempo a poner tantos juguetes a todos los niños y niñas, conociéndolos a todos por su nombre y llevando cuenta en un enorme libro del comportamiento de cada criatura para dejar juguetes o carbón, según correspondiera. Sabiendo lo que sé, ahora mismo, digo que mi Rey ha sido, es y será, Melchor, porque es el más viejo y el menos exótico. Mi madre decía que le dejaba su café y sus mantecados y una copita de anís, porque era viejecico y estaría cansado de tanto viaje. Al día siguiente no quedaba ni rastro de café ni de anís ni de mantecados, así que eso lo confirmaba todo.





Un año me pusieron los Reyes un muñeco al que llamé Miguelito. Era un bebé de goma. Los Reyes lo habían vestido con los restos de tela que habían quedado del ajuar de mi último hermano nacido, con su jersey azul, su pañal, su camisita y su faja, como un bebé de verdad de los de entonces. Miguelito no tenía los ojos azules, como el de mi vecina, ni era rollizo; más bien se parecía a uno de mis hermanos, de ojos castaños y no tan gordo como los bebés de mi vecina, y creo que por eso lo eligieron los Reyes para mí. También se habían preocupado sus Majestades de Oriente de ponerlo en un moisés con faldetas de organdí, con su colchoncito y su almohada, sus pequeñas sábanas y una toquilla. Eran muy laboriosos los Reyes de entonces. Miguelito sobrevivió a todas las batallas infantiles durante muchos años.





Otro año me pusieron una cocinita de petróleo que podía encenderse de verdad, aunque nunca conseguí que mi madre me diera el combustible para hacerlo. En casa de mi abuela me pusieron los cacharritos, una campanita y un mortero diminuto de bronce. Todo esto me convirtió en una cocinera voluntariosa y en una madre de las del montón. La cocinita no era como ésta, que es la que han dejado los Reyes para Amaia.







Cuando dejé de creerme lo de los Reyes, ya estaba así de mayor.





Un día, mis hermanos encontraron por mi habitación, abandonado ya a su suerte, al pobre Miguelito. Decidieron que había muerto y le hicieron un solemne entierro. Yo no me enteré en el momento, porque estaba en otras cosas. Mi hermano Alejandro me contó luego que él había oficiado de cura y que lo habían enterrado detrás de un aparador en una caja de madera que en su momento contuvo fruta confitada. En la siguiente limpieza general, lo encontró mi madre, más amarillo que un limón en su cajita de madera. Yo ya no sabía dónde ponerlo, y no quise saber dónde lo puso mi madre finalmente. Desapareció de mi vida. Sic transit gloria mundi. Y todo lo que hay. Qué le vamos a hacer.

04 enero 2010

Píos deseos para empezar el año


 La catedral de Murcia iluminada en la Navidad

Píos deseos para empezar el año

Jaime Gil de Biedma

Pasada ya la cumbre de la vida,
justo del otro lado, yo contemplo
un paisaje no exento de belleza
en los días de sol, pero en invierno inhóspito.
Aquí sería dulce levantar la casa
que en otros climas no necesité,
aprendiendo a ser casto y a estar solo.
Un orden de vivir, es la sabiduría.
Y qué estremecimiento,
purificado, me recorrería
mientras que atiendo al mundo
de otro modo mejor, menos intenso,
y medito a las horas tranquilas de la noche,
cuando el tiempo convida a los estudios nobles,
el severo discurso de las ideologías
-o la advertencia de las constelaciones
en la bóveda azul...
Aunque el placer del pensamiento abstracto
es lo mismo que todos los placeres:
reino de juventud


Cada año nos hacemos propósitos al comienzo de un año nuevo. Pues yo este año no he pensado en eso, ni por asomo. Como ya hablaré de mi retiro espiritual de estas vacaciones, con que diga ahora mismo que a lo más que aspiro es a lo mismo que aspiraba Gil de Biedma, pues ya es bastante. Sólo que tendría que hacer algunas salvedades. La casa ya la levanté, mal que bien, en el campo de Ulea. A estar sola nunca me acostumbraría, pero más casta ya no puedo ser, más que nada por falta de tiempo para tener malos pensamientos y peores obras, así que esa parte me la ahorro. Todo lo demás, suscrito queda. Quiero seguir contemplando los paisajes de mi vida desde el otro lado, pasada la cumbre. Para mí, deseo el orden de la sabiduría, la meditación de la noche, esa mirada al mundo, mejor y menos intensa. También quiero para mí la ironía final del pensamiento abstracto, que, como casi todo, es placer juvenil; lo miraré con esa distancia risueña que él propuso. ¿Y qué más? Nada más. Lo de siempre. Que haya alegria y paz, y amistad, y un poco de consuelo para los golpes de la vida. Son mis píos deseos para comenzar este año. ¿Alguien puede pedir más?


20 diciembre 2009

Encuentro en Zocodover


De izquierda a derecha, Fernando y Amaia, Sandra, Fuensanta,

No hay mejor sitio en Toledo para quedar y no perderse que el Zocodover, que para eso es un zoco de ver. Muy cerca de allí, en una tienda de un especiero y librero del Alcaná, encuentra Cervantes la continuación de los Anales de la Mancha, en aljamía, para poder continuar el Quijote donde lo dejó en el capítulo anterior, con el Vizcaíno a punto de ser acometido por el Héroe. Así que el sitio también es ideal para encontrar a un bibliotecario, que no es un bibliotecario cualquiera, sino Eusebio, amigo ciber hasta ese momento, en su blog Una vuelta por la red. Yo estaba allí para pasar unos días disfrutando de Toledo con la familia, y él iba de vuelta para Madrid desde La Puebla de Montalbán -exacto, donde nació Fernando de Rojas- y pasaba a comprar mazapanes en la confitería de Santo Tomé. A pesar de muchos errores anteriores, lo conocí a la primera, sin dudarlo. Fue un placer encontrarnos. Como era tarde, no nos dio tiempo a tomar un café, pero al menos hablamos de tomárnoslo la próxima vez en Madrid, organizando un encuentro de blogueros. Cuando se arme, aviso, que eso va estar muy bien. Él y Sandra nos recomendaron que compráramos los mazapanes en esa confitería a cuya puerta estamos, y eso hicimos. Estaban exquisitos. Gracias, Eusebio. Un placer encontrarte en el mundo real, después de tantas charlas en el virtual.

Te dedico este poema que recoge Isabel Escudero en su Cancionero didáctico:

Iba la niña Rahel,
carita de mazapán,
por el Zoco de Toledo,
¡quién la pudiera comprar!
Así la miraba el moro,
ojillos de gavilán,
así la miraba el moro,
de lo oscuro del zaguán.
Iba la niña Rahel,
carita de mazapán,
iba a casa del rabino
que la  tiene que casar
con su primito Samuel
como manda la Misná,
que ni niña ni mujer
doce añitos cumple ya,
Mírala el señor Obispo
de la umbría catedral:
¡quién meneara campanas
por novia tan celestial!

Toledo, ya se sabe, es tierra de las tres culturas, como la mía.

Noches toledanas III: psicofonía y el Infante

Estábamos, como ya sabemos por todo lo anteriormente dicho, en una calleja empinada de Toledo, y el Caballero se disponía, ante la puerta de una noble casona, a poner ante nosotros lo más impresionante de su narración. Nos puso antes en antecedentes de diversos sucesos y fenómenos extraños que se dan en casas de Toledo, como apariciones, movimientos violentos de cuerpos, escuchas de gritos, susurros y voces, y no sólo en casas, sino también en hoteles. El miedo cundió entre todos los asistentes, más que el frío. "Bueno, si no estáis alojados en algún hotel de la Puerta de Bisagra, no hay problema". Me repasé el plano de Toledo en un momento, a ver dónde estaba nuestro hotel, pero como me repasé el que hizo el Greco, que era el único que recordaba, no pude decidir si esa noche tendría visitas inoportunas en la madrugada.


La foto la he pedido prestada en Artehistoria,
que es gente muy culta y generosa.


 Ya tranquila, más o menos, sigo las maniobras del Caballero, que nos  avisa gentilmente de lo que vamos a oír: unas voces de mujeres que gritan "Miguel, Miguel, cerdos, cerdos, fascistas, fascistas". Y eso es exactamente lo que oímos. El niño me pregunta: "Yaya, si cuando uno ve cosas raras, ve visiones, cuando oye cosas raras, ¿qué oye?". "Audiciones, hijo, audiciones", le contesto, pero no se queda muy convencido, porque en su colegio las audiciones son otra cosa. Mientras nosotros dilucidamos esta cuestión tan profunda, el Caballero nos aclara la psicofonía. Ellos se van con todos sus aparatos a una casa abandonada o no donde parece ser que ocurren cosas extrañas. Se aseguran de que nadie diga nada, y a una hora en que los ruidos externos sean los mínimos. Ponen la cinta y graban el silencio, pero luego, cuando la escuchan, se oyen voces de gente que no estaba allí, o mejor dicho, que posiblemente estaban allí pero en forma fantasmal o en otro tiempo, porque, nos aclara el Caballero, no siempre la gente está muerta cuando sale en una psicofonía. En este caso, y a la vista de, perdón, a la audición de aquellas palabras, investigan quién vivía en esa casa entre 1936 y 1939, por la palabra "fascistas", claro, que no hay que ser muy perspicaz para suponerlo. Todo coincide. Una familia de tres mujeres y un chico que se llamaba Miguel, el cual huye cuando entran los nacionales en Toledo, es capturado y fusilado in situ. Su mejor

amigo corre a decírselo a la familia y entonces es cuando las mujeres dicen esas cosas que se oyen en la psicofonía. Los Caballeros de la Orden de Toledo, investigadores infatigables, miran si están vivas estas mujeres, y lo están. Confirman los hechos y las palabras y se oyen a sí mismas con estupor, pero reconociendo sus voces. Esto sí que da un poco de repelús, pero lo superamos, porque somos gente ya curtida en los misterios.
Ya parece que se deshace todo el miedo que traíamos al principio, porque el Caballero ha resultado ser, aunque serio como un Greco, amable e inofensivo. Nos conduce por más callejones y vericuetos, en cada uno de los cuales nos explica alguna anécdota misteriosa sin demasiada importancia, y terminamos en la puerta de la mismísima Escuela de Traductores de Toledo. Ya no es lo que era, desde luego. Ahora la gerencia está a cargo de la Universidad, y con eso y con las hamburgueserías que hay por toda la ciudad, léase tiempos modernos, ha perdido mucho. Pero, bueno, nunca tuvo un local y ahora sí lo tiene; antes eran todos sabios y ahora son todos aprendices. Ahora no tienen conocimientos esotéricos y antes eran todos unos magos redomados.
Alli, en tan insigne lugar, nos cuenta el Caballero un cuento, uno que yo tengo por el más redondo y hermoso de toda la cuentística española, el de don Illán y el deán de Santiago del Infante don Juan Manuel.
Como es cuento que me sé de memoria, voy comprobando si el Caballero olvida algún detalle, y no, se lo sabe muy bien. Yo le ayudo un poco al final, cosa que él no esperaba, pues pregunta al público presente: "¿Y qué vio delante de sí el deán de Santiago?" Y yo digo: "La perdices". Me apunta con un dedo casi mágico y yo me quedo petrificada, por si me va a lanzar algún hechizo, pero no era eso, era para declarar que eso era exactamente lo que vio el deán.
La noche era más fría que nunca; la hora de los espectros se acercaba. El Caballero nos repartió unos marcapáginas muy bonitos en rojo y negro, en cuya cabecera figuraba este título: "El pozo y el péndulo". Hay una librería esotérica que así se llama, que han tomado el título de un cuento de Poe que se desarrolla en Toledo, en los calabozos de la Inquisición toledana. Quien se anime a leerlo, sabrá de verdad lo que es, no una, sino muchas noches toledanas. Y con esto y un somero agradecimiento, se despidió el Caballero de la Orden de Toledo. Nos dejó en la puerta de la Catedral sumidos en nuestros amedrantadores pensamientos.

"¿Te ha gustado, Marcelo?", le pregunté al niño de vuelta al hotel. "Sí", contestó. No dijo ni una palabra más. El niño es enjundioso. No sé si será por los genes navarros o por la adolescencia.



18 diciembre 2009

Noches toledanas II



Continúo, pues, con mi espeluznante relato toledano, para que nadie diga que se quedó sin saber el final. Nos quedamos en la entrada de la iglesia de San Miguel, después de escuchar horripilantes cuentos verídicos sobre apariciones de caballeros templarios. Olvidé contar antes que el caballero de negro nos hizo un examen previo de conocimientos sobre magia de varios colores, y visto que éramos unos ignorantes, pasó a comunicarnos que pertenecía a la Orden de los Caballeros de Toledo, lo cual no era ninguna novedad, que la única palabra que había que añadir a lo que yo ya sabía era Orden. De allí nos dirigimos a una visita que sólo estaba a unos pasos de la iglesia, a visitar unas cuevas no menos misteriosas que la parroquia que dejábamos atrás, no sin volver la cabeza varias veces por si nos seguía algún espectro. Doña Manolita o Doña Teresita o Doña lo que Fuerita tardó un poco en abrirnos la puerta, y cuando abrió le dijo al Caballero -ya lo pongo como propio- que había aún otro grupo dentro. Esperamos un poco más y cuando salieron aquellos desventurados, entramos nosotros a un bonito patio toledano con sus plantas en tiestos que era una alegría verlas. Y bajamos a las cuevas. Ya nos avisó el Caballero de que nos anduviéramos con ojo, que era leyenda que siempre salía uno de menos. El niño no se inquietó, el padre del niño tampoco, la gente tan tranquila, y yo pensando en estar bien localizada siempre conmigo misma -usted está aquí- para no quedarme.

Recorrimos las cuevas, que tienen la fama de horadar el Toledo subterráneo, y allí mismo nos contó el Caballero la leyenda del tesoro de Hércules, que era un refrito de paganos, moros y cristianos. Al niño, acostumbrado a los mangas, le gustó mucho. En esas cuevas hubo en su tiempo de todo: acusados de masones, tertulias literarias y hasta cabaret. Últimamente, lo ocupó un alfarero, y de ahí el cacharrerío en cajas de madera. Había un respiradero que el Caballero tachaba de punto mágico y energético donde los haya, que el que se ponía debajo se sentía electrizado, con la piel de gallina y eso. Era verdad, que los que se atrevieron a ponerse debajo estaban como erizados. Pero a lo mejor era el biruji que entraba por el respiradero. "No tenéis temor de Dios", pensé yo, "que si no os entra energía diabólica en el cuerpo, al menos os puede entrar un mal aire y coger cualquier plaga de las que corren por el mundo".


De ahí salimos aliviados con la cuenta hecha de los que habíamos entrado, estando todos los mismos sin falta. El Caballero nos llevó por callejas y vericuetos toledanos, a buscar la casa de una bruja que intervino en los amores de un caballero cristiano y una hermosa judía. La pena fue que el caballero  enamorado de la judía no supo con quién se jugaba los cuartos, y cuando se vino a dar cuenta resultó que le había vendido su alma al diablo sin saberlo; que lo tengo dicho, que hay que mirar la letra pequeña y no firmar cualquier cosa que nos pongan delante. Verdaderamente, esto es lo único que el diablo nos dejó ver de su persona, la placa de la calle que Toledo le dedica, que ya es mucho, porque no todas las ciudades tienen una calle para este interesante personaje.
Para el siguiente paso tuvo que explicarnos el Caballero de negro que ellos no eran guías turísticos, no, sino investigadores de lo misterioso, y que habían participado en montones de congresos y de jornadas,  y que sabían lo que no está escrito de fenómenos extraños. De eso sé yo también un poco, pero no me mandan a congresos, a lo mejor porque los fenómenos extraños que yo veo son de otro orden. Lo que nos contó era bastante extraño, es cierto. Una psicofonía. Nos la puso en el aparato que llevaba en el maletín. Se oía perfectamente la voz de una mujer y se entendía lo que decía. Estábamos a la puerta de una casona toledana de aspecto noble. La psicofonía quedó explicada, pero como esta entrada ya está siendo demasiado larga, a otra cosa, mariposa, que mañana a lo mejor me da tiempo de explicarla y acabar de una vez con el Caballero de la Orden de Toledo.





17 diciembre 2009

Noches toledanas I






La próxima vez que alguien me diga que ha pasado una noche toledana, le diré que el dicho puede ya ir dejándose caer en desuso, porque para mí una noche toledana ya es otra cosa. Que no cunda el pánico, porque no voy a contar nada de orgías nocturnas ni de desenfrenos a la luz de la luna en la ciudad imperial. Mayormente porque la compañía no daba para eso y porque a esas horas hacía un frío, este sí, toledano. Que no estaba el ambiente para mucho escote.
Tres orígenes se suponen para el dicharajo: o los mosquitos del Tajo, tamaños como ninfas, que a lo mejor era eso lo que veía Garcilaso, o la salida de mozas a buscar novio en la noche de San Juan, que armaban un poco de lío en la calle, me imagino; o quizás, y dice mi fuente de información que es la más fundamentada, por un hecho histórico del tiempo de los moros, una traición acaecida en el año 800 en que un walí pasó a cuchillo a una pandilla de nobles que tenía invitados en su casa por un quítame allá esas pajas, que era bonita costumbre de la época.
Indudablemente, mi noche toledana no tiene nada que ver ni con mosquitos ninfa, ni con los novios de San Juan, ni con traiciones, sino con esto (que suenen redobles y que todo el mundo se espante):




Procedo a contar la aventura. Llegamos al hotel y comienzan los trámites que hay que hacer para que te admitan como huésped. Yo me entretengo por allí con folletos, tarjetas y anuncios de los que hay en todos los hoteles para que los viajeros encuentren los peores restaurantes y los entretenimientos más idiotas de la ciudad. Entre ellos, al menos cuatro anuncios de paseos nocturnos por Toledo, referidos a sucesos mágicos que parecen muy propios de tan vetusta ciudad. El que más me llama la atención es uno bien negro, lleno de signos cabalísticos, que anuncia momias, apariciones, cuevas, brujas, y misterios de los más misteriosos. Los demás folletos son en vistosos colores fosforitos. Le pregunto al recepcionista si el más siniestro será apropiado para un niño de doce años y el hombre se trasmuda patéticamente y me dice que no, que son más apropiados los de vistosos colores, porque ese en negro es una secta satánica. Madre mía, qué susto. No me lo puedo creer. Pues justo a ese es al que llamo, a ver qué dicen. Me dicen que claro que puedo llevar a un niño, pero ya no sé si fiarme, porque a lo mejor al niño lo quieren para un sacrificio humano o algo así, después de haberle dado a la abuela alguna pócima soporífera. Nada, que yo, erre que erre, me arriesgo a caer en las garras del mismo satanás, junto con mi pobre Marcelo, que también se arriesga. Dice que no le da miedo, toma ya. Allá él. Su padre, que no parece tenerlas todas consigo, y que es buen mozo para defendernos, dice que se viene también. Tres posibles víctimas, tres, que se van para un pub irlandés, donde hemos quedado con los demoníacos guías de Toledo, los cuales, después de tomar nota de que estamos allí, vaya una precaución, digo yo, nos invitan a una cerveza. Los satánicos es que son así, te invitan a una cerveza normal en un pub irlandés para disimular y luego sacarte el saín. Me dicen además que el niño no paga por el paseo nocturno; qué mosqueo. Y empieza a llegar gente muy normal, posibles víctimas también, algunos con un carricoche con niño dentro, que hay padres un poco alocados que llevan niños de teta a paseos misteriosos por Toledo. Eso sí, los llevaban forrados de lana. Por el frío, no por los colmillos, aunque no sé yo.


Dos de las presuntas víctimas
tan campantes ellos, como si no 
pasara nada.


A las ocho en punto, nos recoge un caballero todo vestido de negro con cara de personaje del Greco, concretamente de uno de los que están mirando con estupor al Conde de Orgaz. Lleva un interesante abrigo negro y un maletín en la mano; ojos penetrantes y fina perilla. Qué estampa. Un servidor, seguro. Nos saluda muy misteriosamente y nos propone empezar la visita en el Corralillo de San Miguel. Ya empezamos con propuestas siniestras. Pues bajo estas vigas, junto a la iglesia de San Miguel, que es arcángel muy viajado y culto, nos cuenta el caballero unas historias de templarios y pilas bautismales sangrantes, y noches toledanas de las de verdad, con abundante cerveza del santo del mismo nombre, y apariciones de esos templarios de ultratumba, que ponen unos pocos pelos de punta, no todos, que  la totalidad queda para más adelante. Y el niño, que no ha pagado el paseo y que no sabemos con qué lo pagará, dice: "Yaya, eso es como el Monte de las Ánimas". Se refiere al de Bécquer, y le digo que sí, pero que no llame mucho la atención con pedanterías de niño sabio, no sea que en vez de sacarle el saín lo capten para la secta. Y no sigo, que es de noche y me está dando miedo. Mañana, con la luz del día, sigo contando, que yo soy como aquel personaje de Dostoievsky, que de noche creía en Dios y de día ya no.


09 diciembre 2009

Marcelo y el Greco

No lo anuncié como otras veces, por falta de tiempo, pero es el caso que parte de este largo puente lo he pasado en Toledo, en estrecha comunidad familiar, para entendernos, con un casi adolescente y una pequeñaja de cuatro años, que, cómo no, aparecía misteriosamente en todas las camas, en todas las sillas, por todas partes, siempre presente y mágica, como un duende o un ratoncillo, preguntando dónde estaba la cocina de la habitación, mientras el grandullón de su hermano se quejaba de ella, de Toledo, de sus warhammer abandonados, de sus deberes sin hacer, de todo, menos de la comida y del Greco, que parece que le gusta mucho. Y la prueba está aquí, en esta foto, en la que hace la intención de convertirse en uno de sus retratos, para lo cual le sobra un poco de redondez y de buen color en la cara.


Aquí se puede apreciar el enorme parecido con cualquier cuadro del Greco que ha logrado Marcelo, y, como es consciente de que le sobra un poco de buena vida para lograr la perfección, ha prometido no comer chuches, estudiar un poco más y salir a caminar para perder un poco de lustre y parecerse más a los personajes del ilustre inmigrante griego.
Los padres de este místico muchacho, lo mismo que los abuelos, soportando y disfrutando de la murga del adolescente y persiguiendo a la enana por doquier. Para demostrar su querencia al Greco, hizo unas cuantas fotos él solito de algunos detalles de la Asunción, los que más le impresionaban, a cuyo fin yo misma le presté mi cámara.
Estos fueron los motivos del cuadro que más le gustaron, me parece, porque no hizo ningún comentario al respecto, sólo los fotografió. 





Luego descubrió que el Greco era un inmigrante y que se alquiló -o compró- su casa en un barrio no muy céntrico, en la Judería, donde ya no quedaban judíos porque habían hecho la gracia de echarlos, y esos eran españoles, pero los convirtieron en inmigrantes en el Norte de África y en el Este de Europa, para desgracia suya y vergüenza nuestra. Era el Greco, sin embargo, un inmigrante legal, porque en la época no se hacían distingos, y mira por dónde, por no ponernos pesados con esas cosas, nos encontramos con el Greco y con un tesoro pictórico exquisito para toda nuestra historia posterior. Aunque al fondo de ese callejón está la casa del pintor, no la pudimos ver, porque la tienen en obras, pero nos paseamos por los alerededores.

También hicimos otro descubrimiento importante: que el San Esteban del Entierro del Conde de Orgaz se parecía a él, pero algo mayor y, otra vez, con menos carnes.  El colorcillo de las mejillas sí coincide. Pues algo que tenemos ganados en la carrera de grequización, si es que esa palabra existe, y si no, pues nada, me la acabo de inventar.

Y pensar que de cría a mí me daba miedo la pintura del Greco, y más tarde en mi juventud pensaba que no me gustaba nada, que era algo así como incompatible con las Meninas. Apenas hace unos años empezó a gustarme, a maravillarme, a dejarme suspensa y sin palabras, como adentrándome en otro mundo desconocido. Marcelo me lleva una gran ventaja en esto, porque a él ya le parece de lo más grande.


Mientras tanto, Amaia, la duende, aprovechaba cualquier servilleta de bar, cualquier papelucho que había a mano para dibujar, uno, la casa y la yaya, dos, la casa y las flores, tres, un monstruo, cuatro, una composición abstracta sobre fondo rojo, y cinco, la casa y Marcelo. El sol, siempre presente. Mira que si luego es una greca... porque las casas son algo larguiruchas, la verdad.


04 diciembre 2009

Cambios históricos, y tanto

Dave Newaza, que es bloguero de pocas palabras, enlazó el siguiente perfil de Facebook:


Para unas risas en el puente kilométrico.

19 noviembre 2009

El metro de Mluz



Por lo general, cuando se va a Correos ya se sabe por lo que se va. Así y todo, siempre hay una emoción, una ilusión infantil, cuando el aviso amarillo dice que se trata de un paquete. Se espera un regalo que viene de lejos, o algo maravilloso que has comprado, o un mensaje de un amigo en forma de libro o de imágenes. Con todas esas esperanzas me he acercado yo esta tarde a la oficina que hay detrás de mi casa, calle Simón García, de empleados estúpidamente correctos. Me ha preguntado el empleado de turno si era grande o pequeño el paquete. Y yo qué sabia, si era una sorpresa. Debo de haber puesto cara de niña, porque se ha vuelto impasible hacia su armario de pared y se ha puesto a buscar entre cinco o seis paquetes más o menos del mismo tamaño. Era pequeño, finico, pero sólido, muy bien empaquetado, y yo sabía lo que contenía, aproximadamente: unos ejemplares del libro que ha publicado Mluz Flores, la bloguerade Cuentos de Bolsillo. He salido de la oficina, disimulando mi ansia de abrir el paquete, pero no he podido esperar: lo he abierto en la calle. Más de lo que yo esperaba, porque contenía además unos puntos de lectura preciosos y una nota encantadora de Mluz, a la que ya contesto: me gusta mucho, me encanta, es una joyita del dibujo, y de la observación humana. En este barrio tenemos gente así de creativa, de buena, de artista.
Explico de qué va el libro, por si alguien se interesa. Se ve que Mluz viaja en una línea determinada de metro con frecuencia, yo diría que a diario, y en su camino, en vez de pensar en las musarañas, que es lo propio, ella se pone a observar a la gente, y no sé si luego o en el momento, dibuja lo que ha observado, con tal maestría, gracia y ternura por las personas que le salen unos dibujos del alma, más que de la pluma. Conocí el blog de Mluz por Ernesto -gracias, amigo Ernesto- y nunca terminaré de agradecérselo. Por varias cosas, por los dibujos, que son siempre un estímulo para mí y me producen una gran admiración, y por la misma persona de Mluz, a la que no conozco personalmente, pero que adivino encantadora, humana, amable.

Como su email está en su blog y ahí está el enlace, quien quiera disfrutar de un pequeño libro, con los deliciosos dibujos y sus breves pero enjundiosos comentarios, que se ponga en contacto con ella o lo pida en su librería, que lo ha publicado la editorial Blur Ediciones S.L. y no será difícil de encontrar.


13 noviembre 2009

Qué semana


Hoy es viernes, lo cual para nadie es una novedad. Todas las semanas, al final, tenemos un viernes para empezar el fin de semana y terminarla con mejor o peor fortuna. Dentro de un par de horas desaparezco, sin echarme polvos de la madre Celestina ni nada, por mi propio pie, o sea, por las cuatro propias ruedas de mi coche-furgón, rumbo al campo, con dos abuelos, él y yo, y dos niños, él y ella, dentro. Fin de semana familiar, haciendo de canguros de nuestras dos joyas.
Pero antes de irme, hago un repaso a la semana, que no ha sido muy diferente a otras, y sin embargo, he tenido más conciencia de la cantidad de medicación que me habrían dado de niña si hubiera nacido en estos tiempos, por hiperactiva.

Para empezar, he hecho Tai Chi dos tardes, en el gimnasio, con el maestro Won. Este es el tercer año que practico tan sabio ejercicio oriental, al que se llama "meditación en movimiento", pero que quizás tiene más que ver con hartar de tortas al personal adverso que con la meditación, sólo que visiblemente suavizado, estilizado y refinado. Ya controlo bien la secuencia de diez movimientos (es lo más fácil), hago con cierta fluidez la de veinticuatro, y me peleo con la de cuarenta y ocho. Estoy contenta, porque a este ritmo, a los ochenta años, si llego, seré una estupenda practicante de tai chi chuan (de la chen ya ni hablo), pero no me quejo, que todo aprendizaje oriental es lento.

La tarde del lunes la dediqué a ponerles a mis alumnos de Artes Escénicas una película ilustrativa de la Ópera de Pekín, "Adiós a mi concubina". De cinco a ocho, fuera de horario escolar. Vinieron sólo media docena, pero hay que ver lo que les gustó, contra lo que yo esperaba. A todo el mundo no le gusta esta película, pero a mí siempre me ha gustado, y eso que dura casi tres horas de gorgoritos en chino. Aparte bromas, la película es muy recomendable, pues a través de la historia de unos artistas de la Ópera se va observando la historia reciente y determinante de China. Dura, emotiva y muy estética. Para no dejar el continente asiático y seguir viendo cine, en la noche de no me acuerdo qué día, va mi Cinéfilo y pone "La ducha", de la misma nacionalidad, pero de estilo completamente distinto. Aprovechando que puedo hacer dos cosas a la vez, empiezo a hacerme un bolso de ganchillo con una lana que me sobró de no sé qué labor.
Y a todo esto, termino de leer una amena historia del Teatro, de cuyo primer capítulo sacó un resumen para ofrecerlo a mis alumnos, como parte de la Unidad Didáctica II. También programo las sesiones prácticas, pongo las notas de la Unidad Didáctica I, resuelvo el comentario de texto del examen y la cita comentada, y con el último aliento que me queda corrijo unos cuantos trabajos sobre Teatro Noh, Kabuki, Budismo Zen y Tantrismo, todo ello aplicado al teatro. No salgo de Asia. Menos mal que el texto que preparo sobre historia del Teatro es sobre Grecia y Roma. A propósito de eso, me voy a la librería Encuentros, que está en el corazón libre de mi barrio, y encargo a Puri que me traiga un montón de libros sobre Artes Escénicas. Como ella es diligente, va y me los trae, y hoy paso a recogerlos. Qué susto, me los tengo que leer todos.
El miércoles voy a ver a mi madre. Por suerte, ella es tranquila y mi trabajo consiste sólo en ver el Pasapalabra y criticar a mis hermanos un poco. Cuando yo no voy, con otro hermano y/o hermana, me critican a mí. Es ya un clásico familiar.
Visito blogs amigos, dejo comentarios, todos los que me da tiempo y me provocan. A la izquierda está el rollo de blogs, tonto el último. Sólo hay que ir pinchando en donde haya un título chulo y, hala, de visita por el ciberespacio. De paso, me acuerdo de "El secreto de sus ojos" de Campanella, le hago un resumen de mi impresión, procurando no desvelar el final ni lo esencial del desarrollo. Me encantó esta película. Hago siete entradas seguidas en el blog de Artes Escénicas, para mis alumnos y para quien quiera ver lo que estoy haciendo. Contesto a una locatis que está muy enfadada porque los licenciados en Arte Dramático no pueden ser profesores de esta asignatura. Paciencia, todo llegará, pero para entonces, ésta que lo es habrá dejado el trabajo muy primorosamente terminado.

Adapto en un par de horas un cuento de Jardiel Poncela, "Una imaginación desbordante", para el grupo de teatro de profesores. Voy al ensayo, organizo improvisaciones, actuamos, nos reímos, planeamos puesta en escena. Ya está casi todo organizado, al menos en mente, la estética del espectáculo, los papeles, etc. Le doy la lata al director para que nos ponga focos en el escenario. Que sí, que no, que te quiero mucho, pero ahora no puedo. Bueno. Lecturas compartidas, con tablón nuevo y vistoso para poner los carteles. El de esta semana lo hago dos veces, porque el lector ha cambiado de opinión respecto a su lectura.


Una noche, que ya no sé cuál, me voy a un recital poético, porque lee sus poemas un amigo y además bloguero: Rafa, fisioterapeuta de mi centro, y además estupendo poeta. Además, leerá Soren Peñalver, consagrado, consagrado por los dioses de la poesía, amigo muy querido. Un lujazo. Me regalan las dueñas del bar Andestán, (Rafa me dijo que se llamaba Understand, y no veas para encontrarlo) como a todos los concurrentes, un rollito de papel, entre pétalos de rosa, con un fragmento de Ángel González. El destino sabe que es uno de mis preferidos. El fragmento dice así:

¿A qué llorar por el caído
fruto,
por el fracaso
de ese deseo hondo,
compacto como un grano de simiente?

Parece que me han adivinado el pensamiento. Allí estaba tambień, de hecho habíamos quedado, Eme, mi joven amiga bloguera.

Disfrutamos un montón de la poesía y de la amistad. Y de unas cuantas cervezas.

Y luego, a leer el periodico. Hace tiempo que ya no compramos El País. Nos hartó. Ni por sentimentalismo. Nos pasamos a Público, pero hete aquí que nos desaparece uno de nuestros preferidos, Rafael Reig, por dar demasiado la lata, dicen. Yo digo que porque no se casaba con nadie y ponía los puntos sobre las íes en un trabajo de periodismo pedagógico. Mi Cinéfilo dice que ya no lo compra más. ¿Entonces qué, nos pasamos al ABC? Qué disparate. Que lo compre yo si quiero. Bueno, al final lo compra quien antes llega al kiosco. También me entero de lo del Muro, pero, como dicen otros blogueros, para muros los que hay levantados piedra a piedra, en las fronteras de la UE, en Gaza, en la frontera de los EEUU con México, y otros muros invisibles pero igualmente efectivos, el del hambre, el de la injsuticia, el de la guerra. No sale muy bien leer periódicos; por un euro te dan el día. Pero yo sigo leyendo, indignada. Así vamos.
Seguro que se me escapan cosas de esta semana. Cocinar, recoger, lavadora, esas cosas domésticas tan bonitas, y menos mal que María me ayuda.
Hoy, esta mañana, un descanso. Un café con Encarna en la Placica, tan tranquilas. Siempre tiene que haber un remanso. La tengo últimamente abandonada de recomendaciones de libros. La semana que viene será. A ver si a la próxima le saco más provecho.