Novelas, cuentos, poemas, ensayos y divulgación, todo esto es lo que la gente lee, cuando tiene esa afición. Al final, podríamos resumirlo diciendo que la gente se distrae, reflexiona y aprende con la narrativa, se emociona y reflexiona con la poesía, y se informa y aprende con el ensayo. Si hay más cosas que se pueden obtener con cada género de los nombrados, que se vayan añadiendo. En total, disfrutamos las personas que somos lectores, más o menos voraces, con lo escrito. Sin embargo, es rarísimo que alguien te diga que lee teatro con cierta frecuencia; a continuación empiezas a sospechar que pertenece a ese extraño mundo, que actúa, dirige o escribe dramas. No suele leerse teatro si no se está en esa fregada. Además, los libros que contienen una obra dramática no son libros, son casi libricos de papel de fumar, casi folletos, casi nada. Se pierden en las bibliotecas. A no ser que su autor haya alcanzado un gran renombre, con lo cual al cabo del tiempo se publican las obras completas. Y en esto también los que escriben teatro son diferentes: su obra parece efímera, liviana, aparece y desaparece rápidamente con pocos lectores. Con suerte habrá tenido espectadores y oyentes. Para que un autor dramático tenga muchos lectores tiene que pasar mucho tiempo y considerarse que ha traspasado las fronteras del guión y llegado a las puertas gloriosas de la literatura. Es justo lo contrario que el novelista. Puede tener muchos lectores de golpe y luego ser olvidado; una novela es ya considerada de antemano literatura. Un poeta es más constante, pero su difusión es selectiva y limitada, con la ventaja también de ser considerado literatura en el mismo momento. Al dramaturgo le cuesta mucho más. Se lee a Shakespeare por el común de los mortales que saben leer y tienen afición, pero no todos lo hacen; el siglo de Oro español tiene lectores, pero tampoco para hacer un club. No digo nada de los dramaturgos del siglo XIX o incluso de los del XX.Ya los leerá alguien a finales del siglo XXI.
En principio el teatro, la literatura dramática, no pasa de ser un guión para otra construcción artística que puede realizarse o no en un acto teatral. El autor pondrá toda su imaginación a trabajar y su proceso de visualización imaginativa quedará reducido a una cosa breve, que puede ser bonita también, que se llaman acotaciones. Todo lo demás es diálogo. Sin más. A poca gente le gusta leer con tan poca carne, con tan poca guía, con tan poca referencia. Yo, que estoy y no estoy en el mundo extraño del teatro, defiendo la lectura de textos dramáticos. Explico cómo se debe hacer, según yo creo y lo hago.
Imaginad que vivís en una casa cuyas paredes son muy finas, o que os habéis colado en un jardín sin que nadie lo sepa, o cualquier otra circunstancia en la que podáis oír lo que habla una gente a la que no veis. Por las voces sabéis si son hombres o mujeres, si tienen esta u otra edad. Por lo que dicen conocéis su situación y sus relaciones. Seguís día a día sus palabras y sus silencios, y de todo ello deducís una historia completa y sois capaces hasta de ponerles rostro y mirada, de imaginar sus muebles y los objetos que manejan, de afinar en el conocimiento de sus pasiones. Eso es leer teatro. Simplemente palabras escuchadas en otra habitación. Además, con un poco de imaginación y gusto, cualquier lector de teatro se convierte en el mejor director de escena. Si quien lo ha escrito es literato, si sabe construir y modular los diálogos, se puede disfrutar mucho de la lectura. Es una recomendación. Más allá de Shakespeare y Calderón.










