01 diciembre 2016

Parece que fue ayer

"Oídme, practicantes del Dharma, la vida y la muerte es el asunto esencial. El tiempo pasa rápido como una flecha. A vosotros, que buscáis la Vía, humildemente os digo: tomad conciencia del momento presente".





Es tópico que al recordar un evento de cualquier tipo, sobre todo si fue feliz, alguien diga: "Parece que fue ayer".Y realmente fue ayer, cuando tenemos una concepción amplia del tiempo. Todo es un presente continuado. El pasado es memoria, el futuro sólo imaginación. Cualquier suceso es ahora mismo, ya, en este momento. 
Hace cinco años dejé de escribir con asiduidad en este blog, un cuaderno de halago al ego, pero también un modo de expresión personal y de comunicación con otros seres afines por algún misterioso motivo que desconocemos. Y ahora vuelvo, con otra calma, con el único deseo de comunicar y de expresar. No a todos los amigos les gustará por igual, pero los verdaderos amigos lo comprenderán todo, y quizás incluso perdonarán los excesos o los comedimientos. los rechazos inevitables y las recomendaciones entusiastas. Cada persona es lo que es, pero si es consciente de lo que es, su vida se vuelve mucho más llevadera y su relación con el mundo más ecuánime y compasiva.
Cinco años y parece que fue ayer, pero de ayer a hoy han pasado muchas cosas. Cosas poco importantes, pero entrañables. Anécdotas en una vida pequeña, pero que ya se extiende por algo más de seis décadas. Algunos sucesos son hitos relevantes para esa pequeña vida, otros son simplemente el discurrir de los días, uno igual a otro y todos diferentes. Tengo como lema personal aquella frase de un maestro zen que exclamó: "¡Qué maravilla! Corto leña y acarreo agua!"
Voy a tratar de contarlo, poco a poco, para no cansar ni cansarme. A quien quiera leer. A quien quiera reír o enternecerse. Vamos allá. 


08 noviembre 2016

El comisario Soto

Buena cosecha de novelas negras por estas tierras del Sureste… un momento, ya me dijo el autor que ésta no era exactamente una novela negra, sino que él la llamaría más bien costumbrista, y que el editor (ediciones Raspabook), por el título le había puesto esa portada tan sugerente, pero que en realidad no se correspondía de un modo total con el argumento.
O sea, que no hablamos de la clásica novela negra, incluso diría que es una novela negra al revés. Yo la llamaría novela social con tintes melancólicos, y aunque al principio no tiene de negra más que el hecho de ser el protagonista un comisario, y ya no en activo, poco a poco se va poniendo negra hasta terminar negrísima. Y no digo más que no quiero anticipar finales de tramas y argumentos.
He disfrutado leyendo El comisario Soto porque me ha llevado a ambientes y espacios muy bien retratados y porque tiene una lectura muy agradable, fluida y sin altibajos. También por las razones que voy a explicar.
En primer lugar, porque el personaje central es una buena persona rodeada de personas banales, egoístas y hasta con puntas de maldad. Se puede adivinar el cansancio, el hastío, la contención ante lo estúpido y casi inhumano, cómo ese hombre resiste en un mundo de vidas vacías.  El comisario Soto es un hombre atormentado en su interior e impertérrito aparentemente.  Tras su recia presencia silenciosa, hay todo un mundo de turbiedades y de claridades -como cualquier ser humano inteligente-, un hombre dedicado a sus negocios con un pasado de policía que le permite conocer la miseria de los bajos fondos de la ciudad y que por su matrimonio y situación conoce la vacuidad de la alta burguesía. En medio de su vacío, encuentra el único refugio en el resultado de una noble acción antigua. Este asunto, con el que arranca la novela, nos habla de la esperanza, de la redención, de la importancia de una decisión a tiempo para salvar a alguien de un destino en que la miseria no hace sino cavar cada vez más hondo el pozo de la miseria. Pero lo cierto es que, junto a una melancolía muy acentuada, siempre estamos percibiendo algo oscuro, una masa de presagios que no podemos identificar. Esperamos y no nada bueno.
Mariano Sanz Navarro
Me ha gustado también mucho recorrer con él las calles de Barcelona, de esa Barcelona de posguerra que es también el espacio de un escritor muy de mi gusto, Juan Marsé. La fidelidad con que la ciudad se convierte en el receptáculo de vidas y pasiones es realmente asombrosa tanto en nuestro paisano, Mariano Sanz, como en el escritor catalán. Y esto de lo local y el espacio preciso es algo que yo siempre agradezco mucho. Barcelona está incluso en su historia como ciudad. Un gran acierto y una extraordinaria habilidad para dar vida a esa ciudad en un tiempo determinado.
Por último, aunque en la biblioteca de mi padre había bastantes obras de Mariano Sanz, yo sólo había leído de él algunos artículos de su blog y cuentos publicados en internet. Ha sido un placer leer una obra extensa y disfrutarla tanto.



29 octubre 2016

La chica olvidada, de Francisco Segura



Lo local es el marco en el que se encuadra lo universal en la novela negra. Creo que esto ya lo dije, ¿verdad? Bueno, es que estoy mayor y me repito un poco, y más cuando no sabes cómo empezar. Aparte de una torpeza para los comienzos que puede ser algo congénito en mí, es que cuando hay tanto que decir, una empieza a decirse que si por este tema que si por el otro, y no se sabe por dónde tirar. Pues directamente. ¿Alguien en la sala ha leído ya La chica olvidada de Francisco Segura? Los que la hayan leído que no estorben. Los que no, atentos. Si os gusta la novela negra y os gusta su localismo, tenéis que leerla. Os sentáis cómodamente, porque no la podréis dejar, y os armáis de valor y ecuanimidad, porque es fuerte. Si sois de Cartagena, ya mismo, que si este alcalde se lleva Cartagena, con todo su teatro romano, su marinería y su puerto, a Almería, ya va a tener menos gracia la cosa.
Muertes horribles y misteriosas de unas jóvenes en los años ochenta son investigadas por el comisario Campillo, que inicia así la narración de sus andanzas en una saga que promete mucho. Esta investigación lo remite a sus años juveniles, a finales de los años cincuenta, a su pandilla, a sus amigos de entonces y a los escenarios de sus escapes y atrevimientos adolescentes. Por tanto, lo local se vuelve también temporal, puesto que a través de sus recuerdos y de su investigación, conocemos la ciudad de Cartagena, en dos tiempos distintos, y además la ciudad querida del autor. Diacronía y sincronía, espacios en el momento narrativo y en un tiempo lejano traído al recuerdo. Este juego de tiempos y espacios constituye además la solución del caso. Y una solución que se ajusta a lo que suele pasar en la realidad, que no hay un desvelamiento inmediato del culpable, sino un lento proceso de acumulación de pruebas que puede llevar años desarrollándose en una comisaria, gracias a la perseverancia de un buen comisario. Al final, hay justicia, tranquilos. Pero es una amarga justicia, porque el mal está hecho y los crímenes no son precisamente de salón y mayordomo, ni siquiera de mafiosos y hampa que se matan entre ellos y aquí no pasa nada. Digamos que además de negra es costumbrista. Esto tiene la novela negra, que no puedes hablar mucho porque puedes descubrir más de lo que se debe para preservar la intriga de quien la lea.
El autor, Francisco Segura, es un novelista tradío, pero es un novelista nato. Un narrador que parece soltar sus historias y sus personajes como un torrente. Esa es la impresión que se tiene, aunque lógicamente no puede ser así, dado que la estructura novelesca es compleja y está muy bien dosificada y organizada. De estilo seco y natural, como debe ser en estos casos, de diálogos rápidos y coloquiales, la novela corre por delante del lector, el cual la va persiguiendo sin poder dejarla.
Leedla, que nunca podréis olvidarla. La chica olvidada ya no lo es, va a quedar en la memoria de todos los que lean esta novela.

27 octubre 2016

Novela negra, así en general


 Esta enjundiosa fotografía llamada "equipo de novela negra" está tomada en préstamo de la página http://www.libreriale.es/especial/imprescindibles-de-la-novela-negra/27/, donde se pueden ver y comprar imprescindibles del género

No me apura confesar que soy lectora ávida de novela negra, policiaca, de intriga, o como queramos llamarla. Desde niña, además, pues mis principios fueron una pila veraniega de novelas de la señora Christie que se presentó ante mí sobre el comienzo de la adolescencia. Harry Stephen Keeler fue el siguiente, los curiosos e inteligentes casos del padre Brown, Sherlock Holmes y lo que Poe ofreció en este sentido, que fue importante y sustancioso. Como se ve, un buen batiburrillo, pero así leen las adolescentes.
Se suele considerar un género menor, o sencillamente un género, algo especial, un poco degradado, de consumo popular y ligero. Yo diría que son novelas de hamaca, es decir, de verano y despreocupación. Entretenidas y absorbentes. ¿Quién ha matado a quién? ¿Por qué? Ni el lector ni el inevitable investigador, sea Poirot, Maigret o Holmes, sabe contestar a estas preguntas al principio. Hay un ser superior que lo sabe, naturalmente el autor, porque a veces ni siquiera lo sabe el narrador, si la novela es en primera persona. Y muy hábilmente, a través de las pesquisas, deducciones e intuiciones del investigador, nos va llegando información. Hasta el desvelamiento final. Oh, qué descanso, éste mató a éste de este modo (el modo ya se sabe y la ciencia forense termina de explicarlo) y por estas razones, y ahora tendrá su justo castigo, una vez acabada la novela. Lo que me hace pensar que todo escritor de novela negra es un amante de la justicia. Al menos en las novelas todos los casos se resuelven, cuando la realidad policiaca es muy otra, y quizás la mayoría de los crímenes quedan impunes, sumidos en la oscuridad de un sumario, nunca aclarados o incluso nunca descubiertos. Por eso, cuando dicen que en este mundo no hay justicia, o sólo de vez en cuando, una se consuela pensando que en las novelas negras sí, siempre.
Pero quiero aventurar que el escritor o escritora de novela policíaca, que siempre estará de parte de la victima y de los justicieros sin asomo de duda, no deja de ser alguien que reconoce en lo más profundo al asesino que lleva dentro. Si es capaz de planificar un crimen en la ficción, y además su particular crimen, es que sabe hacerlo, se lo ha imaginado, aunque sea de un modo poco consciente. Busca investigar su propio crimen y espera ser descubierto y castigado. Sólo que el que lo va a descubrir va a ser él mismo. Los lectores, que también llevan su pequeño asesino dentro, también en lo más profundo, son simples testigos de su indagación, y a su vez desean justicia y verdad.

La novela negra moderna, sobre todo gracias a Vázquez Montalbán, tiene una particularidad muy suya: un fuerte anclaje en lo local. Los americanos ya lo hacían, pero creo que en España el primer escritor en cantar su ciudad, su tierra, sus gentes y sus asesinos, fue Vázquez Montalbán. Si me equivoco, que los sabios me corrijan.
Ese anclaje en lo local a mí me gusta mucho. Es realismo del bueno. Si una calle está en tal sitio y se llama así, en la novela aparece tal cual. Si hay un bar en esa esquina, va directo tal como es a la novela.
El crimen es universal, desde luego, pues asesinato, robo, violación, estafa, no es algo privativo de un pais o de un paisanaje. La diferencia es que cada grupo humano lo hace y lo interpreta a su manera, movido por las mismas pasiones que cualquier otro grupo humano, pero a su modo. De la misma manera que los investigadores siguen diferentes caminos y pautas según de dónde sean. No es lo mismo Hércules Poirot, con su cosmopolitismo de alta burguesía, que el comisario Montalvano, un siciliano de a pie, loco por la pasta (italiana, no la otra), las mujeres y el buen pescado. Podríamos seguir las comparaciones, pero cada cual que se las componga, que si no esto se hace largo. Para resumir, no es lo mismo matar en España que en Francia, ni es lo mismo matar en una gran urbe que en una pequeña ciudad de provincias. Ni tampoco los asesinos son los mismos, ni los comisarios e investigadores. La señorita Marple sólo puede ser una señora madura inglesa, Brunetti sólo puede ser un plácido veneciano, y sus métodos son diferentes, siendo universal su deseo de justicia y el delito que investigan.
Entonces, y para concretar, una buena novela policíaca, hoy llamada negra, tiene que tener unos cuantos elementos para servir a sus fines de hamaca y entretenimiento: una buena trama sustentada en la ignorancia de un personaje central, el que investiga, ignorancia compartida con el lector, que irá compartiendo también el progresivo conocimiento, elementos que deben estar sabiamente dosificados; unos personajes creíbles y concretos en diferentes planos de presentación; un lugar real en el que todos se mueven, fielmente descrito; una prosa limpia y poco decorativa, yo diría que casi seca, con diálogos dinámicos y significativos, pegados al habla cotidiana. O sea, casi todo lo que debería tener una novela cualquiera. Si además hay fondo, sabiduría y humanidad, no habría diferencia alguna con las novelas de otros colores o con las incoloras, excepto que habría un muerto para empezar y justicia para terminar. Ese principio y ese final es lo que constituye el género. Y para mí, son, como la novela picaresca en su momento, un reflejo de la situación social y de los asuntos que preocupan a la gente. No es poco.

10 febrero 2013

Reencuentros en Ceuta: Abdelhila


Mal tiempo, buen tiempo. Mal tiempo meteorológico: doña Ciclogénesis sigue haciendo de las suyas y en Ceuta es como si estuviera en su casa. Viento, lluvia, frío. Mi hermana se encuentra su terraza, tan bonita para cenas en primavera, hecha un solar, con las sillas volcadas, las macetas medio secas y tiradas, el cañizo caído. Ha estado mi hermana dos meses fuera de su casa por motivos de salud. Pero todo tiene arreglo. Ella es muy diligente.

Esta culebrina de Tierra es Ceuta. 
Una foto de hace veinte años, tomada desde el coche. 
Si se mira bien, hay un fantasma. Ceuta es misteriosa.


El mal tiempo nos recluye en casa. No es una desgracia, porque estamos bien allí, charlamos, cocinamos, leemos, vemos programas idiotas en la tele, que nos dan mucha risa. Nos encanta esta nueva faceta nuestra de ser muy caseros estando de viaje. 
 
Buen tiempo. Humano, magnífico. Tiempo de reencuentros, de renovar historias, de continuar otras dejadas en suspenso. En cierto modo, en un reencuentro con la ciudad, lo primero es el reencuentro con las personas, centro y motivo de toda ciudad. 
 
Para comenzar, Abdelhila. Fue alumno mío en el bachillerato nocturno del instituto Abyla, y de alumno pasó a ser amigo nuestro; estudiaba segundo de bachiller de noche y conducía un taxi por los diecinueve kilómetros cuadrados de Ceuta; o sea, le daba para muchas vueltas y revueltas, y también la ocasión de conocer a fondo la fauna, e incluso la flora, que circulaba por aquellas calles, callejas y entresijos de la ciudad, lo cual no lo había hecho peor persona ni le había pervertido el carácter, sino todo lo contrario, pues su natural era, y sigue siendo cabal, bondadoso y jovial. Era el hombre tranquilo. Su aspecto correspondía más a un enjuto joven inglés que a un musulmán de Ceuta. De hecho, en un viaje ya con tintes épicos en el recuerdo que hicimos con él al Rif, no le permitían entrar a las mezquitas, recelando que no era musulmán, sino un guiri curioso; a ello contribuía también su acento ceutí al hablar el árabe. A él le divertía mucho, porque su familia era de origen rifeño, y quizás por eso tenía el cabello rubio y la piel clara.
 Abdelhila, Fernando y Helena en Alhucemas. Viaje épico por el Rif.
 
 A su tío, agricultor en la zona de Ketama, le llamaban en el pueblo “el Alemán”. A la aldea del Alemán descendimos, con nuestra furgoneta de entonces, por una carretera trazada a tornillo en la montaña, con cientos de círculos al borde de un precipicio. Tanto miedo pasamos al bajar como al subir, pero en el fondo de aquellos círculos infernales nos acogieron como a viajeros griegos, con la vieja hospitalidad destinada a los dioses encubiertos. Abdelhila nos contó algunas curiosas anécdotas de aquella “tribu africana”, como él les llamaba. Por ejemplo, que pasó allí unas vacaciones con su tío y el primer día decidió correr un poco por allí; se puso sus pantalones de deporte y sus zapatillas y salió a la puerta. Vio que todas las mujeres se reían por lo bajini y se tapaban la cara con el mandil, entre divertidas y escandalizadas. Su tío que lo vio se le acercó y le dijo en un susurro: “Entra a la casa y ponte unos pantalones largos”. Así lo hizo y corrió un rato, pero las mujeres seguían riéndose cuando regresó. 

 Abdelhila con nuestro nieto Marcelo a los cuatro meses. 
El feliz abuelo -qué joven está- los contempla encantado.
 
Abdelhila sigue siendo ahora la persona noble que era. Sigue siendo taxista, tras algunas vicisitudes laborales, y sigue estudiando; estudia ahora segundo de Derecho, lento pero constante, porque se casó, después de muchos vaivenes y problemas, con Meriem, la mujer a la que quería, que es la hija de un imán, la hija del Cura, que dicen en Ceuta. Allí se usan estos sincretismos. Tiene cuatro hijos, tres hijas preciosas, y un niño no menos precioso, todos guapos y finos, muy bien educados y respetuosos; los hay rubios como el padre y otros morenos como la madre, en equitativo reparto. La mayor, Innes, estudia guitarra en el Conservatorio, y sin ninguna timidez ni remilgo nos ofreció una pieza popular que estaba estudiando. Nos miraban las niñas y el niño con curiosidad y admiración, como si su padre les hubiera hablado mucho y bien de nosotros. Meriem seguía tan guapa como siempre, con sus ojos negros rasgados, y nos concedió un gran placer en la merienda que había preparado para nosotros: el gaief casero y tradicional, una torta hojaldrada de harina y aceite que se cuece al fuego vivo, deliciosa. Se toma con miel, con requesón o con mantequilla y mermelada, como una tostada o un crepe. No hay mujer marroquí que se precie que no sepa amasar y cocer el gaief.
Mucha alegría, mucho júbilo en el reencuentro, y el propósito de no olvidarnos, de estar en contacto en adelante. Por supuesto, de no dejar pasar tanto tiempo sin volver por allí.

31 enero 2013

Doña Ciclogénesis

Nuestro viaje a Ceuta cumplió las expectativas que cualquier viaje produce de convertirse en una aventura; grande o pequeña, eso es lo mismo. En nuestro caso, pequeña, a la medida de nuestras posibilidades. Fue por culpa de la ya célebre -tuvo sus pocos días de gloria mediática- CICLOGÉNESIS EXPLOSIVA. Jamás habíamos oído semejante combinación de palabras y, por tanto, no la tratamos con el debido respeto. Después de conocer su carácter, la llamamos doña Ciclogénesis Explosiva. El día anterior a nuestra partida la oímos nombrar en el parte meteorológico, pero pensamos inocentemente que esas cosas sólo pasaban en el Norte. Allí siempre se ven muy afectados por los partes meteorológicos, mientras que aquí, en el Sureste la única conclusión que sacamos de ellos es que no va a llover. Una ingenuidad, un prejuicio. Porque además nosotros nos íbamos al Norte, aunque tiráramos para el Sur. Norte de África, que es otro Norte.
Esta tal doña Ciclogénesis Explosiva, que ha barrido el país, como una aspiradora gigantesca, también nos afectaba, y de qué modo. A las dos de la tarde habían cerrado el Puerto de Ceuta. El Estrecho era una barahúnda de vientos y oleajes desatados. El último barco que había salido de Algeciras había tardado cuatro horas en cruzar el Estrecho, imagino que con grandes molestias para los pasajeros, gran preocupación de los tripulantes y uso desmedido de bolsitas de papel. El intrépido Capitán se negó, seis horas después, a repetir la proeza. A las ocho de la tarde, se comunicó a los alborotados posibles pasajeros que se fueran buscando un sitio para dormir en Algeciras, a lo que nosotros obedecimos con gran diligencia, después de haber convertido el coche en cuarto de estar y luchando contra vientos huracanados y confusiones diversas. 
Por culpa de doña Ciclogénesis Explosiva, que estaba de fiesta, nos concedimos una noche en un estupendo hotel, nada caro por otra parte, y una cena no menos estupenda en un bar llamado "La Capilla". Ya resignados a este fatal destino, nos sentamos allí, a ver si la fama andaluza se cumplía. La fama andaluza dice que te metas donde te metas, si es en Andalucía, siempre comerás bien. No sé si a más gente le ha pasado. 

 Los árboles desde la ventana del hotel no paraban. 
Todos despeinados. Noche de huracán.

Como el bar se llamaba La Capilla, el que entrara un cura con otro señor, que no sabemos si también era cura, porque iba de paisano, nos pareció de lo más natural, además de asegurarnos que estábamos en el lugar adecuado para cenar. También estaban allí unos ingleses celebrando un cumpleaños. Bonita combinación. El cura era de mediana edad, apuesto, y más grande que un armario de sacristía barroca. Un pedazo de cura muy tranquilizador, y con toda la razón, porque cenamos de maravilla. Destaco algo especial, un paté de hueva con almendras. Esta combinación de palabras tampoco la había oído nunca, pero era igualmente efectiva, lo que me llevó a una conclusión: lo que está bueno por separado, si se puede moler, estará bueno hecho paté. 
Luchando contra los caprichos de doña Ciclogénesis, volvimos al hotel, de excelente buen humor, debido a la cena y a nuestro natural ser. Y a esperar que la Señora de los Vientos Huracanados se calmara, a ver si al día siguiente permitía el cruce del Estrecho, que a veces se hace ancho por su culpa y la de toda su familia. 

 Al final, siempre sale un barco. Hay que aprender a esperar.

Siete años viví en Ceuta, siete años crucé el Estrecho con mucha frecuencia, y nunca había tenido que dormir en Algeciras ni me quedé en el Puerto de Ceuta, esperando a ver si salía un buque, pendiente del parte meteorológico. Destino fatal.

18 enero 2013

Regreso a Ceuta

Cuando aprobé las oposiciones de Agregados de Bachillerato -entonces teníamos ese altisonante título los profesores de instituto- mi vida estaba en una encrucijada. Ahorro en este momento explicaciones que quizás pudieran venir al caso, pero que son innecesarias para lo que viene luego. Con la palabra "encrucijada", tan de caminantes, caballeros andantes y aventureros, queda dicho lo fundamental.
Pues bien, en esa encrucijada, elegí el camino más extraño, el más insólito, que era más bien una huida hacia delante, y ese camino me llevó a Ceuta, la ciudad -autónoma dicen que es, pero no puede serlo- al Norte de África, extrañamente española, y más aún extrañamente marroquí. Marruecos la reivindica por territorialidad. España la posee y la quiere por herencia, y a mí me gusta así, ni una cosa ni la otra totalmente, con ese aire de colonia en entredicho, como me gusta Gibraltar tal cual es, con sus bobbies que se llaman Simpson o Requena, que igual hablan inglés que español gaditano.

 Ceuta desde el Tarahal

Ceuta es una ciudad preciosa. Queda dicho. Generalmente no se piensa en ella bajo esta calificación, porque poca gente ha vivido su geografía especial como belleza. Más bien se la ve como una ciudad para comprar tabaco y otras fruslerías libres de impuestos, o un lugar lleno de moros y soldados. Esas cosas son ciertas, pero superficiales. Algunos moros que allí hay son españoles con rancios nombres andalusíes, otros son rifeños emigrados, que hablan una lengua bereber que suena como germánica, de origen desconocido, pero quizás sea la que hablaban los bárbaros guardianes de la frontera del Imperio Romano; los hay rubios y pelirrojos; algunos son ricos y llevan a sus hijos al colegio de las monjas, porque una buena educación católica les parece lo mejor, otros son muy pobres o recién llegados desde Marruecos a los barrios más deprimidos de la ciudad, pero también están los que pasan la frontera todos los días para trabajar o comerciar, y vuelven luego a los pueblos costeros entre la frontera y Tetuán.
También los cristianos son variopintos. Los hay de toda la vida, auténticos caballas de varias generaciones, pero cuanto más se remonte en el pasado, peor, pues tus antepasados serían o presos o carceleros, a no ser que fueran funcionarios y militares. Sea como sea, un caballa es un caballa, y a mucha honra. Hay funcionarios permanentes o funcionarios de corta estancia, trabajadores temporales y comerciantes, pero todos, según se dice, llegan llorando a la Ciudad y se van llorando. Ceuta cala hondo.
A estos dos grupos, los más numerosos, hay que añadir el de los judíos -que allí llaman hebreos por no ofender-, comerciantes acomodados de remoto origen en la Ciudad, y el de los hindúes, grupo exótico, tolerante, silencioso  y discreto, también dedicados al comercio. Un día vi a uno de ellos rezando devotamente a la Virgen del Carmen en la Muralla Portuguesa. Pregunté a una alumna hindú cómo era eso y me respondió con una sonrisa: "Nuestra religión nos permite que adoremos a las divinidades locales".  Muda me quedé y aún pienso a veces en esa frase.

 Muralla portuguesa

Esta, muy sucintamente, puede ser la geografía humana de Ceuta. Interesante, siempre en difícil equilibrio de convivencia, mantenida con esfuerzo por todas las partes, con zonas apartadas simbólicamente en tan exiguo territorio para cada grupo, con imprecisos límites de contacto, de fricción o mezcla.

En Ceuta viví siete años muy felices de mi vida. Llegué allí huyendo hacia delante, dando un quiebro a mi vida, y volví porque no podía hacer otra cosa, con el sentimiento de no haber cerrado aquella etapa, porque Ceuta se había entrado poco a poco y muy profundamente en mi corazón para no irse nunca más. Mañana vuelvo a Ceuta para estar unos días entre mis recuerdos y mis amigos de allí.

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Escribiendo estas líneas, me llega una penosa noticia. Un ceutí inolvidable ha muerto. El doctor Sidi Abdelkrim el Sebti -el Ceutí. Era todo un personaje, querido y controvertido en la Ciudad. 
Cuando mañana baje del barco, para revivir todos mis recuerdos de la Ciudad, Ceuta estará de luto por uno de sus hijos, un auténtico hombre fronterizo, un médico de los de antes, intuitivo y sagaz, afectuoso y compasivo, de esos médicos que parecen antiguos, que veía entrar por su puerta a un paciente y ya sabía qué mal le aquejaba. Descanse en paz.