19 julio 2017

Piquete de ejecución para un fascista, por Edda Ciano





Encontramos en el trastero del campo este libro, Piquete de ejecución para un fascista, de Edda Ciano, viuda de Galeazzo Ciano e hija de Mussolini. Seguramente, perteneció el libro a mi suegro, que era muy aficionado a leer sobre la historia más o menos reciente de Europa.

La idea primera era deshacernos de todos esos libros que iban apareciendo en trasteros y armarios, en un ejercicio de limpieza general de los espacios y de las mentes. Sin embargo, al ver este libro, en esa edición tan antigua y pasada de moda a la mirada de quien está acostumbrada a las ediciones actuales, me llamó la atención la portada con las no muy claras fotografías del piquete de ejecución y del cadáver del conde Ciano, junto a la silla derribada en la que había sido fusilado.

Salvé de la purga el libro con un pretexto un poco tonto: que cierto amigo había estado en un momento muy interesado en esta historia del proceso de Verona y en la muerte del conde Ciano, por lo que deberíamos entregarle el libro a él. Digo pretexto tonto porque si de verdad estuvo interesado en tal tema, seguro que lo tendría y lo habría leído. Pero, bueno, cualquier excusa es buena para salvar y leer un libro.

Y lo he leído. Lo he hecho con sentimientos contradictorios de principio a fin. Es difícil separar al ser humano que fue Ciano, un hombre joven, en la plenitud de su vida, que es fusilado en un juicio al parecer no muy ortodoxo ni legal, del conde Ciano, ministro fascista italiano. Ni es fácil distinguir el límite entre una mujer viviendo una tragedia personal y con la intención de salvar primero la vida de su marido, después al menos su buen nombre y su memoria, de una muchacha arrogante, de mucho carácter, en la cumbre del poder, de la riqueza y el lujo, viviendo totalmente de espaldas a la vida cotidiana de todo un pueblo, de espaldas a la represión y a la tortura. Si se mira desde el punto de vista de lo político, se piensan muchas cosas; por ejemplo, que es un juego al que ellos jugaban con todas sus ambiciones, en una Europa convulsa y belicosa, juego que perdieron, tanto Ciano como sus rivales, y hasta el propio Mussolini. Y, por tanto, mirando con los ojos fríos de la Historia ninguna piedad surge. Fascista contra fascista, ellos mismos se arreglan, así como suscitan poca piedad los mafiosos acribillados por mafiosos.Tampoco por Edda Ciano, que habla de Hitler, por ejemplo, como si fuera un señor afable y magnífico anfitrión, de Himmler como un ser encantador y extravagante, y así sucesivamente con todos los asesinos nazis. Desde luego, sus simpatías estaban claras. Así también cuando habla de los bienes robados a los judíos, que según ella, todos fueron adquiridos legalmente, mediante documento de compra, y que al término de la guerra, sus propietarios reclamaron y tuvieron que devolverlos por orden judicial, lo que a ella le parece una gran injusticia. O esta señora no se enteraba de nada o era una gran cínica; yo me inclino por lo segundo, después de leer todos sus tejemanejes y las acciones que su padre le encargaba realizar en sus primeros años de gobierno. Después de leer sus declaraciones, no me cabe la menor duda de que nada se le escapaba a esta mujer.

Luego está la otra parte, la de una esposa que ve cómo su padre abandona a su suerte a su marido hasta la ejecución, después de un juicio que al parecer no era precisamente justo, y esto sí es muy creíble. Entonces surge la piedad por la mujer, el ser humano que ama, la madre de tres niños. Así como por ese hombre joven que es fusilado atado a una silla, que no muere de los primeros disparos y tiene que ser rematado en el suelo. Me ocurre lo mismo que con la muerte de su suegro, Benito Mussolini, que desde el punto de vista histórico miro con frialdad, como diciéndome que fue un raro caso de justicia histórica, pero que me conmueve en las imágenes de su cadáver desfigurado por la venganza salvaje de un pueblo que lo odiaba. Los mismos sentimientos contradictorios tuve cuando vi en la televisión la ejecución sumarísima de Ceaucescu y su esposa, y otros casos más recientes de muertes violentas.

En cualquier caso, este libro salvado de una pequeña biblioteca casi extinta, me parece un testimonio histórico y humano muy interesante. Ahora que todo ha pasado. ¿O todavía no del todo?

08 junio 2017

Habesha Kuru: orgullo etíope

 
¿Qué sabía yo de un país tan extraño y lejano como Etiopía antes de la llegada a nuestras vidas de la pequeña Werkines? Lo podría decir en unas cuantas palabras. Que los abisinios, como eran llamados los etíopes antiguamente, tenían fama de ser muy agraciados físicamente, de alta estatura y facciones hermosas y regulares. Que la reina de Saba, etíope o abisinia, visitó a Salomón y parece ser que su visita tuvo algo más que cortesía política entre dignatarios. Que como esta reina era abisinia, era bellísima; quizás sea la belleza inspiradora que en el Cantar de los Cantares declara: “soy negra pero hermosa, hijas de Jerusalén”. También sabía que Haile Selassie fue un importante rey de la moderna Etiopía, el admirado Rastafari, y que los etíopes fueron brevemente invadidos por los italianos. Y muy poco más. 

Pero hace seis años llegó Werkines desde ese remoto país. La traían mi hijo y mi nuera en un viaje largo y complicado después de pasar un mes en Etiopía. Fue como un embarazo y parto del corazón. Tenía entonces la pequeña diez meses y ya era una niña con un encanto especial. Ahora tiene siete años y su gracia no deja de aumentar; cada día más inteligente, viva y bonita, nunca deja de sorprendernos con sus acciones y sus razonamientos. Ella tiene una idea de que es etíope de origen. Que es negra es una evidencia maravillosa, aunque yo ya no la veo ni negra ni blanca ni de ningún color; simplemente es mi nieta Werkines, especial como todas las criaturas, igual que todas las criaturas. 

Recuerdo una ocasión en Ceuta en que una mujer musulmana, ya mayor, que tenía una hija demasiado joven para su edad, me explicó cómo había adoptado a la niña, que fue abandonada por su madre biológica. Y terminó diciéndome: “Dios tiene muchas maneras de dar hijos”. Esas palabras me han venido muchas veces a la memoria cuando veo a mi nieta Werkines.

Nunca pude imaginar que una de mis nietas fuera de origen africano ni que ello me llevara a interesarme tanto por su país de origen, Etiopía. Cuando llegó, leí algunos libros sobre África y sobre Etiopía concretamente, pero el libro que me ha llegado al corazón y más me ha enseñado sobre el país de origen de mi nieta es “HabeshaKuru”. La autora se esconde humildemente bajo este seudónimo, que a su vez es el título del libro y el nombre de su principal protagonista y narrador en primera persona. Habesha Kuru significa en amárico “orgullo etíope”. El niño que lleva ese nombre, llevado por circunstancias adversas de su corta vida, realiza un viaje con una farenji, una extranjera, y guías etíopes, un largo y enriquecedor viaje por su país. El niño es de una valentía e inteligencia excepcional, y parece ser que tal niño existe en la realidad. 
 
A lo largo de las páginas de este libro, escrito desde el corazón y el amor, se recorre el país, sus diferentes, contrastadas y hermosas regiones; se conoce a sus gentes, las diferentes etnias, costumbres y creencias religiosas, pues en Etiopía conviven pacíficamente hasta el momento, y esperemos que para siempre, cristianos ortodoxos, musulmanes y animistas. Desde la mirada del joven Habesha y de los adultos que lo acompañan la pobreza digna y esforzada de los etíopes, sus lacerantes desigualdades, la vida durísima de los que trabajan la tierra, los lagos o las minas, y la gran desprotección social de los niños, mujeres y ancianos. Pero uno de los temas candentes a todo lo largo del relato es la adopción internacional, asunto que a mí y a mi familia nos atañe particularmente. Sabemos que la adopción de niños etíopes por occidentales se debe a la pobreza y a la desprotección social de la infancia. Cuando un niño etíope encuentra en su corta vida circunstancias adversas, la orfandad parcial o total, su futuro se vuelve muy oscuro. Sin embargo, el asunto no se comprende en todos sus aspectos y plenamente hasta que se leen estas páginas sinceras y ecuánimes, donde ni las familias etíopes son gente que entrega a sus hijos innecesariamente ni los occidentales que los adoptan son gente que se aprovecha de la precariedad de las familias. Tanto en unos como en otros, hay amor. Y las cosas son como son. Es cierto que se pueden cambiar, y ése es el proyecto del pequeño Habesha Kuru, pero mientras tanto hay adopción, y de esto habría mucho que hablar, y eso es lo que hace la autora escondida en su libro.

El nombre de Werkines, que es nuestra particular adaptación del nombre etíope original, significa en amárico “tú eres una joya” o “tú eres de oro”. Y así es para nosotros nuestra nieta, una joya regalada por el destino, el de ella y el nuestro. 


No puedo decir que el libro esté bien escrito desde el punto de vista literario, pues adolece de algunos defectos estructurales y expresivos, pero lo he leído con pasión y amor, que es lo que transmite, porque en él late la verdad de alguien que ama profundamente Etiopía y que la conoce muy bien. Después de leerlo, sólo pido a la vida salud y tiempo para algún día, cuando ella esté dispuesta, poder acompañar a mi querida nieta a su tierra de origen.




01 diciembre 2016

Parece que fue ayer

"Oídme, practicantes del Dharma, la vida y la muerte es el asunto esencial. El tiempo pasa rápido como una flecha. A vosotros, que buscáis la Vía, humildemente os digo: tomad conciencia del momento presente".





Es tópico que al recordar un evento de cualquier tipo, sobre todo si fue feliz, alguien diga: "Parece que fue ayer".Y realmente fue ayer, cuando tenemos una concepción amplia del tiempo. Todo es un presente continuado. El pasado es memoria, el futuro sólo imaginación. Cualquier suceso es ahora mismo, ya, en este momento. 
Hace cinco años dejé de escribir con asiduidad en este blog, un cuaderno de halago al ego, pero también un modo de expresión personal y de comunicación con otros seres afines por algún misterioso motivo que desconocemos. Y ahora vuelvo, con otra calma, con el único deseo de comunicar y de expresar. No a todos los amigos les gustará por igual, pero los verdaderos amigos lo comprenderán todo, y quizás incluso perdonarán los excesos o los comedimientos. los rechazos inevitables y las recomendaciones entusiastas. Cada persona es lo que es, pero si es consciente de lo que es, su vida se vuelve mucho más llevadera y su relación con el mundo más ecuánime y compasiva.
Cinco años y parece que fue ayer, pero de ayer a hoy han pasado muchas cosas. Cosas poco importantes, pero entrañables. Anécdotas en una vida pequeña, pero que ya se extiende por algo más de seis décadas. Algunos sucesos son hitos relevantes para esa pequeña vida, otros son simplemente el discurrir de los días, uno igual a otro y todos diferentes. Tengo como lema personal aquella frase de un maestro zen que exclamó: "¡Qué maravilla! Corto leña y acarreo agua!"
Voy a tratar de contarlo, poco a poco, para no cansar ni cansarme. A quien quiera leer. A quien quiera reír o enternecerse. Vamos allá. 


08 noviembre 2016

El comisario Soto

Buena cosecha de novelas negras por estas tierras del Sureste… un momento, ya me dijo el autor que ésta no era exactamente una novela negra, sino que él la llamaría más bien costumbrista, y que el editor (ediciones Raspabook), por el título le había puesto esa portada tan sugerente, pero que en realidad no se correspondía de un modo total con el argumento.
O sea, que no hablamos de la clásica novela negra, incluso diría que es una novela negra al revés. Yo la llamaría novela social con tintes melancólicos, y aunque al principio no tiene de negra más que el hecho de ser el protagonista un comisario, y ya no en activo, poco a poco se va poniendo negra hasta terminar negrísima. Y no digo más que no quiero anticipar finales de tramas y argumentos.
He disfrutado leyendo El comisario Soto porque me ha llevado a ambientes y espacios muy bien retratados y porque tiene una lectura muy agradable, fluida y sin altibajos. También por las razones que voy a explicar.
En primer lugar, porque el personaje central es una buena persona rodeada de personas banales, egoístas y hasta con puntas de maldad. Se puede adivinar el cansancio, el hastío, la contención ante lo estúpido y casi inhumano, cómo ese hombre resiste en un mundo de vidas vacías.  El comisario Soto es un hombre atormentado en su interior e impertérrito aparentemente.  Tras su recia presencia silenciosa, hay todo un mundo de turbiedades y de claridades -como cualquier ser humano inteligente-, un hombre dedicado a sus negocios con un pasado de policía que le permite conocer la miseria de los bajos fondos de la ciudad y que por su matrimonio y situación conoce la vacuidad de la alta burguesía. En medio de su vacío, encuentra el único refugio en el resultado de una noble acción antigua. Este asunto, con el que arranca la novela, nos habla de la esperanza, de la redención, de la importancia de una decisión a tiempo para salvar a alguien de un destino en que la miseria no hace sino cavar cada vez más hondo el pozo de la miseria. Pero lo cierto es que, junto a una melancolía muy acentuada, siempre estamos percibiendo algo oscuro, una masa de presagios que no podemos identificar. Esperamos y no nada bueno.
Mariano Sanz Navarro
Me ha gustado también mucho recorrer con él las calles de Barcelona, de esa Barcelona de posguerra que es también el espacio de un escritor muy de mi gusto, Juan Marsé. La fidelidad con que la ciudad se convierte en el receptáculo de vidas y pasiones es realmente asombrosa tanto en nuestro paisano, Mariano Sanz, como en el escritor catalán. Y esto de lo local y el espacio preciso es algo que yo siempre agradezco mucho. Barcelona está incluso en su historia como ciudad. Un gran acierto y una extraordinaria habilidad para dar vida a esa ciudad en un tiempo determinado.
Por último, aunque en la biblioteca de mi padre había bastantes obras de Mariano Sanz, yo sólo había leído de él algunos artículos de su blog y cuentos publicados en internet. Ha sido un placer leer una obra extensa y disfrutarla tanto.



29 octubre 2016

La chica olvidada, de Francisco Segura



Lo local es el marco en el que se encuadra lo universal en la novela negra. Creo que esto ya lo dije, ¿verdad? Bueno, es que estoy mayor y me repito un poco, y más cuando no sabes cómo empezar. Aparte de una torpeza para los comienzos que puede ser algo congénito en mí, es que cuando hay tanto que decir, una empieza a decirse que si por este tema que si por el otro, y no se sabe por dónde tirar. Pues directamente. ¿Alguien en la sala ha leído ya La chica olvidada de Francisco Segura? Los que la hayan leído que no estorben. Los que no, atentos. Si os gusta la novela negra y os gusta su localismo, tenéis que leerla. Os sentáis cómodamente, porque no la podréis dejar, y os armáis de valor y ecuanimidad, porque es fuerte. Si sois de Cartagena, ya mismo, que si este alcalde se lleva Cartagena, con todo su teatro romano, su marinería y su puerto, a Almería, ya va a tener menos gracia la cosa.
Muertes horribles y misteriosas de unas jóvenes en los años ochenta son investigadas por el comisario Campillo, que inicia así la narración de sus andanzas en una saga que promete mucho. Esta investigación lo remite a sus años juveniles, a finales de los años cincuenta, a su pandilla, a sus amigos de entonces y a los escenarios de sus escapes y atrevimientos adolescentes. Por tanto, lo local se vuelve también temporal, puesto que a través de sus recuerdos y de su investigación, conocemos la ciudad de Cartagena, en dos tiempos distintos, y además la ciudad querida del autor. Diacronía y sincronía, espacios en el momento narrativo y en un tiempo lejano traído al recuerdo. Este juego de tiempos y espacios constituye además la solución del caso. Y una solución que se ajusta a lo que suele pasar en la realidad, que no hay un desvelamiento inmediato del culpable, sino un lento proceso de acumulación de pruebas que puede llevar años desarrollándose en una comisaria, gracias a la perseverancia de un buen comisario. Al final, hay justicia, tranquilos. Pero es una amarga justicia, porque el mal está hecho y los crímenes no son precisamente de salón y mayordomo, ni siquiera de mafiosos y hampa que se matan entre ellos y aquí no pasa nada. Digamos que además de negra es costumbrista. Esto tiene la novela negra, que no puedes hablar mucho porque puedes descubrir más de lo que se debe para preservar la intriga de quien la lea.
El autor, Francisco Segura, es un novelista tradío, pero es un novelista nato. Un narrador que parece soltar sus historias y sus personajes como un torrente. Esa es la impresión que se tiene, aunque lógicamente no puede ser así, dado que la estructura novelesca es compleja y está muy bien dosificada y organizada. De estilo seco y natural, como debe ser en estos casos, de diálogos rápidos y coloquiales, la novela corre por delante del lector, el cual la va persiguiendo sin poder dejarla.
Leedla, que nunca podréis olvidarla. La chica olvidada ya no lo es, va a quedar en la memoria de todos los que lean esta novela.

27 octubre 2016

Novela negra, así en general


 Esta enjundiosa fotografía llamada "equipo de novela negra" está tomada en préstamo de la página http://www.libreriale.es/especial/imprescindibles-de-la-novela-negra/27/, donde se pueden ver y comprar imprescindibles del género

No me apura confesar que soy lectora ávida de novela negra, policiaca, de intriga, o como queramos llamarla. Desde niña, además, pues mis principios fueron una pila veraniega de novelas de la señora Christie que se presentó ante mí sobre el comienzo de la adolescencia. Harry Stephen Keeler fue el siguiente, los curiosos e inteligentes casos del padre Brown, Sherlock Holmes y lo que Poe ofreció en este sentido, que fue importante y sustancioso. Como se ve, un buen batiburrillo, pero así leen las adolescentes.
Se suele considerar un género menor, o sencillamente un género, algo especial, un poco degradado, de consumo popular y ligero. Yo diría que son novelas de hamaca, es decir, de verano y despreocupación. Entretenidas y absorbentes. ¿Quién ha matado a quién? ¿Por qué? Ni el lector ni el inevitable investigador, sea Poirot, Maigret o Holmes, sabe contestar a estas preguntas al principio. Hay un ser superior que lo sabe, naturalmente el autor, porque a veces ni siquiera lo sabe el narrador, si la novela es en primera persona. Y muy hábilmente, a través de las pesquisas, deducciones e intuiciones del investigador, nos va llegando información. Hasta el desvelamiento final. Oh, qué descanso, éste mató a éste de este modo (el modo ya se sabe y la ciencia forense termina de explicarlo) y por estas razones, y ahora tendrá su justo castigo, una vez acabada la novela. Lo que me hace pensar que todo escritor de novela negra es un amante de la justicia. Al menos en las novelas todos los casos se resuelven, cuando la realidad policiaca es muy otra, y quizás la mayoría de los crímenes quedan impunes, sumidos en la oscuridad de un sumario, nunca aclarados o incluso nunca descubiertos. Por eso, cuando dicen que en este mundo no hay justicia, o sólo de vez en cuando, una se consuela pensando que en las novelas negras sí, siempre.
Pero quiero aventurar que el escritor o escritora de novela policíaca, que siempre estará de parte de la victima y de los justicieros sin asomo de duda, no deja de ser alguien que reconoce en lo más profundo al asesino que lleva dentro. Si es capaz de planificar un crimen en la ficción, y además su particular crimen, es que sabe hacerlo, se lo ha imaginado, aunque sea de un modo poco consciente. Busca investigar su propio crimen y espera ser descubierto y castigado. Sólo que el que lo va a descubrir va a ser él mismo. Los lectores, que también llevan su pequeño asesino dentro, también en lo más profundo, son simples testigos de su indagación, y a su vez desean justicia y verdad.

La novela negra moderna, sobre todo gracias a Vázquez Montalbán, tiene una particularidad muy suya: un fuerte anclaje en lo local. Los americanos ya lo hacían, pero creo que en España el primer escritor en cantar su ciudad, su tierra, sus gentes y sus asesinos, fue Vázquez Montalbán. Si me equivoco, que los sabios me corrijan.
Ese anclaje en lo local a mí me gusta mucho. Es realismo del bueno. Si una calle está en tal sitio y se llama así, en la novela aparece tal cual. Si hay un bar en esa esquina, va directo tal como es a la novela.
El crimen es universal, desde luego, pues asesinato, robo, violación, estafa, no es algo privativo de un pais o de un paisanaje. La diferencia es que cada grupo humano lo hace y lo interpreta a su manera, movido por las mismas pasiones que cualquier otro grupo humano, pero a su modo. De la misma manera que los investigadores siguen diferentes caminos y pautas según de dónde sean. No es lo mismo Hércules Poirot, con su cosmopolitismo de alta burguesía, que el comisario Montalvano, un siciliano de a pie, loco por la pasta (italiana, no la otra), las mujeres y el buen pescado. Podríamos seguir las comparaciones, pero cada cual que se las componga, que si no esto se hace largo. Para resumir, no es lo mismo matar en España que en Francia, ni es lo mismo matar en una gran urbe que en una pequeña ciudad de provincias. Ni tampoco los asesinos son los mismos, ni los comisarios e investigadores. La señorita Marple sólo puede ser una señora madura inglesa, Brunetti sólo puede ser un plácido veneciano, y sus métodos son diferentes, siendo universal su deseo de justicia y el delito que investigan.
Entonces, y para concretar, una buena novela policíaca, hoy llamada negra, tiene que tener unos cuantos elementos para servir a sus fines de hamaca y entretenimiento: una buena trama sustentada en la ignorancia de un personaje central, el que investiga, ignorancia compartida con el lector, que irá compartiendo también el progresivo conocimiento, elementos que deben estar sabiamente dosificados; unos personajes creíbles y concretos en diferentes planos de presentación; un lugar real en el que todos se mueven, fielmente descrito; una prosa limpia y poco decorativa, yo diría que casi seca, con diálogos dinámicos y significativos, pegados al habla cotidiana. O sea, casi todo lo que debería tener una novela cualquiera. Si además hay fondo, sabiduría y humanidad, no habría diferencia alguna con las novelas de otros colores o con las incoloras, excepto que habría un muerto para empezar y justicia para terminar. Ese principio y ese final es lo que constituye el género. Y para mí, son, como la novela picaresca en su momento, un reflejo de la situación social y de los asuntos que preocupan a la gente. No es poco.

10 febrero 2013

Reencuentros en Ceuta: Abdelhila


Mal tiempo, buen tiempo. Mal tiempo meteorológico: doña Ciclogénesis sigue haciendo de las suyas y en Ceuta es como si estuviera en su casa. Viento, lluvia, frío. Mi hermana se encuentra su terraza, tan bonita para cenas en primavera, hecha un solar, con las sillas volcadas, las macetas medio secas y tiradas, el cañizo caído. Ha estado mi hermana dos meses fuera de su casa por motivos de salud. Pero todo tiene arreglo. Ella es muy diligente.

Esta culebrina de Tierra es Ceuta. 
Una foto de hace veinte años, tomada desde el coche. 
Si se mira bien, hay un fantasma. Ceuta es misteriosa.


El mal tiempo nos recluye en casa. No es una desgracia, porque estamos bien allí, charlamos, cocinamos, leemos, vemos programas idiotas en la tele, que nos dan mucha risa. Nos encanta esta nueva faceta nuestra de ser muy caseros estando de viaje. 
 
Buen tiempo. Humano, magnífico. Tiempo de reencuentros, de renovar historias, de continuar otras dejadas en suspenso. En cierto modo, en un reencuentro con la ciudad, lo primero es el reencuentro con las personas, centro y motivo de toda ciudad. 
 
Para comenzar, Abdelhila. Fue alumno mío en el bachillerato nocturno del instituto Abyla, y de alumno pasó a ser amigo nuestro; estudiaba segundo de bachiller de noche y conducía un taxi por los diecinueve kilómetros cuadrados de Ceuta; o sea, le daba para muchas vueltas y revueltas, y también la ocasión de conocer a fondo la fauna, e incluso la flora, que circulaba por aquellas calles, callejas y entresijos de la ciudad, lo cual no lo había hecho peor persona ni le había pervertido el carácter, sino todo lo contrario, pues su natural era, y sigue siendo cabal, bondadoso y jovial. Era el hombre tranquilo. Su aspecto correspondía más a un enjuto joven inglés que a un musulmán de Ceuta. De hecho, en un viaje ya con tintes épicos en el recuerdo que hicimos con él al Rif, no le permitían entrar a las mezquitas, recelando que no era musulmán, sino un guiri curioso; a ello contribuía también su acento ceutí al hablar el árabe. A él le divertía mucho, porque su familia era de origen rifeño, y quizás por eso tenía el cabello rubio y la piel clara.
 Abdelhila, Fernando y Helena en Alhucemas. Viaje épico por el Rif.
 
 A su tío, agricultor en la zona de Ketama, le llamaban en el pueblo “el Alemán”. A la aldea del Alemán descendimos, con nuestra furgoneta de entonces, por una carretera trazada a tornillo en la montaña, con cientos de círculos al borde de un precipicio. Tanto miedo pasamos al bajar como al subir, pero en el fondo de aquellos círculos infernales nos acogieron como a viajeros griegos, con la vieja hospitalidad destinada a los dioses encubiertos. Abdelhila nos contó algunas curiosas anécdotas de aquella “tribu africana”, como él les llamaba. Por ejemplo, que pasó allí unas vacaciones con su tío y el primer día decidió correr un poco por allí; se puso sus pantalones de deporte y sus zapatillas y salió a la puerta. Vio que todas las mujeres se reían por lo bajini y se tapaban la cara con el mandil, entre divertidas y escandalizadas. Su tío que lo vio se le acercó y le dijo en un susurro: “Entra a la casa y ponte unos pantalones largos”. Así lo hizo y corrió un rato, pero las mujeres seguían riéndose cuando regresó. 

 Abdelhila con nuestro nieto Marcelo a los cuatro meses. 
El feliz abuelo -qué joven está- los contempla encantado.
 
Abdelhila sigue siendo ahora la persona noble que era. Sigue siendo taxista, tras algunas vicisitudes laborales, y sigue estudiando; estudia ahora segundo de Derecho, lento pero constante, porque se casó, después de muchos vaivenes y problemas, con Meriem, la mujer a la que quería, que es la hija de un imán, la hija del Cura, que dicen en Ceuta. Allí se usan estos sincretismos. Tiene cuatro hijos, tres hijas preciosas, y un niño no menos precioso, todos guapos y finos, muy bien educados y respetuosos; los hay rubios como el padre y otros morenos como la madre, en equitativo reparto. La mayor, Innes, estudia guitarra en el Conservatorio, y sin ninguna timidez ni remilgo nos ofreció una pieza popular que estaba estudiando. Nos miraban las niñas y el niño con curiosidad y admiración, como si su padre les hubiera hablado mucho y bien de nosotros. Meriem seguía tan guapa como siempre, con sus ojos negros rasgados, y nos concedió un gran placer en la merienda que había preparado para nosotros: el gaief casero y tradicional, una torta hojaldrada de harina y aceite que se cuece al fuego vivo, deliciosa. Se toma con miel, con requesón o con mantequilla y mermelada, como una tostada o un crepe. No hay mujer marroquí que se precie que no sepa amasar y cocer el gaief.
Mucha alegría, mucho júbilo en el reencuentro, y el propósito de no olvidarnos, de estar en contacto en adelante. Por supuesto, de no dejar pasar tanto tiempo sin volver por allí.