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14 febrero 2010

Amor de segundas de don Carlos María


"Una dulzura penumbrosa le traía la imagen de su mujer, perdida demasiado pronto: siempre habria sido demasiado pronto. Había sido para él un ángel, desde el día en que bajó los ojos tímidamente y aceptó la petición que se le hacía por boca de su padre. Don Carlos María había visto correr unas lágrimas por aquella cara menuda hasta perderse en el cuello cerrado del traje de luto. Bibiana iba de segundas, pero él la quería para madre de sus hijos y para compañera de su vida. Sería la que ocuparía el lugar de la hermana muerta, y en ello veía don Carlos María algo del destino arcaico que regía las vidas bíblicas. Había estado enamorado de la hermana mayor de Bibiana, y como pretendiente aceptado por la familia la cortejaba honestamente. Cayó enferma la madre de la novia, y ésta, en el último momento, cuando el sacerdote entraba a la alcoba para darle los últimos auxilios, se echó de rodillas ante el Sacramento y ofreció su vida por la de su madre, ofrecimiento que fue aceptado por el Altísimo sin reparos, pues a los pocos días mejoró la madre y murió la hija generosa. Pasado un tiempo prudencial de respeto al luto, don Carlos Maria pidió la mano de Bibiana, la hermana menor de la novia difunta. Ahora, entre sueños cercanos a la muerte, el anciano comprende el sentido de aquella decisión y agradece al Cielo la inspiración de tomar como esposa aquel ser angelical que extendía ahora con su imagen un bálsamo de consuelo sobre su alma cansada".

Estas palabras son un fragmento de una semblanza que en el año 1988 hice sobre mi tatarabuelo don Carlos María Barberán, con motivo del centenario de las procesiones de Lorca. Se publicó entonces un opúsculo de don Carlos en el que analizaba el sentido religioso de las procesiones de su ciudad, porque lo cierto es que con tanto personaje pagano, mitológico y bíblico, aquello se parecía bastante a una ópera de Verdi, y de algún modo habría que justificar la cosa. Escribí entonces esta semblanza que se publicó en la edición conmemorativa y he elegido este fragmento por ser hoy día 14 de febrero, pues cuenta un caso de amor algo extraño. La prometida pide al Cielo morir ella misma en lugar de su madre moribunda y su ruego es escuchado. Don Carlos María, después de hacer el duelo, se conforma y pide la mano de la hermana menor de la muerta, a la que llega a querer con enorme ternura y con la que tiene un montón de hijos guapos y artistas, la mayoría de los cuales mueren tempranamente.

09 febrero 2010

La historia continúa a peor

Como ya he trabajado y ya he dormido, ahora puedo continuar la historia donde la dejé ayer. A ver si hoy la termino y no tengo a la gente devanándose el cerebro y pensando mal del pobre Cura de San Patricio.
Al día siguiente, como era de esperar, el Cura tampoco fue a la tertulia. Don Carlos María, que no las tenía todas consigo, decidió ir él solo a visitarlo, sin decir nada a los demás contertulios. A eso de la media tarde, se dirigió a la parroquial dándole vueltas a la cabeza para ver cómo convencía al Ama del Cura de que le dejara ver al enfermo, Sin embargo no encontró dificultad alguna aquella tarde, pues nada más verlo en la puerta, el Ama le comunicó que el señor Cura había dicho, aunque le había costado trabajo, que ganas de hablar tenía las menos, que si era don Carlos, que lo pasara a su alcoba.
Así lo hizo don Carlos María y fue para más pesar suyo, porque encontró al Cura metido en su cama, pálido y desencajado, visiblemente más delgado, con las mejillas hundidas y los ojos de fiebre. Se interesó el caballero por si lo había visto el médico; así había sido, pero no había podido decir qué tenía. De hecho, sólo había dicho al Ama antes de irse que más parecía aquello un susto que una enfermedad, una dolencia del alma antes que una del cuerpo. El señor Cura llevaba dos días sin comer, y apenas sin dormir, que el Ama lo oía gemir y hablar en sueños. Que si seguía así, terminaría mal. Pero cuando vio a su buen amigo, intentó incorporarse en la cama y saludarlo, haciendo un gran esfuerzo. Trajo el Ama un sillón para don Carlos y lo puso cerca de la cabecera del doliente. La pregunta de rigor era ¿qué tiene usted, buen hombre? Y el Cura no se hizo mucho de rogar. Necesitaba, como cualquiera, contar sus penas a alguien. Y lo que contó fue esto.
"Pues mire usted que el lunes yo dije la misa última en la Colegiata y después me vine a cenar a mi casa. Esto se lo digo para que vea lo tranquilamente que estaba yo aquella tarde y cómo se vino a trastornar todo. Cené poco, que ya no tengo edad de excesos, me tomé un vaso de vino dulce, un poco nada más, apenas dos dedos, y me senté a leer un rato con la intención de rezar luego y acostarme pronto, que al día siguiente tenía muchas ocupaciones. Al poco vino el Ama y me dijo que si necesitaba algo, que ella se retiraba ya. Le di las buenas noches con mi bendición y le pedí que mirara que el portón quedara bien cerrado. Todo estaba silencioso y tranquilo.  Cuando empecé a cansarme, y la vista ya se me nublaba, apagué el quinqué, después de encender una vela para ir a acostarme. Eso hice y me dormí al momento. No sabía yo entonces lo que me esperaba en aquella noche espantosa, que así como ve usted ahora me tiene desde el amanecer de ese día". 
Aquí el Cura se detuvo y se quedó mirando el techo, rememorando el espanto de la noche. Por lo menos eso es lo que podemos imaginar, pues don Carlos María no dio estos detalles tan literarios, pero es que si lo contamos todo seguido pierde gusto el relato.
Al cabo prosiguió el bueno del Cura con su relato, imaginemos que un poco entrecortado por la angustia. 
"No sé qué hora sería, porque no lo miré, cuando empecé a oír unos golpes muy fuertes en el portón. Me puse oído atento y escuché que el Ama iba escaleras abajo con pasos cortos. Supongo que ella tenía miedo de aquellos golpetazos a semejantes horas. Oí que se abría el ventanuco de la puerta y una conversación que no pude entender. Era la voz de un hombre que hablaba con mucha fuerza, y la voz temerosa del Ama que le contestaba. Vuelvo a escuchar sus pasos por la escalera y llama a mi puerta la buena mujer muy asustada. Me dice que hay un caballero en la puerta pidiendo que me levante rápidamente, que tengo que ir a dar la extremaunción a una persona moribunda. Pues qué iba a hacer... Le dije al Ama que esperara el caballero de la puerta a que me vistiera y recogiera todo lo necesario, como lo hice lo más deprisa que pude. Le digo al Ama que se acueste y que se duerma, que ya llevo yo la llave del portón para no despertarla y me voy por las escaleras con un frío horrible y un negror de noche cerrada. Al abrir la puerta, me veo delante a un caballero desconocido, todo de negro, con un sombrero de ala ancha que le oculta el rostro, pero intuyo que no es paisano. Me dice que suba rápidamente al coche de caballos que en ese momento me di cuenta que estaba delante de la Colegiata. Le pregunté a dónde íbamos. No me contestó a eso, sino que me dijo que era un caso de necesidad muy urgente y que no perdiera mucho tiempo. Me subí al coche, no sin algunos reparos. El cochero arrea a los caballos, comienza el traqueteo, y entonces el caballero me dice que he de ir con los ojos vendados todo el camino. Como se puede figurar, yo me negué a una cosa tan inconveniente. El caballero no se arredró; me dijo con gran arrogancia que si me negaba, detenía el coche en ese momento, que la persona a la que tenía que dar la extremaunción moriría sin mi auxilio espiritual y que en mi conciencia quedaría. Que a otro cura no iban a llamar. Y yo qué iba a hacer. Pues, hala, a jugar a la gallinita ciega. Mire usted, tengo un soponcio..." También aquí el cura demostró claramente el soponcio que tenía con nuevos gemidos y quejas, y con mucho mesarse los cabellos, que no eran muy abundantes, pero suficientes para mesárselos y demostrar así su soponcio. Don Carlos María estaba consternado, pero podemos imaginar que también complacido, porque era un romántico total y estos casos de misterio le complacían.
"No se pude usted imaginar, don Carlos, la de revueltas que dimos por los peores caminos. Yo ya no sabía para dónde íbamos. Sé que el coche se detuvo y que me hizo bajar el caballero, y que escuché voces de otros hombres, que me hicieron pasar a un lugar, el zaguán de una casa tenía que ser, la misma casa en cuyo salón yo estuve luego, y que subí escaleras y recorrí pasillos, todo eso con los ojos vendados. Hasta que nos paramos y me quitaron la venda de los ojos. Estaba en un salón del tiempo de mi abuelo, polvoriento y abandonado, lleno de telarañas. Cinco caballeros me miraban muy circunspectos, todos vestidos de negro: un viejo canoso y estirado, un joven como de veinte años, y tres caballeros de edad madura. Todos tenían entre sí un aire familiar, de lo que deduje que el viejo sería el padre y los otros sus hijos. Ninguno dijo ni una palabra. Y yo les pregunté, un tanto desconcertado, quién era el moribundo. El más joven señaló una puerta. Yo entendí que allí se encontraba la persona a la que tenía que dar la extremaunción. Me indicaron que entrara, que la puerta estaba abierta. Ninguno me siguió. Empujé la puerta... Ay, don Carlos, no puedo seguir con tranquilidad". Don Carlos se esperó a que se le pasara el nuevo ataque de pasmo a su amigo el Cura, pero como esto se está haciendo ya muy largo, mañana continuará y, si puede ser, terminará esta historia.


08 febrero 2010

Una historia terrible del siglo XIX


El abuelo de mi abuela Bibiana, que era la madre de mi padre, es decir, mi tatarabuelo, era el Presidente del Colegio de Abogados de Lorca, el mismo que firmó aquel mensaje de tranquilidad al pueblo lorquino con motivo de la llegada de la Primera República. Se llamaba el hombre don Carlos María Barberán, y era carlista, como su propio nombre indica. Un rancio, vamos. Nada más que hay que decir que fue uno de los fundadores del Paso Azul, y de todos  sus desfiles bíblicos-pasionales-históricos, Cleopatra incluida, que no sé yo muy bien qué tiene que ver con la Semana Santa. Algunas historias de este prohombre lorquino son dignas de ser contadas, pero hay una, que transmitió a mi abuela, y que pasó de mi abuela a mi padre, y de mi padre a mí, que me ha venido a la memoria con una entrada estremecedora que ha hecho mluz en su blog "Cuentos de bolsillo".


Mi tatarabuelo acudía a una tertulia en un café de la calle Corredera con otros caballeros de la ciudad de Lorca, a la que se acercaba también el Cura de San Patricio, que es, como se sabe, un templo barroco magnífico. Allí se pasaban unos buenos ratos hablando de lo humano y de lo divino, y ninguna tarde faltaba ningún contertulio, como no fuera que estuviera enfermo, lo que los demás ya sabían, porque si ahora Lorca no es una ciudad muy grande, entonces sería propiamente un pueblo.


Pues bien, una tarde no fue el Cura, sin previo aviso y sin que nadie supiera la causa. Los amigos se amoscaron un poco, porque no era él de faltar ni a sus obligaciones ni a sus devociones. Pensaron que quizás le había surgido alguna obligación o devoción más importante que acudir al café. Pronto les llegó la noticia de que el Cura estaba malo. Por la tarde, después de estar un rato de cháchara en su tertulia, dos que estaban desocupados esa tarde, uno de los cuales era don Carlos María, decidieron hacer una visita en la parroquial al Cura, cumpliendo un deber cristiano y de amistad, que ellos eran muy analíticos para estas cosas y sabían muy bien distinguir los diferentes intereses. Para allá que se fueron y los recibió el Ama, que no había cura entonces, y menos aún si era de San Patricio, que no tuviera un ama gorda y bien criada que lo cuidara. Les dijo que el señor Cura no estaba para ver a nadie, que tenía unas fiebres y un pasmo, que no sabía ni de qué podía ser, como no fuera que se había enfriado dos noches atrás cuando salió él sólo a dar la extremaunción a un moribundo. Los caballeros dejaron una atenta tarjeta deseando que se restableciera pronto y se marcharon. Mi tatarabuelo, mientras tanto, se quedó pensando, pensando, hasta que se le ocurrió una idea; le preguntó al otro caballero que iba con él si sabía de alguien que hubiera muerto en Lorca hacía dos noches. Pues no, que se supiera, no había muerto nadie. Pensaron que sería en el campo, pero esto tampoco les convenció, que el campo tendría sus curas y no iban a ir a buscar al de San Patricio. La verdad es que no sabían qué había puesto al Cura con fiebre y pasmado. Lo de pasmado era lo que más les preocupaba. ¿Por qué se iba a pasmar un hombre que estaba ya curado de espanto, siendo como era el cura más viejo de toda la ciudad? Algo grave tenía que haberle ocurrido. Lo cual mi tatarabuelo averiguó al día siguiente. No se sabe si por ser el más curioso o el más amigo del Cura, fue él quien recibió la terrible confidencia. Mañana sigo, que ahora tengo que trabajar un poco y dormir otro poco.

06 enero 2010

Los Reyes Magos



Los Reyes Magos están enterrados en la Catedral de Colonia. Yo he visto las tumbas, pero lo que haya dentro no lo sé. En realidad, no se sabe nada de ellos, sólo lo que dice Mateo en su Evangelio:

Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los días del Rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?
Mateo 2,1-2

Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.
 Mateo 2,11


Lo demás lo pone la leyenda y la Catedral de Colonia: que eran tres, que se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar, nombres sospechosamente medievales, que cada uno era de una raza, como representación de la gente del mundo... Y que son seres mágicos, que lo decía mi madre, para explicarnos cómo podía ser que les diera tiempo a poner tantos juguetes a todos los niños y niñas, conociéndolos a todos por su nombre y llevando cuenta en un enorme libro del comportamiento de cada criatura para dejar juguetes o carbón, según correspondiera. Sabiendo lo que sé, ahora mismo, digo que mi Rey ha sido, es y será, Melchor, porque es el más viejo y el menos exótico. Mi madre decía que le dejaba su café y sus mantecados y una copita de anís, porque era viejecico y estaría cansado de tanto viaje. Al día siguiente no quedaba ni rastro de café ni de anís ni de mantecados, así que eso lo confirmaba todo.





Un año me pusieron los Reyes un muñeco al que llamé Miguelito. Era un bebé de goma. Los Reyes lo habían vestido con los restos de tela que habían quedado del ajuar de mi último hermano nacido, con su jersey azul, su pañal, su camisita y su faja, como un bebé de verdad de los de entonces. Miguelito no tenía los ojos azules, como el de mi vecina, ni era rollizo; más bien se parecía a uno de mis hermanos, de ojos castaños y no tan gordo como los bebés de mi vecina, y creo que por eso lo eligieron los Reyes para mí. También se habían preocupado sus Majestades de Oriente de ponerlo en un moisés con faldetas de organdí, con su colchoncito y su almohada, sus pequeñas sábanas y una toquilla. Eran muy laboriosos los Reyes de entonces. Miguelito sobrevivió a todas las batallas infantiles durante muchos años.





Otro año me pusieron una cocinita de petróleo que podía encenderse de verdad, aunque nunca conseguí que mi madre me diera el combustible para hacerlo. En casa de mi abuela me pusieron los cacharritos, una campanita y un mortero diminuto de bronce. Todo esto me convirtió en una cocinera voluntariosa y en una madre de las del montón. La cocinita no era como ésta, que es la que han dejado los Reyes para Amaia.







Cuando dejé de creerme lo de los Reyes, ya estaba así de mayor.





Un día, mis hermanos encontraron por mi habitación, abandonado ya a su suerte, al pobre Miguelito. Decidieron que había muerto y le hicieron un solemne entierro. Yo no me enteré en el momento, porque estaba en otras cosas. Mi hermano Alejandro me contó luego que él había oficiado de cura y que lo habían enterrado detrás de un aparador en una caja de madera que en su momento contuvo fruta confitada. En la siguiente limpieza general, lo encontró mi madre, más amarillo que un limón en su cajita de madera. Yo ya no sabía dónde ponerlo, y no quise saber dónde lo puso mi madre finalmente. Desapareció de mi vida. Sic transit gloria mundi. Y todo lo que hay. Qué le vamos a hacer.

03 noviembre 2009

Don Juan en los escenarios

Hay ya algunas voces, tanto en la red como en la vida cotidiana, que piden la recuperación de las tradiciones relativas a Todos los Santos y las Ánimas. Con toda seguridad esto es debido a la cada vez mayor extensión de costumbres foráneas, como el Halloween, que convierte a los jóvenes por una noche en monstruos americanos, pidiendo por ahí dulces y aporreando todo lo que encuentran a su paso. El joven coquetea con la muerte porque la cree lejana y ajena. El joven se puede permitir jugar con la muerte, sin ser consciente de lo que dice en toda su sabiduría la Celestina: “Tan presto muere el carnero como el cordero. No hay joven que no pueda morir mañana ni viejo que no pueda vivir un año más”. Tampoco saben lo que dice Ortega acerca de la vida, a la cual define como un tiempo entre dos relatos; el primero, que es mítico pues sólo lo conocemos por el relato que nos hacen, el de nuestro nacimiento; el otro, que se convertirá en mítico, pero que nosotros no escucharemos jamás como relato, el de nuestra muerte, la de cada uno. El tiempo -tiempo, no otra cosa- que hay entre ambos relatos es nuestra vida. A mí me parece estremecedora la definición de vida de este pensador, porque es cierta por completo. De los dos acontecimientos que más nos atañen no somos conscientes nunca. A veces, tampoco del tiempo entre ambos.




De cómo un gran actor, como Paco Rabal, rescata el ripio para la poesía.

Yo digo que querría que esta vida que se me ha dado, este tiempo entre dos relatos, fuera una especie de ensayo general, y volver a nacer habiendo ensayado muy bien mi papel, como si del Gran Teatro del Mundo -véase Calderón- se tratara. Quizás haber leído ya a Ortega y a otros, quizás tener recuerdo de los errores cometidos, quizás realizar otros proyectos de vida que se me ocurren a veces debido a un defecto congénito de imaginación desbordada.




Pues una de las cosas que en el relato de mi vida recuerdo con consciencia es una representación del Tenorio, cuando yo tenía unos cuatro años. Se representaba en Yecla, y mi padre hacía el personaje del Comendador, el padre de doña Inés, convidado fantasmal a la mesa de don Juan. A mí no me dio miedo verlo en ese traje y con el rostro completamente blanco, pero mi hermano, un año menor, dio un alarido de espanto. En eso veo que ya estaba destinada al gusto por el teatro, pues sabía que era mi padre disfrazado, no un fantasma. Es ésta una de las tradiciones que merecería la pena recobrar. En los escenarios españoles y americanos, sobre todo en México, desde el éxito total de la obra de Zorrilla, se tiene o se tenía costumbre de poner “El Tenorio”, y lo remarco así, obviando el título real de la obra, porque es “El Tenorio” como “La Celestina” o “El Quijote”, obras que son en su totalidad dominio de un personaje magistralmente creado. Que “El Tenorio”, como obra dramática, tiene defectos es algo que todos sabemos. Jamás en mi vida he leído una obra tan ripiosa y forzada. Sin embargo, cuando se oye en el teatro, si está bien interpretada, con voluntad de arte, ni se advierte lo forzado del verso, y lo que queda en la mente del espectador es el personaje y el misterio. En otras ocasiones, cuando se hace mal, queda bien. Quiero decir que es tan popular, tan de la gente, que en ese contexto del pueblo que celebra la muerte y el más allá con una función de teatro de aficionados, necesariamente ha de estar mal, pero entonces está bien. Con todos sus ripios y sus convenciones. Los fallos literarios de la obra y los excesos románticos han pasado a ser parte de la convención escénica en las representaciones populares.



22 octubre 2009

En Ceuta




Desde el barco, llegando a Ceuta, el Peñón de Gibraltar se ve en la lejanía.


La montaña que limita Ceuta con Marruecos, por Benzú, que los ceutíes llaman la Mujer Muerta, los marroquíes Jebel Musa, y que es en realidad el gigante Abyla.

Atardecer en la playa del Chorrillo.


Desde la Muralla Portuguesa, el Puerto y, al fondo, el monte Hacho.
La corona de luces es el antiguo presidio, el castillo del Hacho.




Hacía doce años que no venía a esta ciudad en la que estoy ahora. A menudo pensaba en volver de visita y recuperar amigos y recuerdos. Eso en los tiempos modernos se llama actualización. No tenemos muchas oportunidades de actualizar lo pasado, de superponer imágenes del momento a imágenes del pasado. Lo hacemos continuamente, como un fluir, con lo que nos rodea, pero cuando cerramos una etapa de la vida, mudamos lugares y personas, actividades, paisajes y sensaciones, resulta difícil actualizar, porque el tiempo que tenemos concedido es limitado, siempre limitado. Incluso sentimentalmente somos limitados. Y sin embargo, alguna vez ocurre.
Ha tenido que venir mi hermana Pilar a vivir a Ceuta, a trabajar aquí, a abrirse un mundo, como yo me lo abrí en su momento, para que yo decida que podría recuperar parte de lo que dejé atrás. Nunca es lo mismo, desde luego, pero hago lo que puedo: superponer las nuevas imágenes, aceptar los cambios y el fluir vital, dejarme cautivar de nuevo por una ciudad llena de vida, de una vida muy peculiar, quizás injustamente ignorada por los que viven al otro lado del Estrecho. Volver a pasear por el Revellín, recorrer el paseo Marítimo, con sus espectaculares atardeceres; subir al barrio de Hadú, donde tuve mi casa y fui feliz, muy feliz; tomar un té con hierbabuena en el cafetín de sólo hombres, donde el dueño es tan amable y nos cuida paternalmente; charlar con Cristóbal, tomando una cerveza en el bar de tapas de la Calle Real, al que conocí joven interino, soltero, y encuentro ahora director de un instituto de mil alumnos, padre de familia con hijo adolescente, comer con Nati, compañera de delicada belleza casi oriental, encontrar por la calle, casualmente, a mi amiga Aixa, que sigue siendo la misma, la dulzura personificada, recorrer la muralla Portuguesa, como hacía en otros tiempos. Fascinada por ese juego de espejos en el que Ceuta se refleja en sí misma y sólo sutiles cambios delatan que la ciudad no es la misma y sigue siendo la misma, del mismo modo que me ha sucedido a mí. Ha sido un día de cumpleaños muy peculiar, el más extraño y fascinante que haya tenido nunca. Un verdadero regalo.

22 junio 2009

Mi oscuro pasado


Tener un hermano archivero no es lo mismo que tener un hermano archivador. Me temo que en mi caso se unen ambas cualidades; mi hermano Manuel es archivero de profesión y archivador de afición. Lo archiva todo. Para archivarlo todo, primero lo tiene que buscar todo. Se puede imaginar que no hay cajón, cómoda, chifonier, trastero, recoveco, armario, ni rincón casero, por recóndito que sea, que tenga secretos para él, así que todos los hermanos, si tuviéramos un poco de conocimiento, estaríamos siempre temblando. ¿Qué encontrará esta vez? ¿Qué oscuro secreto de familia encontrará en cualquier ratonera? Esta vez no sólo ha encontrado la prueba de mi oscuro pasado como "margarita", sino que además me ha amenazado con mandarle una copia a Cayo Lara, según él, para que sepa la tropa que lleva detrás. Yo me adelanto a sus amenazas, que la mejor huida suele ser hacia delante, así que publico yo misma el documento que me incrimina. Nadie se llamará a engaño cuando vea el anverso de este fatal documento. Yo no voy a negarlo ni a renegar de mi oscuro pasado. Sí, qué pasa, fui "margarita", y me harté de hacer bizcochos, de cantar y de leer cuentos, de participar en concursos de dibujo y en bailes regionales, y encima sin saber a qué causa servía con mis ocho años de sabihonda. Qué turbio pasado el mío, y casi que lo tenía olvidado, por suerte, que si no hubiera sido por mi hermano el archivador, nadie se habría enterado nunca, pelillos a la mar de la historia, y Cayo Lara no habría tenido por qué enterarse. Ahora, como se pase por aqui, ni me habla, lo que no le costará trabajo alguno, ya que nunca me ha hablado. Sólo por la tele.

Pues nada. Valor y a ello, que a lo mejor es hasta un ejercicio catártico.
Este es mi carnet de la Falange, a los ocho años, sección "Margaritas". Luego me hicieron "Lucero", como mi caballo Lucero, pero con trenzas. Más tarde, cuando tenía catorce o quince años, me llamaron para que fuera a un solemne "Te Deum", con la intención de que ya pasara de metáforas y me hiciera de verdad de la Sección Femenina de la Falange, y yo en mi inocencia les dije que no iba a ir, que ya no quería ser de eso. Sí que me hubiera gustado, eso sí, saber lo que era un solemne "Te Deum", que no me enteré yo bien hasta que vi el espectáculo de "Els Joglars" llamado "TeleDeum", pero la curiosidad no me llevó a tanto.
Y pensar que yo tenía esto oculto y secreto, y ahora viene mi Manolico a sacarlo a relucir. Sólo me consuela un poco que en una pequeña ciudad de provincias, como era Murcia entonces, yo era la "socia" 7538, o sea, que había 7537 "margaritas" antes que yo. Mal de muchas, consuelo de mujeres con oscuro pasado. Para compensar, pronto sacaré las historias del bonito castillo -que lo era antes de verdad- de Lorca, historias proporcionadas por mi hermano el archivero archivador, descubridor de todo secreto y de todos los turbios pasados de la gente y de los castillos.

31 marzo 2009

Dos viejos amigos, unos ángeles y unos nazarenos


Estos días, y con muy poca diferencia, se han inaugurado en Murcia dos exposiciones. Los pintores eran dos viejos amigos de juventud, amistad que mantuvieron a lo largo de toda su vida, hasta la muerte de uno de ellos y un poco más a través de la familia.
En el Palacio del Almudí,
José Antonio Molina Sánchez, longevo y lúcido, inaugura una exposición sobre el gran tema de su pintura, los ángeles, y en una pequeña pero bien montada sala que ha abierto el Museo Salzillo, Muñoz Barberán inaugura otra sobre uno de sus temas más queridos, las procesiones de Semana Santa. La comisaria de la exposición ha sido Pilar Muñoz, hija del pintor, y el resultado no ha podido ser más afortunado. Y no lo digo porque sea mi hermana ni la propietaria de un espacio digital estupendo, sino porque es la pura verdad. Desde el emotivo detalle de una vitrina a la entrada donde se exponen dos jarras murcianas de pinceles usados por el pintor y su maleta de pinturas, cuya tapa está decorada con un precioso paisaje de Lorca, hasta la selección de óleos, acuarelas y bocetos, pasando por una muestra de Muñoz Barberán como cartelista, todo está perfectamente cuidado.
De Molina Sánchez, sólo puedo decir que es un pintor refinado y sensible. Para mí, por otra parte, es algo más que un pintor. Es una figura de mi infancia, entrañable y querida. Recuerdo sus visitas a mi casa cuando yo era niña y que lo primero que le pedíamos al entrar, antes incluso de saludarlo y darle un beso era: "Haznos el pajarico" y entonces él abocinaba los labios, se los cubría con una mano y piaba tal que un gorrión mañanero de la huerta, de allí mismo donde tenía su hermosa casa en Murcia, donde tenía su estudio y de donde salían casi volando todos esos bellos ángeles de su pincel.
Mi padre, su gran amigo, sentía una enorme debilidad por las procesiones de Semana Santa, no en vano era lorquino y blanco. Cuando vino a Murcia, trasladó esa pasión -y nunca mejor dicho- a las de la ciudad que lo acogió como a un hijo. Formaba parte de su interés por el pueblo y todas sus manifestaciones folklóricas. Muchos Viernes Santos, al escucharse los primeros lamentos de las trompetas de escarnio y de los tambores de burla, se levantaba para acercarse a la Iglesia de los Salzillos a ver salir la procesión y a dibujar apuntes, que luego transformaba en cuadros de amanecer murciano. Por eso la exposición se llama muy acertadamente "Pasión y memoria".
Quizás este año me anime y me acerque yo también a rememorar amaneceres.
No puedo evitarlo, he querido saber qué harían las Cofradías murcianas con la cosa de los lacitos blancos. Busco y encuentro que han renunciado a ellos. Explicación ociosa y oficiosa, mía particular: no sabían dónde ponérselos, porque ya de por sí el traje de nazareno y de estante o andero lleva lacitos blancas por doquier, medias de repizco, o sea, bien caladas y bordadas, ligas con escarapelas, y otros adornos extraños que asombran a los foráneos. Bajo la túnica remangada, llevan enaguas con puntillas almidonadas. El buche que abulta la túnica morada va llena de caramelos, habas tiernas, huevos duros y monas de pascua. Dicen que antiguamente recorrían la Huerta con los pasos y que tenían que llevar provisiones para el recorrido, las que luego compartían con los que se asomaban a verlos pasar o los acompañaban. Un obispo intentó que nuestros nazarenos no fueran repartiendo habas, huevos y monas, además de caramelos, pero se le formó el pitote, con toda la razón.

06 febrero 2009

Yehudá Ha-Leví


Estos días, en medio de un trabajo intenso, que además tenía un exacto plazo de presentación, me sale al paso este libro, del 97, que de vez en cuando recupero para una lectura siempre nueva y placentera. Es buena poesía, así que el diálogo se renueva. "Ah, sí, este poema de amor que me trajo una imagen lejana de la judería de Córdoba... " o aquel otro, en el que reconoci la cercanía con el misticismo de Ibn Arabí, también llamado el Mursí. Hablo de un frecuente reencuentro con Yehudá Ha-leví. Supongo que los grandes lectores de poesía -yo realmente no lo soy, pues tengo muy escogidos mis poemas y autores- conocerán muy bien a este poeta español del siglo XI, pero no creo que sea muy conocido en general. Por eso, al releerlo, me ha parecido bien dedicarle unas líneas y copiar mi particular selección poética.

Yehudá Ha-Leví nació en Tudela, en Navarra, en el 1075. Durante bastante tiempo se le conoció como el Castellano, pues se le creía nacido en Toledo. Fue autor de un Diván de poesía (colección de poesías de uno o de varios autores, en alguna de las lenguas orientales, especialmente en árabe, persa o turco), en el que se incluyen jarchas, pequeños poemas en castellano mozárabe muy primitivo, al final de largos poemas amorosos en árabe clásico o en hebreo, llamados moaxajas. Además de esta colección poética, que incluye poemas amorosos, filosóficos, religiosos de tendencia mística, y dedicatorias de amistad, escribió un tratado histórico-religioso llamado El Kuzarí.
Se formó culturalmente en la corte de los Banu Hud de Zaragoza, donde recibió educación bilingüe en árabe y en hebreo; también dominaba el castellano. Vivió en Toledo, Córdoba y Granada, y hacia el 1130 inició una peregrinación a Tierra Santa, de la que no regresó nunca. Su muerte está rodeada de misterio, y sólo se sabe que se detuvo en Alejandría y en El Cairo, protegido por las comunidades judías de esas ciudades. Dspués se pierde toda noticia sobre su persona.

Esta es mi pequeña antología personal. Si alguien quiere leer más sobre este autor o algunos poemas, en la página amediavoz podrá encontrar más.


El día en que la acaricié sentada sobre mis rodillas
y se vio reflejada en mis pupilas,
me besó entre risas los ojos;
pero no besó en ellos sino su imagen.

************

Despierta, amor mío, de tu duermevela,
me he de saciar de tu rostro al despertar;
si ves al que besa tus labios
soy yo, que adivino tus sueños.

************

Ofra lava sus vestidos en el agua de mis lágrimas
y los pone a secar al sol de su hermosura.
No necesita el agua de las fuentes, pues tiene la de mis ojos,
ni otro sol que el de su belleza.

***********

¿Por qué sales, oh sol, y por qué brillas?
Ya ha salido la hija de Abihail,
avergonzando al sol con su belleza
y disminuyendo los resplandores del rey del día.

No escogió para vivir el cielo,
sino que convirtió el mirto en su esfera.

************

Cuando vi en mi cabeza la primera cana
la arranqué con la mano.
"Has podido conmigo", me dijo, "porque estoy sola.
¿Qué harás cuando me siga un escuadrón?"

15 enero 2009

Muñoz Barberán en el Almudí

A poco más de un año de su muerte, el Ayuntamiento de Murcia ha querido hacer un homenaje al pintor murciano Manuel Muñoz Barberán, cronista oficial que fue de la ciudad, tanto en su obra investigadora, como a través de su obra pictórica. Bajo la dirección, muy acertada, de Martín Páez, se ha organizado con sumo gusto y cuidado esta exposición retrospectiva, con cuadros provenientes de colecciones institucionales y de particulares. La exposición se ha titulado "Muñoz Barberán y la ciudad de Murcia". El pintor era lorquino, y un lorquino enamorado de su ciudad de origen, pero desarrolló toda su vida, desde la más temprana juventud en la ciudad de Murcia, aquí se casó, aquí tuvo sus hijos y aquí murió. Aquí fue honrado con numerosos premios y reconocimientos, aquí fue nombrado cronista oficial de la ciudad. Ya se sabe que Murcia está bajo el generoso emblema de la Matrona del Almudí, la cual aparta a sus propios hijos para alimentar y acoger a los ajenos.


En nuestro paseo del sábado, también vimos esta exposición, que por otras razones, fue tan emotiva como la de los grabados de Goya. En primer lugar, porque sé que al pintor le hubiera encantado saber que en la planta baja estaba su admiradísimo aragonés, mientras su obra se exponía en la sala de la planta primera. Habría llorado de la emoción, estoy segura. En segundo lugar, porque a través de estos cuadros, que no había visto desde hacía tantos años, algunos nunca, porque fueron pintados antes de nacer yo, recuperé recuerdos de una Murcia que ya no existe, pero que fue la ciudad de mi infancia y juventud. De los cuadros de recreaciones históricas de la ciudad, ni yo, ni él, ni nadie puede haber visto nada. A través de sus investigaciones sobre la arquitectura de la ciudad, recreó viejos edificios que cayeron, calles que dejaron de existir, mercados que nunca vio.

De entre todos los cuadros de la exposición, he elegido como muestra algunos de los que me llevan a la recuperación de mi infancia, sobre todo éste tan misterioso de un rincón del Jardín Botánico, que estaban al final de un gran descampado, el cual yo recorría cada mañana para ir a mi colegio en el Malecón. Cuando llegaba a este rincón, sólo tenía que bordearlo y subir las grandes escalinatas. Entre los árboles y el muro del paseo, corría una pequeña acequia en la que mi libro de literatura sufrió un remojón en un momento de descuido adolescente. Nunca volvió a ser el mismo. Bajo esos árboles, conversaciones de amigas, primeros amores, juegos, confidencias. Todo un mundo de recuerdos.



Y traigo también la airosa Torre de la Catedral, porque está unida para mí a recuerdos infantiles muy gratos. Algún domingo subía a la Torre con mi padre a escuchar dar las doce de la mañana en todo lo alto. Sonaba la campana Nona y nos atronaba los oídos. La ciudad se veía pequeña y lejana desde la altura. Más pequeña era yo, pero allí arriba la gente me parecia muy graciosa, tan diminuta, y mi padre, claro, como a cualquier niña, muy alto, mucho más que cualquier otro padre, porque era el mío y me había subido allí para oír sonar la Nona.

Si me asomaba a uno de los ventanales del salón donde un tiempo estuvo su estudio, podia ver toda la calle de Juan de la Cierva, y al fondo, muy al fondo, la calle que llevaba a San Andrés, y más al fondo, el Convento de las Agustinas. Dicen los viejos murcianos que antes llovía más. Yo dudo que sea cierto, cientifica y estadísticamente hablando, pero algo de verdad poética habrá en eso, porque hay muchos cuadros, sobre todo acuarelas, de Muñoz Barberán en los que la ciudad está bajo un cielo gris y llueve o amenaza lluvia. O es verdad lo que dicen los viejos o es verdad que le gustaba tanto ver llover y los días nublados que en cuanto uno asomaba se ponía a pintarlo. Lo de las acuarelas tiene su lógica. Si está el ambiente húmedo, no hace falta tanta agua para pintar. En el Levante siempre se ha tenido espíritu ahorrativo con el agua.


Para compensar, una plácida y soleada mañana de domingo en el Malecón, el paseo más clásico de la murcianía. Éste era el lugar al que yo llegaba después de subir las escalinatas de ese rincón primero del Botánico. Al otro lado, cercano al río, estaba mi colegio. El recreo lo pasábamos debajo de una enorme higuera del diablo, aunque también encontrábamos refugio para nuestros juegos y conversaciones bajo un gran limonero, podado y repodado para que pudiéramos sentarnos a su sombra a tomar el almuerzo. Desde allí oíamos el sonsonete de las aguas del río.



13 diciembre 2008

Quijote escolar

Es fin de semana. Mucho trabajo para terminar el trimestre. Por eso, una entrada escolar, con enigma, para distraernos un poco, un poco melancóliamente.

Este que veis aquí, maltratado por unas manos infantiles, pintarrajeado y hecho una verdadera baraja, pero amado y respetado, es el primer Quijote que yo leí. Tenía ocho años y era el curso que en tiempos se llamó "Ingreso de bachiller". Juzgad de las edades, los tiempos y las leyes educativas de entonces.

La maestra nos ponía a todas las niñas -yo era la más joven entre mis condiscípulas- en una fila a lo largo de una de las paredes del aula, de espaldas a la ventana, para que nos diera la luz sobre las páginas del libro. Nos iba indicando que leyéramos por orden de fila y si leíamos muy bien, nos adelantaba puestos. Supongo que no tenía ningún protocolo, ni objetivos, ni normas para decidir quién leía mejor y quién peor, y a juzgar por sus decisiones tenía que llevar en mente una cantidad enorme de matices en la lectura en voz alta que las niñas ignorábamos por completo. Con lo cual nos esforzábamos mucho por "leer bien" a nuestro ingenuo entender, y no siempre conseguíamos que la maestra nos adelantara puestos.


El interior del libro, además de una versión reducida -no adaptada en su lenguaje más que la imprescindible modernización de las grafías- contenía además una selección de los grabados de Doré y figuras aclaratorias de las palabras y de las expresiones. Yo decoré profusamente algunas de sus páginas, señal de que aquello era muy mío y necesitaba marcarlo de algún modo.



En la portada firmé con mi letra de ocho años, y como no me fiaba de haberlo hecho bien, o por gusto de ensayar mi recién estrenada firma, lo hice dos veces.

Luego leí otros Quijotes, ya completos, en otras ediciones. Sigo leyendo de vez en cuando capítulos sueltos, algunos años decido leer de nuevo la primera o la segunda parte. y a veces lo vuelvo a leer completo. Recuerdo muchos episodios divertidos o dolorosos, algunos de una inteligencia humana asombrosa, otros de una ternura y humor que no ha podido nunca ser superado.

El enigma, muy melancólico, es el siguiente. Teniendo en cuenta que la dómina de este blog hizo el ingreso de Bachiller precozmente, que leyó, como mandaba el plan de estudios oficial de esos años, este Quijote, ¿qué edad tiene la susodicha dómina? Prometo no revelar quién ha ganado y no confesar nunca, nunca, la verdadera edad. Como siempre, las normas del concurso, depositadas ante notario, son de una absoluta arbitrariedad. Abténganse, por favor, las personas que me conocen a fondo y las que me conocen de vista; las unas porque deberían ser respetuosas con las normas del concurso, las otras porque se equivocarán, por más o por menos. En todo caso, pueden decir algo jocoso.

04 diciembre 2008

Dedicatoria

Olvidé decir que estos eran días muy sensibles para mí. No, no son días buenos, sino llenos de melancolía y recuerdos. Además, sigue haciendo mucho frío, un helor inusitado en esta ciudad. Vamos a seguir añadiendo penas. Hoy, para más tristeza, han matado a un hombre en el País Vasco, y ya duele que esto siga, y siga, sin remedio. No sé si creer a los políticos que dicen que ya esto se acaba y que el fin está cerca. Lo he oído demasiadas veces, desde hace demasiado tiempo.


El lunes, día 1 de diciembre, hizo exactamente un año de la muerte de mi padre. Era pintor y se subía a andamios como ese en el que está, en torno a los treinta años, pintando en una iglesia. Un cuadro de ánimas, por el cual algunos feligreses se ofendieron, porque las ánimas, qué iban a hacer las pobres, no llevaban ropa. Válgame, qué tiempos.

Mi padre tenía muy buen humor, a veces un poco sarcástico, siempre irónico. En Yecla, a donde fui en viaje sentimental, después de su muerte, me contó Miguel Ortuño, uno de sus mejores amigos, que mi padre se subía un tocadiscos, de esos que se llamaban picús, a los andamios de los altos techos de la Basílica donde estaba pintando, y que ponía ópera y canciones napolitanas de Mario Lanza y otros tenores de moda. Unas señoras beatas que iban todas las tardes creyeron que era mi padre el que cantaba y cuando bajó del andamio le alabaron mucho su bel canto. Mi padre captó enseguida la idea y no las sacó de su error; les dio las gracias con humildad, diciéndoles que era un simple aficionado, y les rogó que no se lo dijeran a nadie, porque se iba a llenar la Basílica de gente y al cura no le iba a gustar tanta romería de aficionados a la ópera. Se fueron tan convencidas, en el secreto con el pintor, y volvían todas las tardes a "escucharlo".


Si se dispone de unos minutos, recomiendo oír esta canción, encarecidamente.

Uno de mis mejores consuelos en aquellos días luctuosos fue la música. Para él la música era algo imprescindible. Le gustaban la ópera y las canciones. Yo heredé ese gusto de él. Y le gustaba Kiri Te Kanawa. Por eso, aparte mi afición, yo estaba tan contenta de ir a oírla en directo. Os puedo asegurar que fue una maravilla, pero que me estuve acordando mucho de mi padre. Hubiera dado cualquier cosa por que pudiera oír la delicada voz de esta mujer, que además, vista de cerca, con unos prismáticos, parece mucho más hermosa y joven que en las fotografías. La canción de Richard Strauss que os dejo aquí interpretada por la soprano neozelandesa es la que estuve oyendo durante meses, una vez tras otra, con lágrimas en los ojos, con el corazón encogido. No la cantó en el recital de anoche, pero esa canción la llevo yo dentro de mí. Se llama "Zueignung", es decir, "Dedicatoria". Dedicada a todas las personas sensibles. Dedicada al recuerdo de mi padre.

Zueignung
Ja, du weißt es, teure Seele,
Daß ich fern von dir mich quäle,
Liebe macht die Herzen krank,
Habe Dank.

Einst hielt ich, der Freiheit Zecher,
Hoch den Amethysten-Becher,
Und du segnetest den Trank,
Habe Dank.

Und beschworst darin die Bösen,
Bis ich, was ich nie gewesen,
heilig, heilig an's Herz dir sank,
Habe Dank.

DEDICATORIA

Sí, tú lo sabes, alma querida,
que me atormenta el estar lejos de ti.
El amor hace enfermar el corazón.
¡Te doy las gracias!

Una vez yo alcé bien alto, borracho de libertad,
la copa de amatista
y tú bendeciste la libación.
¡Te doy las gracias!

Y exorcizaste así los demonios
a fin que yo, como jamás antes lo había estado,
santificado, santificado, cayera sobre tu corazón.
¡Te doy las gracias!



06 noviembre 2008

Onégeses

Me llamó mi amiga Amparo Iborra, que es muchas cosas, aparte de una magnifica persona. Es bibliotecaria de la Biblioteca Regional de Murcia. Concretamente se ocupa de la Hemeroteca y de la sección de Libros Raros y Antiguos, o algo así. No sé si tendrá algo que ver, pero ella me llamaba porque de la edición de mi libro "Onégeses", publicado por la Editora Regional de Murcia, después de todas las distribuciones quedaban unos quinces ejemplares para devolver a la autora, una servidora. Le dije que sí, que sería un placer reencontrarme con el bizantino y que venga para acá. Por cierto, amigos, Amparo firmó el manifiesto por el préstamo libre en bibliotecas, que es cosa de agradecer. "Non pago di leggere". Así que me dejó este montoncillo de libros obsoletos en casa de mi madre, en una bolsa de una cadena perfumera. Estos son. Mi segunda obra dramática. Según mi amigo César Bernad, profesor de Interpretación, actor y director de escena, "lo mejor que has escrito en tu vida, nena". Es que no ha leído mis notas de la compra ni los cuadernos de caligrafía de cuando era pequeña. Rubén Castillo dice lo mismo, pero no es de fiar por demasiado cariño.

La cosa va de Atila. Este Azote de Dios tenía un secretario bizantino, al que yo hago ser un eunuco -qué cosas se me ocurrían en los años ochenta-, que el pobre se ha quedado guardando un inexistente tesoro de su jefe, como una chota, vamos, en un paraje remoto de Hungría, donde recibe la visita de un joven romano, discípulo de Prisco, que a su vez viajó en su juventud hasta el salvaje Huno y vio el hombre que no era tan salvaje, según contó luego. La cosa no termina bien, claro, porque para eso es un dramón, entre psicológico e histórico, que no hay más. El pobre Onégeses se cree que el muchacho es el ángel de la muerte -qué delirio- y cuando descubre que nasti de plasti, en un momento de lucidez, pues va y lo atraviesa con una espada vieja que un romano se dejó por allí; vamos, que si no se muere del espadazo, se muere del tétanos un poco después. Hasta ese momento, se cuenta la historia de Atila, y sobre todo su muerte, en brazos de su última esposa Ildico. Actualmente hay en Hungría Atilas e Ildicos, o sea, gente normal con esos nombres.
Es que yo entonces era muy excesiva. Luego me moderé mucho. Y ahora soy así, como más normal. Pena que no tengo el texto digitalizado, que si no os ibais a enterar. Ah, y se me olvidaba decir, en plan autobombo y para más risa, que en el Buscón de la RAE aparece este nombre, Onégeses, con la única referencia a mi obra, porque debo de ser la única persona en el mundo que la ha usado en toda la historia de la literatura. Qué bien.

30 octubre 2008

Culto a los muertos


Resulta que me llama mi madre y me dice así, como una faenilla normal que hay que hacer, que quiere ir al Cementerio de Espinardo a llevarle flores a mis abuelos. Que son estos que veis en esta exótica foto, en su viaje de novios. No es que fueran moros, es que se vistieron para hacerse la foto en la Alhambra. Me consta que estas fotos se siguen haciendo, pero que éstas de los años veinte pertenecen ya a la historia de la Fotografía. ¿Qué le voy a decir a mi madre, cuando tengo esta foto como una joya en mi salón, que ella me la regaló? Pues nada, que a las cuatro estaré en su casa, a diez kilómetros de la mía, para llevarla a cumplir el piadoso deber. Culto a los muertos.
Cada cultura lo hace a su manera. En Marruecos, los entierran desnudos, en la tierra viva, en posición fetal y mirando a la Meca. Sobre la tumba, una sencilla piedra blanca con el nombre del difunto. Antiguamente a las mujeres no les ponían el nombre, a no ser que se hubiera ndistinguido por algo, por su belleza, o su inteligencia o su santidad. El criterio, por lo visto, era riguroso. Los marroquíes no les llevan flores a sus abuelos, sino mirto, o sea, arrayán, que es la planta del amor. Visten el luto de blanco purísimo y a un velatorio no van nunca sin un paquete de azúcar para la familia del difunto, porque piensan que no están para ir a comprar azúcar ni nada y que al menos té tendrán que tomar. La primera vez que vi un entierro en las calles de Tetuán no sabía qué demonios estaba pasando, porque iban todos a la carrera, sin perder ni un momento, cantando suras del Corán, con la caja de madera de pino, hecha de tablones, cubierta con una manta de colores. Al muerto lo sacan de la caja para enterrarlo, y no es por ahorrar, sino por el mandato de que el cuerpo toque la tierra.





Añade mi madre que el sábado iremos a Lorca a ponerle flores a la tumba de mi padre. Lloraremos de nuevo, porque aún no hace un año tan siquiera que nos dejó, y luego le pondremos alguna flor a éste, que era su padre, y a la otra que está a su lado, que era su madre. Cuando pusimos las lápidas, mi hermano dijo que debía ser algo sencillo: Manuel Muñoz Barberán, Pintor. Y al lado estaba su madre. Y dijo otro hermano: ¿Y a la abuela qué le ponemos, Bibiana Barberán Castillo, Telefonista? Porque ella fue la jefa de la central telefónica de Cehegín. Quedaba tan prosaico, que no le pusimos nada.



Y ya que estamos allí, mi hermano Manuel y yo, quizás con algún otro, iremos a ponerle una flor a este otro buen hombre, que era el bisabuelo de mi padre, enterrado en una tumba prestada por el Colegio de Abogados de Lorca, del que fue presidente en tiempos de Isabel II. El cual, con motivo de la proclamación de la Primera República firmó el siguiente llamamiento a la calma al pueblo de Lorca.

Así celebraremos los días de los Santos, de los Muertos y de las Ánimas, rindiéndoles su culto.

Por todo lo cual pienso en otros muertos a los que no se les puede rendir culto. Yo sé dónde están cada uno de mis abuelos y mis tíos, y sé dónde está mi padre. A decir verdad, sé dónde dejaron sus cuerpos sin vida. A ellos ya les da lo mismo, pero no les da lo mismo a los vivos. El culto a los muertos es tan antiguo como el despertar de la inteligencia humana. Negarles sepultura y lugar determinado a los muertos es un pecado contra la humanidad. Eso es lo que se pretende subsanar con la Ley de la Memoria Histórica. Eso es lo que quiere hacer Garzón con los miles de muertos abandonados en las cunetas de España y los eriales junto a los cementerios. Los que reniegan de esta memoria tienen a sus muertos bien enterrados y cubiertos de flores estos días. Hay muchas familias españolas que tienen que ir a un barranco suponiendo que sus muertos están allí, pero sin saberlo a ciencia cierta. Un respeto también a esos vivos.

Antígona se la jugó hasta la muerte por echar un poco de vino y un poco de tierra sobre los restos de su hermano muerto en el lado equivocado. Al que había estado al lado de los vencedores ya se le habían hecho todos los ritos necesarios y se le habían rendido honores militares. Para un griego clásico, no recibir esos ritos funerarios era peor que ir al infierno; su alma vagaría en un lugar entre el cielo y la tierra, como una sombra en pena constante. Era el deber moral de Antígona rendir ese culto a su hermano muerto. Lo hizo y le costó morir de hambre y sed encerrada en una cueva. Hay actualmente en España muchas Antígonas tratando de echar un poco de tierra, unas gotas de vino, sobre los cuerpos fusilados de los vencidos. Que se les permita de una vez sin condenarlos al oprobio y a la vejación, sin poner en duda su honrado deseo. No es revancha, no es resentimiento, no es abrir viejas heridas. Es honrar a los muertos.

18 septiembre 2008

Retrato


Manuel Muñoz Barberán
1921-2007
Retrato de su hija Fuensanta a los treinta años

17 septiembre 2008

Enterrar y callar

Mi padre, por la misma fuerza de su biografía, era pacifista sin tener una conciencia clara de ello, es decir, sin adscribirse a este movimiento. Los sangrientos recuerdos de la Guerra Civil obraron su terrible labor en él hasta sus últimos días. Vivió aquel horror en su adolescencia. Cuando se desataba una guerra en cualquier parte del mundo lo sentía como un revivir aquello que nunca se había borrado de su recuerdo. Impresionado por una foto periodística de la guerra de los Balcanes, pintó este terrible cuadro que no es muy conocido y que se escapa de su habitual amabilidad. Estuvo expuesto en el palacio de San Esteban en la exposición retrospectiva, un año antes de su muerte.

16 septiembre 2008

Mesa de estudio de Muñoz Barberán


Pues alguien me ha pedido que suba algo de obra de mi padre. Para los que no me conocen diré que mi padre se llamaba Manuel Muñoz Barberán, que era pintor, pero también investigador histórico, además de tener sus puntas de escritor. Murió en diciembre de 2007 con ochenta y seis años. Como yo soy su hija, qué podría decir que ya no se imagine. Aquí dejo este emblemático cuadro suyo, su mesa de estudio. Si se amplía la foto, en el cristal de la ventana se puede ver un ligerísimo autorretrato. Esta es una de sus pinturas preferidas por mí. Cuando miro este cuadro, me parece que reviven las sensaciones del estudio de un pintor, con sus olores peculiares a óleos, a madera, a cola y esencia de trementina. Mi padre fumaba moderadamente, así que hay que añadir el aroma de los cigarrillos negros.

11 junio 2008

Zueignung




Ja, du weisst es, teure Seele,
Dass ich ern von dir mich quäle,
Liebe macht die Herzen krank,
Habe Dank.

Einst hielt ich, der Freiheit Zecher,
Hoch den Amethysten-Becher
Und du segnetest den Trank,
habe dank.

Und beschworst darin die Bösen,
Bis ich, was ich nie gewesen,
Heilig, heilig an's Herz dir sank,
habe dank!

Hermann von Gilm