05 junio 2007

"Zafirula mira el valle", un poema de Soren Peñalver

En aquella fresca terraza donde yo cultivaba, o más bien dejaba crecer a su modo, petunias de variados colores, una noche de primavera Soren nos obsequió con este tierno poema. Es bello en sí, pero explicadas las circunstancias por él mismo, aún se hacía más bello. Un hermoso valle griego mirando al mar y en lo alto de una de las cumbres un rústico cementerio. Una de las tumbas era de una joven llamada Zafirula, extraño y sugestivo nombre. La lápida, como ocurre en muchas tumbas de cementerios pueblerinos, tenía su foto. La muchacha, eternamente, miró desde allí el valle y el mar entre los pinos. Es uno de los poemas de Soren que más amo. La muerte juvenil es dolorosa, pero detiene la imagen de la ternura para siempre.


ZAFIRULA MIRA AL VALLE

Con su falda bien plisada

cuajada de flor de almendro,

la vista absorta y confiada,

Zafirula mira al valle. Espectros

de oro humean las cimas de los amados

montes. La mocedad ruidosa corteja

en los miradores de Arajova,

al influjo vernal del parhelio

insólito. Una lengua de zafiro

y alumbre se insinúa en Itea

(el mar es que fisga por entre

el olivar, sonriente su rostro

antiguo). Sólo para Rula Dios abre

la puerta cancel de este húmedo

parquecillo íntimo, en la tarde

de primavera precipitada. Rumorea

con la noche más el plátano,

el madroño, el pino, el ciprés

y los canalillos de Castalia

la fría, asomados al vacío florido.

Los pétalos rosados, como fragante

rocío, sobre el nombre luminoso

y sus cortos años sencillos, llueven

quedos. A su juventud ofrendado,

para ella eleva Dios el valle mismo,

incensario de pancracios y muscaris

que graciosamente ciñen sus negros

cabellos y modesta frente. Aquel

que guía los pasos evanescentes

de la querida muchacha por las sendas,

por las sombras de los emparrados

blancos y las glorietas irisadas

que confluyen en la eternidad,

celoso se hoza en su mutismo,

impenetrable e impío enigma.

SOREN PEÑALVER

2 comentarios:

zanguanga dijo...

Muy bonito, gracias, va a ser un gustazo seguir la serie de poemas de Soren :)

Clares dijo...

Gracias por tu comentario. Es verdad que es un poema precioso y muy tierno, aunque también terrible en ese final en el que la divinidad, que ofrece un panteón natural espléndido a la niña muerta, a la vez hoza como un cerdo salvaje en el misterio impío de la muerte juvenil, toda una blasfemia.
No tengo muchos más poemas de Soren, pero los que tengo, ya que él me dio su permiso, los iré poniendo en el blog. Espero que gusten mucho, como me ocurre a mí.