24 febrero 2010

Rubén Castillo se asoma al infierno

Parecía que no me iba a atrever nunca, pero al fin me decido a comentar mi lectura de la novela "Las grietas del infierno" de Rubén Castillo, estupendo escritor y buen amigo, que por cierto, este año ha ganado la edición del Premio Gerald Brenan de Cuentos. Teniendo en cuenta que la leí a finales del verano, dirá la gente que por qué no he dicho nada antes. Porque me daba un poco de miedo el tema del que trata la novela. Porque es una amenaza concreta en el caso que Rubén novela, pero que puede ser extendida a la enseñanza en general y a otro tipo de casos. Porque refleja el inevitable temor del que enseña institucionalmente, que sabe de lo perversos, crueles e inocentemente malvados que pueden llegar a ser las criaturas que educamos. O que tratamos de educar. Y por qué no, extensible a cualquier profesión, siempre que trate con humanos, que es que no tenemos arreglo. Así en esta novela todos esos temores, con fundamento real o fantaseados, tienen su cabida, desde una historia que se cuenta sobre testimonios de diferentes personajes, en la que asistimos, impotentes, a la destrucción de un ser humano.

No queda claro nunca, y esto es un acierto, en tanto que nos inquieta y nos perturba durante toda la lectura, si hubo verdad en aquello de lo que el profesor Pablo Conesa fue acusado, o si fue, como en aquella terrible película protagonizada por Audrey Hepburn y Shirley Maclaine, una conspiración maliciosa contra una persona que no supo defenderse, debilitada por su propia sensibilidad y su carácter emotivo y silencioso. 

A veces, cuando veo una persona sin hogar en una plaza pública, sobre todo cuando observo en ella algo de lo que pudo ser un día, que quizás provenga de un grupo social afortunado, de una familia acomodada, en fin, que intuyo que no tenía en principio las condiciones sociales previas para estar en la calle, me pregunto cómo ha llegado a esa situación y qué cosas han ocurrido en su vida para terminar de ese modo. En ocasiones, he podido enterarme de casos muy penosos y he sentido que nadie está libre de una degradación semejante, que pendemos de un hilo, de un error, incluso del error o la mala intención de otro. Inquietud. Malestar. Atisbos del infierno. En todo ello se resume el sentimiento que provoca la novela de Rubén Castillo. Ante tanta degradación y tanto abandono, que no recuerdo yo en toda la novela ni una palabra de aliento, ni un apoyo incondicional auténtico, excepto una visita, que nada soluciona ni nada aporta a la regeneración del hombre hundido, pues ocurre ya en un punto casi irreversible, sólo se puede sentir amargura. Incluso, en estos tiempos en que el acoso sexual se castiga por la ley, pero más aún se sanciona en la sociedad, llegué a plantearme si correspondía esa caída tan drástica a la acción del protagonista, incluso si todo fuera cierto. Con todo, se queda en la ambigüedad del juicio. El narrador oculto no nos da la posibilidad de juzgar. 

He leído por ahí los comentarios de alumnos de un instituto, un poco enfadados por no saber la  verdad finalmente. Lo comprendo. Los adultos podemos asumir el desasosiego de no saber, porque estamos muy acostumbrados ya a nuestra ignorancia, pero los jóvenes, que de inmediato se ponen de parte del débil, cuando no son malvados, ni perversos, y sobre todo cuando leen una historia y el débil es el protagonista, quieren saber, que se lo digan de una vez, quién era el malo y quién era el bueno.  Si son un poco despabilados, se darán cuenta de que el novelista, por mucho que se haya querido ocultar tras los testimonios de personajes varios, se decanta también por el débil, que es el protagonista, y al fin y al cabo, es quien paga más duramente. Como Rubén no lo va a decir, ¿a que no?, lo digo yo. Es una muy interesante novela, para leer con calma y presencia de ánimo, que si no te pones de los nervios, sobre todo si te dedicas a esto de desasnar críos.

17 comentarios:

cabopá dijo...

Al leer lo que dices de esta novela
Me he acordado de un señor que estuvo viviendo en una furgoneta durante varias semanas, frente a mi casa.(cuando viviamos en Madrid)
Allí tenía todo lo que llevaba consigo,lo puesto y lo impuesto...
Recuerdo observarlo desde la ventana.No era agradable.Nosostros en el calor del hogar y él en el fragor de su furgoneta-casa-cama-lavabo....No sé si tendrá algo que ver con la trama,pero a mi se me ha ocurrido esta historia real...
Hay escenas de la vida que de verdad hya que tener presencia de ánimo como tu dices.
Besicos.

M.M. Clares dijo...

Cada vez más gente anda al borde del abismo. Y en los paseos por esa frontera, elegidos o forzados, o se aprende deprisa o se cae del otro lado. Un mal día, y muchos otros rumiando en círculos la misma idea, es a veces suficiente. Intentaré hacerme con el libro por si hay pistas de por dónde es mejor no aparecer.

Oye, Fuensanta, ponme un correo con la matraca informática que hay que montar para poner un gadget con una galería de fotos. A ver si animo un poco los bordes el blog que se me están quedando Mustios. Gracias.

Por cierto. Métete en el blog ese que he puesto en el mío (Flores y Palabras) Verás lo que es primavera. Además, la que lo lleva es hija de un fotógrafo catalán que se relacionaba con Gaya. Hace unas fotos muy buenas y sabe de otras muchas cosas, como arte.

Rubén dijo...

Gracias, Fuensanta. Me gusta que me lea la gente que sabe leer. Y estás en el grupo, claramente. Un beso desde Molina.

Clares dijo...

Manuel, ahora te hago caso y te mando cosas. Por cierto que he encontrado a la especialista en Quevedo y en unos días nos podemos enterar de la cosa de las tenazas.

Clares dijo...

Rubén, tu novela es una de las que más me ha inquietado en mucho tiempo. Quizás por eso he tardado tanto en comentarla. No te puedo decir que es preciosa, porque es un verdadero viaje a los infiernos, a mirar por las grietas y apartar la mirada, pero me parece una buena novela, y ya te digo, muy inquietante. Respecto a lo de saber leer, no sé, me enseñó mi seño Encarna muy rebién. Besicos.

Clares dijo...

Cabopá, menuda experiencia, no la quiero para mí, por pura cobardía. Tiene que ver con la trama en un sentido, pero no es eso exactamente. Es peor. Te aconsejo que leas la novela, pero cuando estés de buen ánimo, para llevarla adelante y que no te coma la moral.

Antonio Parra Sanz dijo...

Grandes tus palabras, Fuensanta, muy bien interpretada la novela, y eso que el maquiavélico de Rubén la montó para que fuéramos los demás quienes sacásemos conclusiones. Es una novela verdaderamente extraordinaria, lo cual no es nada extraño teniendo en cuenta cómo escribe quien la ha escrito. Un placer doble, la lectura de Rubén y la tuya.Besos.

Clares dijo...

Muchas gracias, Antonio. La verdad es que me ha costado mucho decirlas, porque el tema me parece inquietante, y una llega a una edad en que mejor no se inquieta por nada. La novela es muy interesante, literaria y humanamente. Te tengo que poner en el blogroll, que me gusta estar al tanto de lo que haces, pero la verdad es que tengo que encontrar el momento. Besicos.

Elvira dijo...

Hola Clares: esta novela suena muy interesante, y más para los que conocemos esta profesión. Aunque ahora tengo una pila de libros pendientes de leer... estoy en fase de lectura lenta.

Me ha sorprendido leer en los comentarios que te recomendaban mi blog, pues muchas gracias, de verdad!! Sólo un detalle, mi padre era arquitecto, la fotografía era para él un hobby muy placentero. Y yo también tuve el gusto de conocer a Ramón Gaya, un gran pintor y gran conversador.

Saludos

Leandro dijo...

En tareas pendientes desde hace unas semanas. Acerca de algo que dices en tu entrada: las conductas punibles, como su propio nombre indica, tienen su pena tipificada en las leyes penales. Lo demás, los juicios paralelos, la muerte civil, es inhumano. Sea quien sea el culpable

Superwoman dijo...

A veces, cuando se me escapa aquello de que ya no hay pelis/musica/libros como los de antes me siento vieja, pero reconozco que en eso de no saber realmente lo que esta pasando sigo siendo terriblemente joven... lo dejo para cuando empiece a desasnar adultos otra vez.
Un supersaludo

Isabel Martínez dijo...

Pues mira, Clares, otro pique de curiosidad que tendré que satisfacer.
Besicos.

Joselu dijo...

No sé muy bien de qué va pero por algunos atisbos de lo que dices, me recuerda a otras novelas protagonizadas por profesores que sufren un verdadero descenso a los infiernos. Me refiero a La mancha humana de Philip Roth y Desgracia de Coetzee. Es un tema espinoso y afilado, más en tiempos en que las apariencias te condenan enseguida y luego ya no hay solución. Sé de un profesor que estaba a punto de jubilarse tras una brillante y meritoria carrera, pero en los últimos meses cedió a decir algo inconveniente a una alumna atractiva que se le presentó en su seminario. El caso es que se supo, todo se amplió y tuvo que ser cesado y se retiró lleno de vergüenza y oprobio. La profesión de profesor está mantenida por hilos muy finos, que más vale que no fallen. Nadie está libre de peligro. Y hay muchas clases de peligro. La novela parece muy interesante. Al menos no es la típica y manida historia del profesor maravilloso que llega a un instituto de muchachos cafres y los convierte por su carácter en modélicos. Un cordial saludo.

Pilar dijo...

Uyhss...!!
Salgo de la impresión gozosa de ver a Rubén, al que le mando un montón de besos, y hago un repaso por la novela, que leí hace bastante tiempo. En esas páginas se respira, se huele, a insitituto, como siempre Rubén es un magnífico documentalista de la realidad, cualquiera de los que sabemos qué son esos pasillos creo que podemos darnos cuenta de toda la realdiad que hay recogida, hasta los nombres suenan a departamento. Eso hace pensar que la novela se aproxima a lo que llamamos "juvenil", de hecho podría ser leída como tal para un público, creo yo, más cercano a joven que a juvenil, porque al final en lo que deviene es en estudio psicológico de personajes y en una propuesta sobre los laberintos intrincados de la comunicación humana. Eso es lo que más me gustó de ella, y por eso me gusta siempre preguntarle a Rubén algo muy original, oye ¿y al final era o no era, él o ella, pero tú crees que...jajajajaaj
Rubén, mil besos, a ti también Clares. Me encanta veros aquí recogidos a los dos, tan bonicos.

Miguel dijo...

No he leído la novela, pero al hilo de lo que comentas, adivino un contenido intrincado rozando lo infernal. Y es que en la vida existen circunstancias de esas que tú mencionas. Siempre que veo alguna persona marginada o fuera del camino de la vida, digamos al uso o correcta, me pongo a pensar. Y me pongo serio. Porque intuyo grandes impotencias en el desarrollo de la personalidad. Y siempre me pregunto si realmente no hay salida de ese infierno. Me pasa como a ti cuando has leído la novela. Una inquietud me invade y no sé qué hacer.

Un abrazo.

Elempecinadocarlos dijo...

Yo quiero leerla, nena. ¿Estará en la Biblioteca Regional? Un beso.

Leandro dijo...

La terminé ayer. Una magnífica pesadilla; de aquí en adelante, pasar por la puerta del IES Miguel de Cervantes no volverá a ser lo mismo.

Sólo dos peros.

Uno, para tu comentario: pienso que sí queda claro si hubo verdad en aquello de lo que el profesor Pablo Conesa fue acusado, o si fue (...) una conspiración maliciosa contra una persona que no supo defenderse, debilitada por su propia sensibilidad y su carácter emotivo y silencioso. El autor no es neutral. La historia tiene víctima y verdugo. Todos los testimonios que se recogen son de referencia (Pablo me dijo, Sonia me contó). Todos, salvo dos: el del protagonista, qué no deja de ser interesado, y otro. En ese testimonio, de forma expresa, y en todos los demás, de manera tácita, se encuentra la verdad de lo que se narra. Y creo que tu propio comentario denota que tú tampoco eres ajena a eso.

El otro pero, me lo reservo. Es cuestión de ser cada día un poco menos pedante y tocapelotas, y en la medida de lo posible, ir mejorando como persona. Aún estamos a tiempo