08 enero 2008

Carta del Más Allá


















He recibido estas Navidades una carta del Más Allá. Nadie piense que he perdido la chaveta o que soy una médium o, simplemente, una crédula. Nada fuera de lo normal, al parecer. Es completamente cierto que mi abuela Bibiana, la madre de mi padre, muerta hace quince años, me ha felicitado este año la Navidad. La prueba irrefutable, esa carta de su puño y letra no fechada.
Hace una semana me la entregó mi madre. Debió llegar dentro de un sobre mayor o bien ella lo entregó en mano a alguien que fue a visitarla. Bendito este tiempo en que se reciben cartas del Otro Mundo, mensajes de hace muchos años. La casa familiar de Sangonera anda revuelta; todo se cambia de sitio, todo se reordena y se acomoda a la falta de una pieza que fue de la mayor importancia, y entonces, inevitablemente, aparecen los mensajes de ultratumba. Este yacía en un cajón, nadie me lo había entregado antes, porque esperaba, como el anillo, su tiempo exacto de aparición. Como decía Yourcenar, el azar -el destino- tiene sus leyes, pero las desconocemos, y por eso le llamamos azar. Esperaba precisamente el tiempo en que yo debía leerla. Ahora.
Es una cartita llena de amor. Mi abuela nació a finales del siglo XIX -de hecho, murió hace quince años, habiendo cumplido los cien. Como niña asistió a las fiestas de fin de siglo y siempre lo relataba como algo gradioso, y eso que su niñez no salió nunca de una ciudad pequeña, pero incluso allí se hicieron grandes celebraciones finiseculares. Parece ser que lo que más le impresionó fue ver el vuelo de un globo aerostático. Mirada de niña atónita ante los primeros milagros tecnológicos; luego fue jefa de teléfonos, también un invento finisecular.
Ella escribía con ese estilo familiar de su tiempo, donde había fórmulas precisas según el grado de parentesco, confianza o cariño. Le gustaba escribir cartas. Tenía una amiga de juventud que vivía en Madrid, María Ladrón de Guevara, a la que escribió con frecuencia hasta edad muy avanzada. Nunca le dijeron en qué momento su amiga del alma había muerto; hacía unos años que ya no podían escribirse, y a veces se quejaba de que María no le había contestado a su última carta.
Pues la carta que estos días he recibido yo de ella está escrita en ese estilo que he dicho, pero como hay un algo en la voz de tinta del que escribe que va más allá del estilo y más allá de cualquier fórmula retórica o convenciones de época, a mí, desde el más allá, en esta letra escolar antigua, pero deformada ya por la edad, me llega su calidez, su piel blanca como masa de pan, su sonrisa desdentada, tierna, su bondad natural. Me dan ganas de contestarle con una postal de Florencia, por ejemplo, o de su querida Lorca, pero no sabría a qué buzón echarla. Sé que ya no puedo ir a Cehegín a verla y sentarme a su lado, a escuchar sus historias, que abarcaban todo el convulso siglo pasado, mientras la veo hacer interminables y primorosas labores de ganchillo. De crochet, para estar a la altura de la época.

1 comentario:

el brazo de cervantes dijo...

Emocionante.Qué recuerdos de pronto. Muy emocionante.