03 noviembre 2010
Otoño barroco
03 noviembre 2009
Don Juan en los escenarios
Hay ya algunas voces, tanto en la red como en la vida cotidiana, que piden la recuperación de las tradiciones relativas a Todos los Santos y las Ánimas. Con toda seguridad esto es debido a la cada vez mayor extensión de costumbres foráneas, como el Halloween, que convierte a los jóvenes por una noche en monstruos americanos, pidiendo por ahí dulces y aporreando todo lo que encuentran a su paso. El joven coquetea con la muerte porque la cree lejana y ajena. El joven se puede permitir jugar con la muerte, sin ser consciente de lo que dice en toda su sabiduría la Celestina: “Tan presto muere el carnero como el cordero. No hay joven que no pueda morir mañana ni viejo que no pueda vivir un año más”. Tampoco saben lo que dice Ortega acerca de la vida, a la cual define como un tiempo entre dos relatos; el primero, que es mítico pues sólo lo conocemos por el relato que nos hacen, el de nuestro nacimiento; el otro, que se convertirá en mítico, pero que nosotros no escucharemos jamás como relato, el de nuestra muerte, la de cada uno. El tiempo -tiempo, no otra cosa- que hay entre ambos relatos es nuestra vida. A mí me parece estremecedora la definición de vida de este pensador, porque es cierta por completo. De los dos acontecimientos que más nos atañen no somos conscientes nunca. A veces, tampoco del tiempo entre ambos.
Yo digo que querría que esta vida que se me ha dado, este tiempo entre dos relatos, fuera una especie de ensayo general, y volver a nacer habiendo ensayado muy bien mi papel, como si del Gran Teatro del Mundo -véase Calderón- se tratara. Quizás haber leído ya a Ortega y a otros, quizás tener recuerdo de los errores cometidos, quizás realizar otros proyectos de vida que se me ocurren a veces debido a un defecto congénito de imaginación desbordada.

Pues una de las cosas que en el relato de mi vida recuerdo con consciencia es una representación del Tenorio, cuando yo tenía unos cuatro años. Se representaba en Yecla, y mi padre hacía el personaje del Comendador, el padre de doña Inés, convidado fantasmal a la mesa de don Juan. A mí no me dio miedo verlo en ese traje y con el rostro completamente blanco, pero mi hermano, un año menor, dio un alarido de espanto. En eso veo que ya estaba destinada al gusto por el teatro, pues sabía que era mi padre disfrazado, no un fantasma. Es ésta una de las tradiciones que merecería la pena recobrar. En los escenarios españoles y americanos, sobre todo en México, desde el éxito total de la obra de Zorrilla, se tiene o se tenía costumbre de poner “El Tenorio”, y lo remarco así, obviando el título real de la obra, porque es “El Tenorio” como “La Celestina” o “El Quijote”, obras que son en su totalidad dominio de un personaje magistralmente creado. Que “El Tenorio”, como obra dramática, tiene defectos es algo que todos sabemos. Jamás en mi vida he leído una obra tan ripiosa y forzada. Sin embargo, cuando se oye en el teatro, si está bien interpretada, con voluntad de arte, ni se advierte lo forzado del verso, y lo que queda en la mente del espectador es el personaje y el misterio. En otras ocasiones, cuando se hace mal, queda bien. Quiero decir que es tan popular, tan de la gente, que en ese contexto del pueblo que celebra la muerte y el más allá con una función de teatro de aficionados, necesariamente ha de estar mal, pero entonces está bien. Con todos sus ripios y sus convenciones. Los fallos literarios de la obra y los excesos románticos han pasado a ser parte de la convención escénica en las representaciones populares.
07 abril 2009
31 marzo 2009
Dos viejos amigos, unos ángeles y unos nazarenos

En el Palacio del Almudí,
José Antonio Molina Sánchez, longevo y lúcido, inaugura una exposición sobre el gran tema de su pintura, los ángeles, y en una pequeña pero bien montada sala que ha abierto el Museo Salzillo, Muñoz Barberán inaugura otra sobre uno de sus temas más queridos, las procesiones de Semana Santa. La comisaria de la exposición ha sido Pilar Muñoz, hija del pintor, y el resultado no ha podido ser más afortunado. Y no lo digo porque sea mi hermana ni la propietaria de un espacio digital estupendo, sino porque es la pura verdad. Desde el emotivo detalle de una vitrina a la entrada donde se exponen dos jarras murcianas de pinceles usados por el pintor y su maleta de pinturas, cuya tapa está decorada con un precioso paisaje de Lorca, hasta la selección de óleos, acuarelas y bocetos, pasando por una muestra de Muñoz Barberán como cartelista, todo está perfectamente cuidado.
De Molina Sánchez, sólo puedo decir que es un pintor refinado y sensible. Para mí, por otra parte, es algo más que un pintor. Es una figura de mi infancia, entrañable y querida. Recuerdo sus visitas a mi casa cuando yo era niña y que lo primero que le pedíamos al entrar, antes incluso de saludarlo y darle un beso era: "Haznos el pajarico" y entonces él abocinaba los labios, se los cubría con una mano y piaba tal que un gorrión mañanero de la huerta, de allí mismo donde tenía su hermosa casa en Murcia, donde tenía su estudio y de donde salían casi volando todos esos bellos ángeles de su pincel.
Mi padre, su gran amigo, sentía una enorme debilidad por las procesiones de Semana Santa, no en vano era lorquino y blanco. Cuando vino a Murcia, trasladó esa pasión -y nunca mejor dicho- a las de la ciudad que lo acogió como a un hijo. Formaba parte de su interés por el pueblo y todas sus manifestaciones folklóricas. Muchos Viernes Santos, al escucharse los primeros lamentos de las trompetas de escarnio y de los tambores de burla, se levantaba para acercarse a la Iglesia de los Salzillos a ver salir la procesión y a dibujar apuntes, que luego transformaba en cuadros de amanecer murciano. Por eso la exposición se llama muy acertadamente "Pasión y memoria".
Quizás este año me anime y me acerque yo también a rememorar amaneceres.

No puedo evitarlo, he querido saber qué harían las Cofradías murcianas con la cosa de los lacitos blancos. Busco y encuentro que han renunciado a ellos. Explicación ociosa y oficiosa, mía particular: no sabían dónde ponérselos, porque ya de por sí el traje de nazareno y de estante o andero lleva lacitos blancas por doquier, medias de repizco, o sea, bien caladas y bordadas, ligas con escarapelas, y otros adornos extraños que asombran a los foráneos. Bajo la túnica remangada, llevan enaguas con puntillas almidonadas. El buche que abulta la túnica morada va llena de caramelos, habas tiernas, huevos duros y monas de pascua. Dicen que antiguamente recorrían la Huerta con los pasos y que tenían que llevar provisiones para el recorrido, las que luego compartían con los que se asomaban a verlos pasar o los acompañaban. Un obispo intentó que nuestros nazarenos no fueran repartiendo habas, huevos y monas, además de caramelos, pero se le formó el pitote, con toda la razón.
11 febrero 2009
Instrucciones previas
Pues bien, me he bajado todos los documentos necesarios, a saber: documento de instrucciones previas, solicitud de inscripción en el registro de instrucciones previas, datos sanitarios del otorgante, nombramiento del representante, declaración de testigos y declaración de veracidad de los datos. Un tocho. Más dos fotocopias del carnet de identidad.
Y para que se sepa, digo (por si se me cae el techo encima esta noche y no da tiempo), entre otras cosas, como los casos calamitosos en que me puedo ver:
"Teniendo en cuenta que para mi proyecto vital es muy importante la calidad de vida, es mi deseo que no se prolongue cuando la situación es ya irreversible.
Teniendo en cuenta lo anteriormente expuesto, y de acuerdo con los criterios señalados, es mi voluntad que, si a juicio de los médicos que entonces me atiendan (siendo por lo menos uno de ellos especialista) no hay expectativas de recuperación sin que se sigan secuelas que impidan una vida digna según yo lo entiendo, mi voluntad es que:
- No sean aplicadas -o bien se retiren si ya han empezado a aplicarse- medidas de soporte vital o cualquier otra que intenten prolongar mi supervivencia.
- Se instauren medidas que sean necesarias para el control de cualquier síntoma que pueda ser causa de dolor o sufrimiento.
- Se me preste una asistencia necesaria para proporcionarme un digno final de mi vida, con el máximo alivio del dolor, siempre y cuando no resulten contrarias a la buena práctica clínica.
- No se me administren tratamientos complementarios y terapias no contrastadas, que no hayan demostrado su efectividad para mi recuperación y prolonguen fútilmente mi vida".
Además, dono mis órganos, los que haya dejado en buen uso, que eso ya veremos con el trote que llevo, para trasplantes, digo que deseo ser inhumada, por decir algo, que ya más o menos me da igual, y que la asistencia deseo recibirla en mi domicilio. De la asistencia espiritual, nada, lo que buenamente me llegue sin nadie por medio. Si puedo decirlo, que tengo que consultarlo, deseo que nadie hable fuerte a mi lado y tampoco de mi situación, así como oír un poco de música y que esté todo en penumbra, que la luz siempre me molesta mucho. Y nada más. Morirme, y sanseacabó. De verdad, de verdad, yo preferiría no morirme en absoluto, nada, ni un poco ni un mucho, pero como no hay más remedio, por lo menos me doy el gusto de dejar instrucciones previas, que tal y como se están poniendo las cosas, ya no hay compasión para nadie.
Y la foto que he puesto no tiene nada que ver con esto, aunque en el fondo sí. Era una niña de porcelana que tenía mi abuela María en su vitrina; a mí de niña me gustaba mucho verla, por esas ropas tan bonitas, porque le faltaba un zapato y lloraba con el dedo en la boca. Ahora la tiene una prima mía, porque a mí me dio gusto dársela, ya que por circunstancias la tenía yo. Sabía que ella la quería, así que pensé que le hacía unas fotos y que se la daba. Al final, de todo hay que despedirse. Si me despedí de mi abuela, que yo la quería mucho, con menos pena me iba a despedir del bibelot, ya que la niña que era yo mirando aquella otra niña de porcelana, con esas ropitas, sin un zapato y llorando, hacía mucho tiempo que ya no existía. Mi prima, me parece, no filosofa tanto como yo. Que la disfrute mucho, que es muy buena chica y se lo merece.
04 diciembre 2008
Dedicatoria

El lunes, día 1 de diciembre, hizo exactamente un año de la muerte de mi padre. Era pintor y se subía a andamios como ese en el que está, en torno a los treinta años, pintando en una iglesia. Un cuadro de ánimas, por el cual algunos feligreses se ofendieron, porque las ánimas, qué iban a hacer las pobres, no llevaban ropa. Válgame, qué tiempos.
Mi padre tenía muy buen humor, a veces un poco sarcástico, siempre irónico. En Yecla, a donde fui en viaje sentimental, después de su muerte, me contó Miguel Ortuño, uno de sus mejores amigos, que mi padre se subía un tocadiscos, de esos que se llamaban picús, a los andamios de los altos techos de la Basílica donde estaba pintando, y que ponía ópera y canciones napolitanas de Mario Lanza y otros tenores de moda. Unas señoras beatas que iban todas las tardes creyeron que era mi padre el que cantaba y cuando bajó del andamio le alabaron mucho su bel canto. Mi padre captó enseguida la idea y no las sacó de su error; les dio las gracias con humildad, diciéndoles que era un simple aficionado, y les rogó que no se lo dijeran a nadie, porque se iba a llenar la Basílica de gente y al cura no le iba a gustar tanta romería de aficionados a la ópera. Se fueron tan convencidas, en el secreto con el pintor, y volvían todas las tardes a "escucharlo".
Si se dispone de unos minutos, recomiendo oír esta canción, encarecidamente.
Uno de mis mejores consuelos en aquellos días luctuosos fue la música. Para él la música era algo imprescindible. Le gustaban la ópera y las canciones. Yo heredé ese gusto de él. Y le gustaba Kiri Te Kanawa. Por eso, aparte mi afición, yo estaba tan contenta de ir a oírla en directo. Os puedo asegurar que fue una maravilla, pero que me estuve acordando mucho de mi padre. Hubiera dado cualquier cosa por que pudiera oír la delicada voz de esta mujer, que además, vista de cerca, con unos prismáticos, parece mucho más hermosa y joven que en las fotografías. La canción de Richard Strauss que os dejo aquí interpretada por la soprano neozelandesa es la que estuve oyendo durante meses, una vez tras otra, con lágrimas en los ojos, con el corazón encogido. No la cantó en el recital de anoche, pero esa canción la llevo yo dentro de mí. Se llama "Zueignung", es decir, "Dedicatoria". Dedicada a todas las personas sensibles. Dedicada al recuerdo de mi padre.
Ja, du weißt es, teure Seele,
Daß ich fern von dir mich quäle,
Liebe macht die Herzen krank,
Habe Dank.
Einst hielt ich, der Freiheit Zecher,
Hoch den Amethysten-Becher,
Und du segnetest den Trank,
Habe Dank.
Und beschworst darin die Bösen,
Bis ich, was ich nie gewesen,
heilig, heilig an's Herz dir sank,
Habe Dank.
DEDICATORIA
Sí, tú lo sabes, alma querida,
que me atormenta el estar lejos de ti.
El amor hace enfermar el corazón.
¡Te doy las gracias!
Una vez yo alcé bien alto, borracho de libertad,
la copa de amatista
y tú bendeciste la libación.
¡Te doy las gracias!
Y exorcizaste así los demonios
a fin que yo, como jamás antes lo había estado,
santificado, santificado, cayera sobre tu corazón.
¡Te doy las gracias!
01 noviembre 2008
30 octubre 2008
Un regalo de Todos los Santos
Culto a los muertos

Cada cultura lo hace a su manera. En Marruecos, los entierran desnudos, en la tierra viva, en posición fetal y mirando a la Meca. Sobre la tumba, una sencilla piedra blanca con el nombre del difunto. Antiguamente a las mujeres no les ponían el nombre, a no ser que se hubiera ndistinguido por algo, por su belleza, o su inteligencia o su santidad. El criterio, por lo visto, era riguroso. Los marroquíes no les llevan flores a sus abuelos, sino mirto, o sea, arrayán, que es la planta del amor. Visten el luto de blanco purísimo y a un velatorio no van nunca sin un paquete de azúcar para la familia del difunto, porque piensan que no están para ir a comprar azúcar ni nada y que al menos té tendrán que tomar. La primera vez que vi un entierro en las calles de Tetuán no sabía qué demonios estaba pasando, porque iban todos a la carrera, sin perder ni un momento, cantando suras del Corán, con la caja de madera de pino, hecha de tablones, cubierta con una manta de colores. Al muerto lo sacan de la caja para enterrarlo, y no es por ahorrar, sino por el mandato de que el cuerpo toque la tierra.

Añade mi madre que el sábado iremos a Lorca a ponerle flores a la tumba de mi padre. Lloraremos de nuevo, porque aún no hace un año tan siquiera que nos dejó, y luego le pondremos alguna flor a éste, que era su padre, y a la otra que está a su lado, que era su madre. Cuando pusimos las lápidas, mi hermano dijo que debía ser algo sencillo: Manuel Muñoz Barberán, Pintor. Y al lado estaba su madre. Y dijo otro hermano: ¿Y a la abuela qué le ponemos, Bibiana Barberán Castillo, Telefonista? Porque ella fue la jefa de la central telefónica de Cehegín. Quedaba tan prosaico, que no le pusimos nada.
Y ya que estamos allí, mi hermano Manuel y yo, quizás con algún otro, iremos a ponerle una flor a este otro buen hombre, que era el bisabuelo de mi padre, enterrado en una tumba prestada por el Colegio de Abogados de Lorca, del que fue presidente en tiempos de Isabel II. El cual, con motivo de la proclamación de la Primera República firmó el siguiente llamamiento a la calma al pueblo de Lorca.

Así celebraremos los días de los Santos, de los Muertos y de las Ánimas, rindiéndoles su culto.
Por todo lo cual pienso en otros muertos a los que no se les puede rendir culto. Yo sé dónde están cada uno de mis abuelos y mis tíos, y sé dónde está mi padre. A decir verdad, sé dónde dejaron sus cuerpos sin vida. A ellos ya les da lo mismo, pero no les da lo mismo a los vivos. El culto a los muertos es tan antiguo como el despertar de la inteligencia humana. Negarles sepultura y lugar determinado a los muertos es un pecado contra la humanidad. Eso es lo que se pretende subsanar con la Ley de la Memoria Histórica. Eso es lo que quiere hacer Garzón con los miles de muertos abandonados en las cunetas de España y los eriales junto a los cementerios. Los que reniegan de esta memoria tienen a sus muertos bien enterrados y cubiertos de flores estos días. Hay muchas familias españolas que tienen que ir a un barranco suponiendo que sus muertos están allí, pero sin saberlo a ciencia cierta. Un respeto también a esos vivos.
Antígona se la jugó hasta la muerte por echar un poco de vino y un poco de tierra sobre los restos de su hermano muerto en el lado equivocado. Al que había estado al lado de los vencedores ya se le habían hecho todos los ritos necesarios y se le habían rendido honores militares. Para un griego clásico, no recibir esos ritos funerarios era peor que ir al infierno; su alma vagaría en un lugar entre el cielo y la tierra, como una sombra en pena constante. Era el deber moral de Antígona rendir ese culto a su hermano muerto. Lo hizo y le costó morir de hambre y sed encerrada en una cueva. Hay actualmente en España muchas Antígonas tratando de echar un poco de tierra, unas gotas de vino, sobre los cuerpos fusilados de los vencidos. Que se les permita de una vez sin condenarlos al oprobio y a la vejación, sin poner en duda su honrado deseo. No es revancha, no es resentimiento, no es abrir viejas heridas. Es honrar a los muertos.
03 octubre 2008
Enrique Martínez, el actor
Dedicado a supersalvajuan
Enrique es un gran amigo de mi hermano Luis, actualmente profesor de flauta en el Conservatorio de Lorca. En otro tiempo, ambos, actor y flautista, trabajaron juntos con un director de teatro catalán, Esteve Grasset, ya fallecido por desgracia. Enrique es también amigo mío, aunque nos veamos muy poco. Mi padre, pintor, se sentía fascinado por la apariencia de Enrique, la piel tan extremadamente blanca, el cabello de ese rojo deslumbrante, los ojos vivos y penetrantes, y toda su pose de actor. Cuando nos contaba alguna cosa, no podía dejar de interpretar y su energía cómica convertía cada velada en una carcajada continua.
Un día mi padre lo sentó en su estudio, no le dejó quitarse el chaquetón, y lo pintó, tal como ahora lo veis en este cuadro que aún está en el estudio, después de fallecido mi padre. Varias veces le dijo que se llevara el retrato, que lo había pintado para él y que se trataba de un regalo, pero Enrique sentía una enorme timidez ante el ofrecimiento y no daba con el modo de llevárselo sin sofocarse.
Allí sigue y es de Enrique. Así, querido amigo Enrique, cuando vengas a Alcantarilla, si es que vienes, sube al chalet y te llevas el retrato, que es tuyo, que mi padre te lo regaló, y de paso, nos cuentas algo, que nos ríamos un poco.
17 septiembre 2008
Enterrar y callar
Mi padre, por la misma fuerza de su biografía, era pacifista sin tener una conciencia clara de ello, es decir, sin adscribirse a este movimiento. Los sangrientos recuerdos de la Guerra Civil obraron su terrible labor en él hasta sus últimos días. Vivió aquel horror en su adolescencia. Cuando se desataba una guerra en cualquier parte del mundo lo sentía como un revivir aquello que nunca se había borrado de su recuerdo. Impresionado por una foto periodística de la guerra de los Balcanes, pintó este terrible cuadro que no es muy conocido y que se escapa de su habitual amabilidad. Estuvo expuesto en el palacio de San Esteban en la exposición retrospectiva, un año antes de su muerte.16 septiembre 2008
Mesa de estudio de Muñoz Barberán

Pues alguien me ha pedido que suba algo de obra de mi padre. Para los que no me conocen diré que mi padre se llamaba Manuel Muñoz Barberán, que era pintor, pero también investigador histórico, además de tener sus puntas de escritor. Murió en diciembre de 2007 con ochenta y seis años. Como yo soy su hija, qué podría decir que ya no se imagine. Aquí dejo este emblemático cuadro suyo, su mesa de estudio. Si se amplía la foto, en el cristal de la ventana se puede ver un ligerísimo autorretrato. Esta es una de sus pinturas preferidas por mí. Cuando miro este cuadro, me parece que reviven las sensaciones del estudio de un pintor, con sus olores peculiares a óleos, a madera, a cola y esencia de trementina. Mi padre fumaba moderadamente, así que hay que añadir el aroma de los cigarrillos negros.
10 septiembre 2008
Trasnochando: Diario de Florencia

Hace algo más de un año, la Academia Alfonso X el Sabio, quiso editar un libro homenaje a mi padre, como pintor y como investigador. Muchos aprestaron sus magníficas colaboraciones para el homenaje, aunque él ya no estaba por entonces en condiciones de apreciarlo. A mí, que soy la hija, encargaron un texto sobre sus viajes. Por consejo de mi hermano Manuel, el mejor conocedor de la obra de mi padre, hice una selección de fragmentos de su diario de Florencia, donde pasó un mes completo en el año 83, aparte otros viajes más cortos, pues a él, como artista, no le costaba ningún trabajo hacer una maleta y salir para Italia. Mañana, jueves 11, la velada poética que Soren Peñalver organiza en cada septiembre, me invita a leer. Yo he elegido algunos textos de ese viaje, con sus comentarios. Traigo aquí un anticipo, para quien esté interesado. Lo que aparece en azul oscuro es el escrito de mi padre; lo demás son mis comentarios.
"Hay un momento en que la llegada de extranjeros a la plaza de la Señoría se le antoja la Adoración de los Reyes Magos, pues todas las razas están allí representadas. Se trata en lo ya dicho de un rechazo de la simple vulgaridad y del viaje como ocio inmotivado, o sea, del puro turismo.
“La cabalgata de los Reyes Magos se ha detenido ahora ante el campanile del Giotto, múltiple juego de paraguas y ropas de vivos colores. Japoneses, europeos, africanos. Todas las razas acuden a Florencia guiadas por las estrellas de todas las agencias turísticas”.
Si una turista italiana se arroba ante una capilla, lo hace constar y reflexiona sobre el sentido artístico:
"-Oh, cómo é bello!", decía una pobre mujer ayer mismo en la sacristía de los Médici. Y estaba ante mujeres de mármol que no son mujeres. Ante hombres de mármol que no pueden ser de los que andan por las calles. "-Cómo é bello!". ¡Cómo es bella la "Casta Diva" y cómo, también, es distinta a los rezos monótonos de las mujeres ante la Santa Annunziata!”
Cuando encuentra un francés que se pasma ante el San Lorenzo de Donatello y se marcha a traer a su esposa para compartir su asombro con ella, lo reseña con especial aprecio.
“Por cierto, he ido temprano a San Lorenzo, precisamente a intentar dibujar esa cabeza. Sí, la he dibujado pero… ¿cómo? Y no tengo excusa. Entro en la sacristía. Estoy solo. Pasa un canónigo o beneficiado. Pasa, entra y sale el sacristán. Otro canónigo. Un visitante. Nadie me molesta. Disimulen todos mi fobia a los vigilantes españoles. Si esto lo hago en la sacristía de la Catedral de Granada, ¿ocurre igualmente? Quisiera comprobarlo. En cualquier sacristía de por allí. Pues, dibujando allí, entra un francés y se va derecho al San Lorenzo. Lo mira aturdido y murmura “Sorprendente, colosal. ¡Ay, ay, ay, ay!” Me aparto para que lo vea a su gusto. Lo hace y sale de allí repitiendo sus exclamaciones. Vuelve luego con su esposa y tiende las manos hacia la maravilla. Tiene razón el francés. La tiene, de verdad.”
Aparte estas apreciaciones, más o menos irónicas, más o menos comprensivas o simpáticas, hay otro gusto personal muy reconocible en todas las notas de viaje: el placer de observar a la gente, incluso de comunicarse con las personas que va encontrando en su camino. En muchas de las personas que encuentra ve parecidos con retratos de artistas florentinos o con las propias cabezas de los artistas. A veces se pregunta si no estará obsesionado, si no será una especie de don quijote del arte que ve lo que quiere ver. Lo cierto es que muchos dibujos de gente observada en un café o en la calle que trajo de ese viaje parecen propiamente apuntes de artistas renacentistas florentinos.
“Hay que vivir, de vez en cuando, en Florencia ya que no se ha nacido aquí. Andar por todas sus calles, entrar donde se pueda, dibujar alguna cosa. Encontrar la casa donde nació Benvenuto Cellini, por ejemplo. Dentro del gran Mercado Central de hoy que no sé si por entonces sería también mercado, que sí lo sería. Encontrar personas de uno y otro sexo que podrían haber sido modelos de Michelangelo, de Donatello o del propio Benvenuto. Ver, otra vez, la terracota de San Lorenzo, la preciosa cabeza modelada por Donatello. Y encontrarme con esa misma cabeza viva andando por Florencia. Ahora mismo, en este café en que escribo, el que parece dueño y habla con un amigo no es otra cosa que un modelo de Leonardo”.
Una característica del viajero, y más si es artista, es que no se interesa sólo por los monumentos y obras de arte emblemáticos, sino por la gente que vive la ciudad, en la seguridad de que son los herederos naturales de ese arte, el cual ya han asumido como parte de su vida. Continuamente hay notas referentes a las personas que se cruzan en su camino y aquellas que se detienen a verlo dibujar o a preguntarle cosas. Satisfacción especial le produce que lo confundan con italiano, su nueva habilidad de orientar a los turistas perdidos o de contestar en su italiano, que reconoce como no muy bueno, pero que le resulta útil.
“También da cierto gusto que la gente se detenga a verte dibujar, incluso que lleguen a sentarse cerca y se emboben un poco mirándote. Te entra el envanecimiento. Hoy mismo el mayor acogimiento de este tipo lo he tenido con un grupo de jóvenes que, viéndome dibujar tras los cristales del “Bottegone”, han comenzado a felicitarme por señas regocijadísimos, admirativos. No contentos con ellas, se han entrado en el restaurante y me han rodeado. Todo les interesaba: mi tierra, España, Granada, los demás dibujos... Media hora han estado allí. Las muchachas odiaban los toros y una había estado en Mataró incluso. Pero no había podido asistir a una corrida, eso no. He tenido la debilidad culpable de “confesarles” que yo tampoco era partidario del oficio del marido de la Bosé. Si les cuento que incluso llegué a torear –o lo que fuera aquello- en Portugal...”
06 junio 2008
Garrucha. Estampas de la Guerra Civil y la posguerra

Estamos tecleando poco a poco los diarios de mi padre. No sólo pintó muchísimo y de eso vivió, sino que también escribió, y de eso no vivió, pero nos está dando muchísimo trabajo después de habernos dejado. El que más repasa y copia es mi hermano Manuel, que para eso se dedica a ser archivero, pero a mí me cae de vez en cuando una carpeta o un cuaderno, que voy tecleando como buenamente puedo. En suerte me cayó un cuaderno de 1967 que fingía ser un diario. De eso tenía poco, apenas algunos apuntes sobre las pinturas de la iglesia de Blanca, con el terremoto que le tambaleó el andamio y poco más; en realidad, se lanzó a escribir sus recuerdos de Garrucha donde pasó unos años, incluyendo uno o dos de la Guerra Civil. Los recuerdos llegaban solo al borde del conflicto bélico; lo dejó ahí voluntariamente, me imagino, puesto que los recuerdos que vinieron en adelante no eran de feliz recordación. Pero yo me puse a investigar por la red qué podía encontrar sobre este asunto y lo que encontré fue una editorial almeriense que publica acerca de temas de la tierra: Arráez Editores,
Les solicité uno de sus libros, de José Siles Artés, con ese sugestivo título. El hermano del autor, Manuel Siles, había sido amigo de mi padre, y algunas portadas de libros le dibujó. Juan Grima, el editor, tuvo la deferencia de enviarme el libro sin cargos, aunque yo le insté a que fuera contrareembolso. Fue generoso por su parte.
No puedo decir que sea una historia contada con extraordinaria calidad literaria, pero es muy digna, y sobre todo, muy interesante como relato de memoria personal de una época especialmente dura. El dolor y la violencia de la Guerra y la humillación y miseria de la posguerra está visto por los ojos del niño que el autor era por entonces.
Algunas de las cosas que cuenta resuenan en mi mente como si las estuviera contando mi propio padre, que era un adolescente en esos años de Garrucha. Lugares como la Cimbra, el Puerto minero, el Malecón, la escuela de niños cercana al burdel, la plaza del pueblo, son familiares para mí por los relatos de mi padre. Allí pasamos un verano cuando yo tenía unos seis o siete años, y aún otro tres años después. De ese primer veraneo en Garrucha hay un diario de mi padre y unas fotos playeras con mis hermanos.

